Cómo escribir una calaverita literaria paso a paso

Escribir una calaverita literaria es más fácil de lo que parece, siempre que se haga en orden. No se trata de sentarse a esperar la inspiración, sino de resolver cinco cosas: a quién se la dedicas, qué historia le vas a inventar con la muerte, cómo cuentas las ocho sílabas de cada verso, qué esquema de rima eliges y cómo la rematas. Si respetas esos cinco pasos, sale una calaverita decente aunque nunca hayas escrito un poema. Abajo va cada paso explicado y, al final de la página, varios ejemplos completos que ilustran uno por uno.

Paso 1: elige a quién y anota qué lo distingue. Antes de escribir un solo verso, haz una lista de cinco o seis cosas concretas de la persona: su oficio, la frase que siempre repite, el objeto que carga, la manía que todos le conocen, la comida que no perdona. La calaverita buena no dice 'era muy trabajador', dice 'apretaba cada tornillo'. Si es tu maestra, apunta el color del plumón con que corrige. Si es tu tío, apunta que llega tarde a todo. Esos detalles son la materia prima; sin ellos el poema podría ser de cualquiera y no le da risa a nadie. Un consejo práctico: si te dan nombre y apellido, usa solo uno de los dos en el verso, el que rime mejor, porque el nombre completo casi siempre rompe el octosílabo.

Paso 2: arma la historia mínima con la muerte de personaje. Toda calaverita cuenta algo, aunque sea diminuto, y ese algo tiene tres momentos: la muerte llega, la muerte propone o exige, y pasa una cosa inesperada. La Catrina no es un concepto abstracto, es una señora con lista, con carroza y con antojos, que entra al taller, al salón de clases o a la cocina como entraría cualquier vecina. Ponla a hacer cosas: que se forme en la fila, que pida un taco, que se pruebe un rebozo, que se equivoque de dirección. Mientras más humana la hagas, más gracia tiene, y más fácil te resulta encontrar el final.

Paso 3: cuenta las ocho sílabas usando sinalefa. El verso de la calaverita es octosílabo. La sinalefa es la regla que une en una sola sílaba la vocal con que termina una palabra y la vocal con que empieza la siguiente. Además hay que recordar la regla del acento final: si el verso termina en palabra aguda se suma una sílaba, si termina en esdrújula se resta una, y si termina en llana se queda como está. Mira este ejemplo contado verso por verso, donde el guion bajo marca las vocales que se unen:

Se-co-mió-cua-tro-de-puer-co (8 sílabas, palabra llana, queda en 8). tres-de-po-llo_y-dos-de-ra-jas (8 sílabas, 'pollo y' se une, palabra llana, queda en 8). y-sa-lió-con-pa-so-ter-co (8 sílabas, palabra llana, queda en 8). a-rras-tran-do-las-mor-ta-jas (8 sílabas, palabra llana, queda en 8).

Y este otro, que termina en agudas:

Do-ña-Che-lo-se_e-no-jó (7 sílabas contadas, 'se enojó' se une; termina en aguda, se suma una: 8). la-Ca-tri-na-se-for-mó (7 sílabas contadas; aguda, se suma una: 8).

Paso 4: elige el esquema de rima y no lo cambies. La rima tiene que ser consonante, es decir que coincidan vocales y consonantes desde la última vocal acentuada: 'mercado' con 'contado', 'salón' con 'renglón'. Los dos esquemas de cuarteta que se usan son ABAB, donde riman el primero con el tercero y el segundo con el cuarto, y AABB, donde riman de dos en dos. El primero suena más elegante y el segundo más rápido y chistoso. Elige uno al empezar y sostenlo en todo el poema; mezclarlos a media calaverita se nota de inmediato al leerla en voz alta. Truco útil: escribe primero las palabras que van a rimar al final de cada verso y después construye el verso hacia atrás.

Paso 5: remata con un giro. El último verso es el que decide si la calaverita se recuerda o se olvida. Un remate plano es aquel en el que simplemente se confirma lo obvio, del tipo 'y al panteón se lo llevó'. Un remate con giro cambia algo en la última línea: la muerte se equivoca de persona, sale perdiendo, se queda a cenar, se enamora del difunto, o el homenajeado le cobra. Reserva tu mejor ocurrencia para ese verso y no expliques el chiste después: la calaverita termina justo donde da risa, sin moraleja.

Errores comunes y cómo evitarlos. El primero es tener versos de distinto largo: se detecta leyendo el poema en voz alta y en voz alta se corrige, quitando un 'muy', un 'ya' o un 'que' del verso que se pasó, o metiendo un adjetivo corto en el que quedó chico. El segundo es conformarse con rima asonante, que es cuando solo coinciden las vocales, como 'casa' con 'mañana': suena a que casi rima y por eso incomoda más que no rimar; cámbiala por una consonante de verdad. El tercero es el remate plano; si tu último verso repite lo que ya dijiste, tíralo y busca la sorpresa. Y hay dos más que conviene vigilar: repetir siempre la misma terminación fácil, como llenar el poema de palabras en -ando o en -ción, y meter palabras solemnes o rebuscadas, porque la calaverita se escribe en el español llano y popular de todos los días.

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Paso 1: elegir a quién y qué lo distingue (el mecánico Ramón)

Ramón, el de la avenida, arreglaba freno y llanta, y dejaba, en la subida, cualquier carcacha que canta. Llegó la flaca temprano, con su coche descompuesto: -Ramón, échame la mano, que te llevo, y sin repuesto. Le cambió aceite y bujía, le apretó cada tornillo, y le cobró, todavía, lo guardado en su bolsillo.

Paso 2: la historia mínima, la muerte llega, propone y pasa algo

La calaca fue a la tienda por Martín, y sin contienda. Llevaba el saco cerrado y el boleto ya sellado. Martín, que es medio ranchero, le contó todo primero: -Antes de irme al otro lado, deja cierro mi mandado. Le vendió un refresco al fío, y ella dijo: -Yo confío. Vuelvo el jueves a pagar. Martín sigue sin cobrar.

Paso 3: contar las ocho sílabas con sinalefa

Ocho sílabas por verso, ni una más ni una de menos, le explicaba al universo la Catrina en sus terrenos. -Junta vocal con vocal y verás cómo se ajusta; si te sale desigual, el renglón cojo me asusta. Don Luis contó con los dedos, midió cada redondilla, y le ganó, sin más miedos, a la muerte una cuartilla.

Paso 4: elegir el esquema de rima ABAB y sostenerlo

La maestra Soledad revisaba los renglones con su firme autoridad y sus rojas correcciones. Llegó la flaca a su clase con un verso mal contado, y doña Sol, en la frase, le tachó lo mal rimado. -Repítelo -le ordenó-, que la rima anda torcida. La calaca obedeció y escribió toda la vida. Tanto verso corrigió la muerte, ya sin apuro, que el recreo se pasó y hoy da clases, de seguro.

Paso 5: el remate con giro, no el final obvio

Vino la flaca por Tere, la que todo mundo quiere, peluquera del mercado, tijeretazo afamado. La huesuda se sentó y un buen corte le pidió. Tere le lavó el cabello, aunque no encontró ni un vello. Le puso tinte, secado, rayitos y maquillado, y salió tan de estrenar que no supo a quién llevar.

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