Calaveritas literarias para suegras

A la suegra se le carrilla con cariño, que para eso es de la familia. Aquí la muerte llega con su lista y casi siempre sale perdiendo, porque una suegra mexicana no se deja ni con la calaca enfrente. Léelas en la comida del domingo y verás quién se ríe primero.

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El té de doña Chuy

Doña Chuy, la suegra mía, tiene un té para el dolor; vino la flaca algún día y salió con más color.

La suegra invicta

Mi suegra, doña Ramona, nada más no se perdona: si le llegan a llevar su lugar en el altar. Vino la flaca a buscarla con su lista y su bastón; terminó por invitarla a comerse un chicharrón.

La cazuela de doña Meche

Doña Meche, mi suegrita, guisa un pollo con laurel que hasta el muerto resucita si le pone algo de miel. Se asomó la calavera con la lista en el bolsillo; olvidó lo que trajera por servirse otro platillo. La huesuda, agradecida, dijo: -Vuelvo en Navidad, y se fue con la comida empacada en su morral.

El yerno y la huesuda

Yo le tengo a mi señora y a su madre gran respeto; pero cuando llega la hora del café, me pongo quieto. Llegó la flaca a la casa con su cara de patrón; mi suegra, que nada pasa, la mandó por el jabón. La huesuda, sin permiso, se sentó en el comedor; mi suegra le dijo: -Piso recién lavado, mi amor. La huesuda se salió a esperar en la banqueta; desde entonces no volvió por temor a la escobeta.

La novela de doña Tere

Doña Tere, cada tarde, ve novela con pasión; no le importa que la aguarde la muerte del panteón. Llegó la huesuda en eso y quiso hablar del asunto; doña Tere, sin un beso, la calló en el mero punto. Se quedó la calaquita a mirar hasta el final; lloró como una cuatita con aquel beso nupcial.

Consejos de doña Elvira

Doña Elvira da consejos aunque nadie se los pida; los reparte hasta de lejos y le alcanzan de por vida. Vino la muerte una noche con la lista bien fajada; doña Elvira, sin reproche, le prestó una cobijada. Le dijo: -Vas mal vestida, ponte algo más calientito; y no salgas de corrida, que te agarra el fresquecito. La huesuda le hizo caso y salió bien arropada; regresó al siguiente ocaso y aún sigue aconsejada.

La apuesta de doña Chole

Doña Chole y su rebozo retaron a la huesuda; y con gusto y alborozo la dejaron media muda. Jugaron a la baraja con frijoles de apostar; la muerte perdió su faja, su reloj y su lugar. Se fue la flaca sin nada, debiendo cuatro tostones; y mi suegra, la afamada, ya le fía los cartones.

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