Calaveritas para veterinarios

Los veterinarios pasan el día entre patas, plumas y colas, y aguantan mordidas sin dejar de sonreír. Aquí van unas calaveritas para ellos y para su sala de espera, donde la Catrina también tiene que sacar ficha. Sirven para el altar de la clínica o para regalarlas el dos de noviembre.

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La vacuna

La calaca entró al zaguán, buscando al doctor Julián, y el perro, con gran valor, le ladró con más furor. Le pusieron su vacuna y quedó sin fuerza alguna; se fue a dormir su dolor con collar y sin rencor.

El gato que no se deja

Doña Luz trae a su gato en su caja, sin recato, y el minino, muy formal, ya rasguñó al personal. La huesuda dijo: -Vengo por el gato que aquí tengo. Pero el gato, sin hablar, se le trepa a rasguñar. Salió la flaca corriendo con el hueso ya crujiendo, y el doctor, sin darle prisa, le vendó con una risa. Y la flaca, agradecida, se llevó su despedida, y dejó al michi en la casa por temor a lo que pasa.

Consulta de urgencia

La huesuda pidió cita con la doctora Julita; le dijeron: -Va a tardar, que hay diez perros por curar. Se sentó en la sala fría con un pug que le gruñía; tanto tiempo se quedó que hasta el turno se pasó.

El perro que muerde

Aquí llega el Capitán, un pastor muy alemán; le pusieron un bozal porque muerde al personal. Vino la muerte a llevarlo y no pudo ni tocarlo: le mordió la tibia entera y salió por la escalera. La doctora, muy serena, le curó la tibia ajena, y le dijo con cariño: -Ese perro es como un niño. La calaca, ya curada, no se llevó a nadie, nada: se comió media galleta y se fue por la banqueta.

El perico de la sala

Doña Chelo trajo a Lolo, un perico verde y solo, que aprendió del consultorio todo el santo repertorio. Llegó la flaca a la puerta y el perico dio la alerta: -¡Ya llegó la del cajón, que se forme en el rincón! La huesuda se formó y tres horas esperó; como nadie la atendía, se marchó al siguiente día. Y el perico, muy ufano, se ganó el mejor gusano; y la flaca, sin apuro, vuelve el jueves, se lo juro.

Parto de madrugada

A las tres de la mañana tocó fuerte la ventana doña Eva con su perrita que iba a dar a luz solita. El doctor Beto llegó sin peinarse, y se lavó; y en la puerta, muy atenta, la calaca echaba cuenta. Nacieron siete al derecho, uno gris y otro maltrecho, y la muerte, que esperaba, en la báscula ayudaba. La flaca salió temprano con un cachorro en la mano; pero el doctor lo contó y de volada volvió.

El altar de la clínica

Ya en noviembre le pusieron un altar, y le encendieron veladoras a los perros que se fueron a otros cerros. La huesuda se asomó y la ofrenda le gustó; se sentó junto al retrato del Canelo, un perro ingrato. Dicen que en la madrugada se escuchó una ladrada, y la muerte, de sorpresa, se cayó sobre la mesa. Se marchó sin su cosecha, con la lista ya deshecha, y en la mano una croqueta que le dio doña Julieta.

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