Qué son las calaveritas literarias

Una calaverita literaria es un poema corto, burlón y cariñoso en el que la muerte viene a buscar a alguien que todavía está muy vivo. No es un epitafio ni un poema triste: es una broma en verso. Se escribe en presente o en pasado, se le pone nombre y apellido al homenajeado, se le sacan sus manías y su oficio, y al final llega la Catrina a llevárselo. El chiste está en que todos, empezando por el aludido, se rían juntos. Por eso se les dice también 'calaveras' a secas, y por eso se dedican: una calaverita es un regalo, no un insulto.

El género nació en el México del siglo XIX, en las hojas volantes y en la prensa popular. Los periódicos de la época publicaban, cada finales de octubre, unos 'panteones' de mentiras: listas de versos donde morían los políticos del momento, los curas, los militares, los comerciantes del barrio y hasta los propios periodistas. Era una manera de burlarse del poder sin que nadie pudiera reclamar demasiado, porque el que se quejaba quedaba en ridículo por no aguantar una broma sobre algo que a todos nos toca por igual. De ahí viene el tono: satírico, callejero, escrito en lenguaje llano para que lo entendiera cualquiera.

El grabador José Guadalupe Posada le puso cara a esa tradición. En su taller salieron cientos de calaveras de metal, esqueletos vestidos de charro, de dandy, de soldadera, de borracho y de catrín, que ilustraban esas hojas de versos. Su grabado más famoso es la Calavera Garbancera, una calaca con un enorme sombrero de plumas y listones, que se burlaba de quienes renegaban de su origen indígena para presumir modales europeos. Años después Diego Rivera la bautizó como La Catrina y la puso a caminar del brazo de Posada en un mural. Desde entonces, la Catrina es el personaje que casi siempre protagoniza las calaveritas.

Se escriben para el Día de Muertos, alrededor del 1 y 2 de noviembre, aunque en las escuelas empiezan a pedirse desde mediados de octubre. En primaria y secundaria son tarea clásica de Español: los alumnos escriben una para su maestro, para un compañero o para un personaje histórico, y muchas veces se hace un concurso y se leen en voz alta. Fuera de la escuela circulan en oficinas, en grupos de WhatsApp, en el periódico mural y en las ofrendas, dedicadas a los vivos y también, con cariño, a los que ya se fueron.

Las características son bastante fijas. Los versos son octosílabos, es decir de ocho sílabas contadas con sinalefa, que es la costumbre de unir en una sola sílaba la vocal que termina una palabra con la que empieza la siguiente. La rima es consonante, casi siempre en cuartetas de cuatro versos con esquema ABAB o AABB. La muerte aparece como un personaje con nombre propio: la Catrina, la flaca, la huesuda, la calaca, la parca, la pelona, y actúa como cualquier vecina, con su lista, su carroza y sus antojos. El homenajeado se identifica claramente y se le retrata por lo que hace o por lo que lo distingue. Y el final tiene que traer un giro: que la muerte se equivoque, que salga perdiendo, que se quede a cenar o que se lleve a alguien distinto del que buscaba.

Mucha gente que se acerca por primera vez pregunta si no es de mal gusto escribirle una a un ser querido. La respuesta corta es que no, porque la calaverita no desea la muerte de nadie: la usa como pretexto para decir en voz alta lo que apreciamos de una persona. En México la muerte no se esconde, se le pone altar, se le canta, se le come en forma de calaverita de azúcar y se le dice de cosas en verso. Reírse de ella es una manera de quitarle poder y, de paso, de recordarnos que el que está en la mesa hoy es el que importa. La única regla real es la del cariño: se celebra a la persona, nunca se le humilla.

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La estructura clásica: la muerte llega, negocia y se va con las manos vacías

Doña Chelo, la del puesto, vendía tamal y atole, y la flaca, con buen gesto, se formó para su mole. Se comió cuatro de puerco, tres de pollo y dos de rajas, y salió con paso terco, arrastrando las mortajas. -Ya me voy -dijo la flaca-, mañana vuelvo por ti. Chelo, dándole matraca, le sirvió un tamal ahí. La calaca, ya rendida, se durmió sobre el fogón, y Chelo siguió su vida vendiendo en el callejón.

De dónde viene La Catrina: Posada y su grabado

Don Guadalupe grababa calaveras de metal, y en su taller dibujaba a la muerte en su portal. Le puso sombrero enorme, plumas, listón y bonete, y quedó tan bien conforme que salió a lucir copete. La Catrina se hizo fama de elegante y presumida, y hasta hoy nos llama y reclama un lugar en nuestra vida. Dicen que Posada un día la encontró tras el grabado, y ella dijo: -Todavía me debes el maquillado.

La calaverita escolar: la muerte pasa lista en el salón

Llegó la flaca al salón, con su lista y su gis blanco, buscando en cada renglón un niño para su banco. El grupo, que era travieso, le escondió la lista entera, y la muerte, sin progreso, se sentó en la delantera. La maestra le gritó: -Aquí nadie va a faltar. La calaca se apenó, y se sentó a estudiar. Se llevó diez en historia, pero a nadie del montón, y volvió sin más victoria que un diploma de cartón.

La burla cariñosa a un oficio: el taquero y la Catrina

Don Beto, el de los pastores, despachaba en la esquinita sus tacos de mil sabores, cebollita y su salsita. Llegó la flaca con hambre, y pidió cinco de todo, que la muerte, aunque es de alambre, también come a su acomodo. Se acabó la salsa verde, la roja y la de habanero, y aunque el hueso nada pierde, le picó hasta el fondo entero. Salió la Catrina roja, pidiendo un vaso de horchata, y don Beto, sin congoja, le cobró tacos y plata.

El remate con giro: cuando la muerte sale perdiendo

La Catrina fue al mercado por doña Lupe, al contado. Llevaba lista y su prisa, pero le ganó la risa. Doña Lupe le vendió un rebozo, y se lo dio con listón y con encaje, pa' que fuera bien de viaje. La flaca se lo probó, en el espejo se vio, y se puso tan coqueta que olvidó hasta su libreta. Se marchó de lo contenta, presumiendo su herramienta, y doña Lupe, sin susto, le cobró doble, y a gusto.

El tono cariñoso: una calaverita dedicada a la abuela

Mi abuela Carmen tejía bufandas para el mercado, y en su casa siempre había café con pan bien tostado. Llegó la flaca temblando, con la lista y el bastón, y mi abuela, ahí bordando, le tejió un chal de algodón. La muerte quedó abrigada, con su chal color melón, y olvidó, ya consolada, a quién iba en el renglón. Y desde entonces, la flaca, cada año viene a rezar, pero a mi abuela no ataca: solo viene a merendar.

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