Calaveritas de Día de Muertos
Cuando llega el Día de Muertos, la calaverita literaria se llena de ofrenda: cempasúchil, pan de muerto, veladoras, papel picado y calaveritas de azúcar. Estos poemas originales recorren los elementos del altar y a los personajes que lo preparan cada año con cariño. Puedes leerlos junto a la ofrenda familiar, compartirlos en una tarjeta o usarlos como ejemplo de la tradición.
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el nombre y los detalles que tú quieras.
La ofrenda de doña Meche
Doña Meche puso altar
con tres niveles de flor;
vino la Muerte a probar
el mole de su sabor.
Se comió los tejocotes,
el tamal y el chocolate;
se guardó hasta los camotes
para el próximo combate.
Doña Meche, muy tranquila,
le sirvió otro platón:
-Come, flaca, en esta fila
hay lugar y hay perdón.-
La Catrina, conmovida,
le dejó cien años más;
y en la ofrenda, de salida,
puso un cirio de la paz.
El camino de cempasúchil
Sembró don Chema un camino
de cempasúchil dorado,
para que el alma sin tino
hallara el altar sagrado.
La huesuda, al ver la senda,
se perdió de tanta flor;
dio tres vueltas a la hacienda
y llegó con el calor.
-Don Chema, por su camino
me tardé todo el día;
por andar de peregrino
me gané una pulmonía.-
Hoy don Chema, cada otoño,
le abre un atajo en la milpa;
y la flaca, sin retoño,
le perdona cualquier culpa.
El pan de doña Chelo
En el horno de la esquina
doña Chelo amasa el pan;
los huesitos y la harina
con azúcar volarán.
Se coló por la ventana
la Catrina, soberana;
se comió toda la hornada
y dejó la masa amasada.
Doña Chelo, al otro día,
halló el horno reluciente,
y una nota que decía:
«¡Gracias, pan excelente!».
Desde entonces, cada muerto,
deja Chelo un pan de más;
y la flaca, en su desierto,
le hornea un poco de paz.
Cien veladoras
Prendió Lupita cien velas
en el altar familiar;
se alumbraron las estrellas
y el camino del hogar.
Llegó la flaca de lejos
siguiendo aquella luz;
se miró en los espejos
y se acomodó el capuz.
-Qué bonito está tu altar,
con retratos y con sal;
me dan ganas de quedar
hasta el día del final.-
Se quedó la Muerte un rato
calentándose las manos;
hoy Lupita, en su retrato,
le sonríe a los hermanos.
Papel picado
Colgaron papel picado
en la plaza principal;
cada hoja, con su calado,
dibujaba un funeral.
Sopló el viento y la Catrina
se enredó en el listón;
quedó como serpentina
colgadita del balcón.
La bajaron los chiquillos
entre risas y alboroto;
le pusieron dos anillos
y un sombrero medio roto.
Desde entonces, cada otoño,
la Catrina va de gala
con su traje de retoño
y el papel que se regala.
El altar del abuelo
Le pusimos al abuelo
su tequila y su sombrero,
su barajita, su anzuelo
y su viejo cenicero.
Vino el abuelo esa noche
de la mano de la flaca;
se bajaron de un buen coche
y abrieron una petaca.
Se tomaron el tequila,
se fumaron el recuerdo;
nos dejaron en la fila
un olor a tiempo lerdo.
Al amanecer se fueron
con la vela consumida;
y en el altar se rompieron
las fronteras de la vida.
Calaverita de azúcar
En el mercado compré
calaverita de altura;
con betún le dibujé
mi nombre y mi dentadura.
La Catrina, muy coqueta,
se acercó a la vitrina:
-Yo también quiero mi treta
con mi nombre y purpurina.-
Se la hicimos de amaranto,
de chocolate y de miel;
y le puso, con encanto,
«La Catrina» en el papel.
Se la comió de un bocado
y soltó una carcajada:
-¡Qué dulce está mi legado!
¡Qué sabrosa mi jornada!-
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