Calaveritas para veladores y vigilantes

La noche completa se hace larga cuando uno la cuida solo, con la linterna y el termo por compañía. Aquí la huesuda quiere pasar sin credencial y se topa con quien lleva años sin dormirse en la ronda. Van para los que velan mientras todos descansan.

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La caseta de don Nico

Don Nico cuidó el portón con linterna y con paciencia; la flaca pidió el bastón y él le pidió credencial de residencia.

El termo

Traía Beto en la caseta un termo de café negro; lo cuidaba con receta como si fuera un buen suegro. La calaca le dio un trago y se puso muy despierta; lleva tres noches de pago sin dormirse en esa puerta.

La ronda de las tres

A las tres hace la ronda el señor Prudencio Islas; revisando reja honda y las bodegas y sus pilas. Se le puso enfrente el hueso con su capa y su guadaña; y le dijo, muy travieso: -Vengo a hacerte una hazaña. Prudencio alumbró su cara con la lámpara en la mano; -Sin gafete no se para ni el patrón, mi buen hermano. La huesuda se formó como cualquier visitante; y esperando amaneció en la silla del pasante.

La bitácora

Anotaba doña Tere cada entrada y cada salida; nada pasa, nada muere sin que quede bien escrita. Llegó la muerte a las diez sin placas y sin permiso; quiso entrar por esa vez al almacén, muy sumiso. Tere le pidió la firma, el motivo y el destino; la calaca no confirma y no supo dar el tino. Se fue seca y sin llevar ni un tornillo del taller; que no es fácil engañar a quien sabe bien leer.

La noche larga

Se hace larga la velada cuando todo está en silencio; y la fábrica callada nomás suena en su comercio. Don Alfonso oyó unos pasos allá cerca del taller; fue midiendo los retazos de la sombra por caer. Era la flaca, aburrida, que buscaba con quién hablar; se quedaron de por vida platicando hasta aclarar. Cuando el sol pintó la barda se despidió con un guiño: -Vuelvo el jueves, no me tarda, tráete pan, aunque sea un tiño.

El perro del velador

Tiene Chuy en la garita un perrito muy ladrón; se llama Cuco y palpita como un fiel guardián de acción. La pelona entró despacio sin hacer ningún rechino; pero Cuco, en el espacio, le olfateó todo el camino. Ladró tanto y tan seguido que la muerte se espantó; se trepó a un tinaco herido y hasta el alba se quedó. Hoy le trae croqueta buena y le rasca la cabeza; y le dice: -Qué faena, tú sí tienes fortaleza.

Cambio de turno

A las siete de mañana llega el relevo silbando; y se abre la ventana con el sol ya calentando. Don Feliciano entregó las llaves y la libreta; la calaca preguntó si le daban la chambeta. Le dijeron: -Está pesada, son doce horas de a de veras. Y la flaca, acobardada, se escurrió por las escaleras. Desde entonces sale poco cuando el turno es de la noche; dice: -Yo con eso apoco, mejor duermo en mi camoche.

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