Calaveritas para veterinarios
Los veterinarios pasan el día entre patas, plumas y colas, y aguantan mordidas sin dejar de sonreír. Aquí van unas calaveritas para ellos y para su sala de espera, donde la Catrina también tiene que sacar ficha. Sirven para el altar de la clínica o para regalarlas el dos de noviembre.
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La vacuna
La calaca entró al zaguán,
buscando al doctor Julián,
y el perro, con gran valor,
le ladró con más furor.
Le pusieron su vacuna
y quedó sin fuerza alguna;
se fue a dormir su dolor
con collar y sin rencor.
El gato que no se deja
Doña Luz trae a su gato
en su caja, sin recato,
y el minino, muy formal,
ya rasguñó al personal.
La huesuda dijo: -Vengo
por el gato que aquí tengo.
Pero el gato, sin hablar,
se le trepa a rasguñar.
Salió la flaca corriendo
con el hueso ya crujiendo,
y el doctor, sin darle prisa,
le vendó con una risa.
Y la flaca, agradecida,
se llevó su despedida,
y dejó al michi en la casa
por temor a lo que pasa.
Consulta de urgencia
La huesuda pidió cita
con la doctora Julita;
le dijeron: -Va a tardar,
que hay diez perros por curar.
Se sentó en la sala fría
con un pug que le gruñía;
tanto tiempo se quedó
que hasta el turno se pasó.
El perro que muerde
Aquí llega el Capitán,
un pastor muy alemán;
le pusieron un bozal
porque muerde al personal.
Vino la muerte a llevarlo
y no pudo ni tocarlo:
le mordió la tibia entera
y salió por la escalera.
La doctora, muy serena,
le curó la tibia ajena,
y le dijo con cariño:
-Ese perro es como un niño.
La calaca, ya curada,
no se llevó a nadie, nada:
se comió media galleta
y se fue por la banqueta.
El perico de la sala
Doña Chelo trajo a Lolo,
un perico verde y solo,
que aprendió del consultorio
todo el santo repertorio.
Llegó la flaca a la puerta
y el perico dio la alerta:
-¡Ya llegó la del cajón,
que se forme en el rincón!
La huesuda se formó
y tres horas esperó;
como nadie la atendía,
se marchó al siguiente día.
Y el perico, muy ufano,
se ganó el mejor gusano;
y la flaca, sin apuro,
vuelve el jueves, se lo juro.
Parto de madrugada
A las tres de la mañana
tocó fuerte la ventana
doña Eva con su perrita
que iba a dar a luz solita.
El doctor Beto llegó
sin peinarse, y se lavó;
y en la puerta, muy atenta,
la calaca echaba cuenta.
Nacieron siete al derecho,
uno gris y otro maltrecho,
y la muerte, que esperaba,
en la báscula ayudaba.
La flaca salió temprano
con un cachorro en la mano;
pero el doctor lo contó
y de volada volvió.
El altar de la clínica
Ya en noviembre le pusieron
un altar, y le encendieron
veladoras a los perros
que se fueron a otros cerros.
La huesuda se asomó
y la ofrenda le gustó;
se sentó junto al retrato
del Canelo, un perro ingrato.
Dicen que en la madrugada
se escuchó una ladrada,
y la muerte, de sorpresa,
se cayó sobre la mesa.
Se marchó sin su cosecha,
con la lista ya deshecha,
y en la mano una croqueta
que le dio doña Julieta.
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