Calaveritas literarias chistosas

Estas calaveritas literarias chistosas se burlan con cariño de las manías de todos los días: el que jura que ya viene en camino, la que llega tarde hasta a su propia boda y el que deja en visto al grupo del trabajo. El humor es pícaro pero nunca ofensivo, como manda la tradición del Día de Muertos, y cada poema va en versos octosílabos con rima. Perfectas para leerlas en la oficina, en la escuela o en la reunión familiar.

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El que siempre va en camino

Andrés dijo: "Ya voy saliendo", cuando apenas se bañaba; la Catrina, sonriendo, en la sala lo esperaba. Pasó una hora completa, luego dos y hasta las tres; la calaca, ya inquieta, lo cargó por ambos pies. Hoy Andrés, en el panteón, repite la misma historia: "Ya merito, corazón", y se pierde en la memoria.

Chelo, la que llega tarde

Chelo siempre llega tarde, ni a su boda fue puntual; la calaca, que no es cobarde, la esperó en el hospital. Le dijo: "Vámonos, Chelo, ya me cierran el panteón"; ella contestó con celo: "Dame cinco, corazón". Esperó la muerte un año sentada en el corredor; y aunque le pareció extraño, se durmió sin más rencor. Chelo, viva todavía, se arregla frente al cristal; la flaca, con simpatía, volverá... pero al final.

El experto del asador

Don Beto era el que asaba en toda reunión del barrio; la carne se le quemaba y él juraba lo contrario. Llegó la flaca de invitada y probó su buen chamorro; puso cara de asustada y le dijo: "Yo ya corro". Se lo llevó de ayudante para el cielo y su parrilla; hoy lo quema, muy elegante, y hasta el santo se le humilla.

Doña Male y su copita

Doña Male prometía tomar nomás una copa; al llegar el mediodía ya cantaba y daba sopa. La Catrina, muy formal, se sentó para brindar; le sirvieron su mezcal y no se pudo levantar. Se quedó la flaca a un lado roncando hasta amanecer; por eso Male ha ganado otro año de placer.

El del grupo de la oficina

Rogelio nunca contesta los mensajes del trabajo; pero pone en cada fiesta sus stickers de arriba abajo. La huesuda le mandó un recado muy directo; él lo vio y lo dejó en visto, como es correcto. Enfadada, la Catrina se formó en su puerta un día; lo sacó de la cocina y hoy responde todavía.

La del gimnasio de enero

Se inscribió Karla en enero con un plan de todo el año; fue tres veces, muy ligero, y después le entró el engaño. La Catrina la encontró en octubre, en el sillón, con la pizza que sobró y sin nada de ambición. Dijo la flaca: "Mi Karla, no cumpliste ni una meta"; se la llevó sin regañarla y saldó la cuota completa.

Don Poncho y su cinta gris

Don Poncho, con cinta gris, componía el mundo entero: la licuadora, el tapiz, la puerta y hasta el ropero. Llegó la muerte quebrada de una costilla del pecho; él le puso una tirada de cinta y quedó derecho. Agradecida, la flaca le perdonó su partida; hoy don Poncho, con su placa, repara toda la vida.

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