Calaveritas para abogados

El que sabe alegar no se rinde ni ante la última citación. Aquí la calaca se topa con quien le pide pruebas, testigos y una prórroga más. Léelas en la comida del despacho o dedícaselas a quien te sacó de un apuro legal.

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Mi cliente es inocente

En el juzgado del cielo llegó el licenciado Juan; la muerte le echó su velo y él alegó con afán. Dijo: -Mi cliente es honesto, inocente y hasta santo; la flaca contestó presto: -Su cliente es usted, y de espanto.

La prórroga

La muerte fue a demandar a un buen cliente en Culiacán; su abogado, don Gaspar, le puso trabas y afán. Van ya diez años completos y la muerte ahí formada; dice: -Nunca vi un sujeto que me alargue tal jugada.

Don Ernesto, el litigante

Don Ernesto, el litigante, defendía a todo el barrio; con la ley siempre delante y un discurso extraordinario. Un buen día lo citó la Catrina en su despacho; Ernesto se presentó con corbata y con penacho. -Vengo por usted -le dijo-; firme aquí su despedida. Ernesto, siempre prolijo, le pidió tres años de vida. La muerte firmó el papel sin leer la letra chica; y el contrato aquel, tan cruel, cada año se le duplica.

La abogada Marisol

La abogada Marisol nunca perdía un asunto; y ganaba de sol a sol sin dejar cabo ni punto. La flaca la demandó por robarle su clientela; y Marisol contestó con veinte hojas de cautela. El juez le dio la razón a la joven licenciada; y la muerte, de rincón, hoy la tiene contratada.

El notario don Sebastián

Don Sebastián, el notario, daba fe de todo trato; sellaba hasta el calendario y el bautizo de su gato. Fue la flaca a la oficina con su acta de defunción; la muy lista, la ladina, ya traía hasta el panteón. Sebastián pidió testigos, identificación y huella; -Y si no, no somos amigos ni razón que le haga mella. La calaca, sin papeles, se salió refunfuñando; juró volver con laureles y hasta hoy sigue tramitando.

La calaca busca defensor

La Catrina anda buscando un buen abogado fiel, porque el cielo anda alegando que se pasa siendo cruel. Entrevistó a más de ciento allá en su oficina de hueso; y ninguno dio el talento que ella pide por su peso. Por fin halló a un abogado que le lleva bien su caso; le cobró por adelantado dos difuntos y un abrazo.

El juicio del panteón

Se armó el juicio en el panteón con jurado de difuntos; la muerte armó su acusación y leyó todos los puntos. Defendía a los mortales la abogada Ana Isabel; presentó pruebas legales con argumentos de miel. La muerte alegó su prisa y su lista de pendientes; Ana le sacó una risa y ganó por dos ausentes. El jurado dio el dictamen: la Catrina va a apelar; mientras junta su gran examen, y hay que volver a esperar.

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