Calaveritas para abogados
El que sabe alegar no se rinde ni ante la última citación. Aquí la calaca se topa con quien le pide pruebas, testigos y una prórroga más. Léelas en la comida del despacho o dedícaselas a quien te sacó de un apuro legal.
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Mi cliente es inocente
En el juzgado del cielo
llegó el licenciado Juan;
la muerte le echó su velo
y él alegó con afán.
Dijo: -Mi cliente es honesto,
inocente y hasta santo;
la flaca contestó presto:
-Su cliente es usted, y de espanto.
La prórroga
La muerte fue a demandar
a un buen cliente en Culiacán;
su abogado, don Gaspar,
le puso trabas y afán.
Van ya diez años completos
y la muerte ahí formada;
dice: -Nunca vi un sujeto
que me alargue tal jugada.
Don Ernesto, el litigante
Don Ernesto, el litigante,
defendía a todo el barrio;
con la ley siempre delante
y un discurso extraordinario.
Un buen día lo citó
la Catrina en su despacho;
Ernesto se presentó
con corbata y con penacho.
-Vengo por usted -le dijo-;
firme aquí su despedida.
Ernesto, siempre prolijo,
le pidió tres años de vida.
La muerte firmó el papel
sin leer la letra chica;
y el contrato aquel, tan cruel,
cada año se le duplica.
La abogada Marisol
La abogada Marisol
nunca perdía un asunto;
y ganaba de sol a sol
sin dejar cabo ni punto.
La flaca la demandó
por robarle su clientela;
y Marisol contestó
con veinte hojas de cautela.
El juez le dio la razón
a la joven licenciada;
y la muerte, de rincón,
hoy la tiene contratada.
El notario don Sebastián
Don Sebastián, el notario,
daba fe de todo trato;
sellaba hasta el calendario
y el bautizo de su gato.
Fue la flaca a la oficina
con su acta de defunción;
la muy lista, la ladina,
ya traía hasta el panteón.
Sebastián pidió testigos,
identificación y huella;
-Y si no, no somos amigos
ni razón que le haga mella.
La calaca, sin papeles,
se salió refunfuñando;
juró volver con laureles
y hasta hoy sigue tramitando.
La calaca busca defensor
La Catrina anda buscando
un buen abogado fiel,
porque el cielo anda alegando
que se pasa siendo cruel.
Entrevistó a más de ciento
allá en su oficina de hueso;
y ninguno dio el talento
que ella pide por su peso.
Por fin halló a un abogado
que le lleva bien su caso;
le cobró por adelantado
dos difuntos y un abrazo.
El juicio del panteón
Se armó el juicio en el panteón
con jurado de difuntos;
la muerte armó su acusación
y leyó todos los puntos.
Defendía a los mortales
la abogada Ana Isabel;
presentó pruebas legales
con argumentos de miel.
La muerte alegó su prisa
y su lista de pendientes;
Ana le sacó una risa
y ganó por dos ausentes.
El jurado dio el dictamen:
la Catrina va a apelar;
mientras junta su gran examen,
y hay que volver a esperar.
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