Calaveritas para bomberos
Los bomberos dejan el plato a medias cuando suena la sirena y regresan oliendo a humo y a café frío. Aquí van unas calaveritas para ellos, para su guardia, su casco y ese gato que nunca quiere bajarse del árbol. Buenas para el altar de la estación o para leerlas en voz alta entre turnos.
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Cuando suena la sirena
Cuando suena la sirena
se acabó la nochebuena:
salen todos al camión
sin probar ni un chicharrón.
La calaca iba corriendo
tras el humo que iba viendo;
pero el agua le llegó
y hasta el hueso le empapó.
El gato en el árbol
En la calle de Morelos
gritan todos los abuelos:
un gatito allá en la rama
que a los bomberos reclama.
Llegó Chuy con su escalera
y trepó como si fuera
por un árbol de su infancia,
sin apuro y sin ganancia.
Y en la rama, muy sentada,
la calaca acomodada
esperaba que el gatito
se cayera del ramito.
Pero Chuy ya lo agarró
y en su casco lo metió;
y a la flaca, de pilón,
la bajó en el cinturón.
El casco prestado
Se probó la muerte un casco
en la estación de Tabasco;
le quedó de lo más grande
y se le cayó al estanque.
Todos los bomberos rieron
y otro casco le trajeron;
desde entonces, la calaca
hace guardia con su placa.
La guardia de noche
Doce horas en la estación
esperando la función;
dominó, café y tortilla,
y un catre junto a la silla.
Llegó la muerte a jugar
y se puso a apostar;
apostó tres almas viejas
contra un plato de lentejas.
Don Gerardo la venció
con la mula que guardó;
y la muerte, tan derecha,
cumplió y se fue satisfecha.
Sonó entonces la sirena
y quedó la mesa llena
de fichas y de café;
se fue el turno, y ella, a pie.
El incendio de la bodega
Se quemaba una bodega
por la calle de la Vega;
y en el humo, muy campante,
la calaca iba adelante.
-Este humo es mío, dijo ella,
señalando la centella;
pero llegó don Tomás
con su manguera y no más.
Agua y agua le aventaron,
y las llamas apagaron;
la huesuda empapadita
salió y se secó solita.
Se sentó junto al camión
a esperar otra ocasión;
y el más joven del cuartel
le ofreció café con miel.
El bombero jubilado
Don Aurelio se jubila
tras cuarenta años en fila;
le entregaron un diploma
y su casco, ya sin goma.
Llegó la muerte al festejo
con un ramo y un consejo:
-Ya cumpliste, ven conmigo,
que ya tengo aquí tu abrigo.
Pero se oyó una campana
y salió por la ventana
don Aurelio, sin pensarlo,
y se fue para ayudarlo.
Y la huesuda se quedó
con el ramo que compró;
y en la lista, con paciencia,
borró todo, sin urgencia.
El bombero chiquito
El Pedrito, de cinco años,
se disfraza sin regaños;
con su casco colorado
apagando lo apagado.
Vino a verlo la Catrina
por la abuela Catalina;
y Pedrito la mojó
con la cubeta que halló.
La calaca iba escurriendo,
su vestido sacudiendo;
y el chamaco le gritó:
-¡Fuego abajo! ¡Se apagó!
Y soltó la carcajada
la calaca, ya calmada;
se marchó sin Catalina,
empapada y sin propina.
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