Calaveritas para programadores

Quien programa sabe que lo único seguro en esta vida es que algo se va a caer un viernes por la tarde. Aquí van unas calaveritas para los que viven entre el café, el bug y la junta que pudo ser un correo. Buenas para el chat del equipo o para pegarlas junto al monitor.

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El bug

Un bug en la madrugada le arruinó la temporada; lo buscó todo Ramón y era un punto en el renglón. Vino la muerte a llevarlo y él ni pudo contestarlo: -Deme un rato, aquí compilo, desde entonces sigue el hilo.

El servidor caído

Se cayó ya el servidor justo un viernes, sin favor; y la muerte, muy ufana, se sentó en esa ventana. -Ya se murió tu sistema, aquí acaba tu problema; pero Lupe, la de redes, lo levantó entre paredes. Un respaldo que guardó la semana la salvó; y la muerte, sin trabajo, se bajó por el atajo. Desde entonces han jurado no tocar lo ya arreglado; y la flaca los espera cada lunes, en la acera.

La junta

Convocaron una junta y nadie hizo una pregunta; dos horitas se pasaron y de nada se acordaron. La calaca, que asistía, de aburrida se dormía; y al final dijo: -Qué error, esto es correo, señor.

La sexta taza

Van seis tazas de café y Sebastián, ya sin fe, sigue viendo la pantalla donde el código le falla. A las dos vino la flaca con su lista y su matraca; -Vámonos, ya te dormiste, que este bug ya no lo viste. Sebastián se echó otro trago y le dijo: -Ya lo pago; pero espere, que el error ya lo tengo, por favor. Le dio clic y funcionó y la muerte se asomó; vio la barra en verde entera y aplaudió como cualquiera.

El cambio chiquito

Se marchaba doña Chelo con su prisa y con su anhelo; pero el jefe la llamó y un cambito le encargó. -Es chiquito, no hace nada, es de una sola llamada. Y la muerte, muy sonriente, apuntaba en su expediente. Subió el cambio doña Chelo y se cayó todo el suelo; tres alarmas, dos llamadas y las caras desveladas. Lo arregló en once minutos y la muerte, sin sus lutos, se marchó de mal humor sin llevarse ni al menor.

El código heredado

Hay un código muy viejo que heredaron sin consejo; y no saben ni quién lo hizo ni por qué sirve el hechizo. La calaca lo leyó y al momento se perdió; la cabeza le dolía aunque un hueso no tenía. Dijo: -Yo no me lo llevo, que ni entiendo lo que muevo; mejor déjenlo en su altar con su vela y su rezar. Y así quedó, con su ofrenda, sin que nadie lo comprenda; cada año le ponen flores y sigue sin dar errores.

La videollamada

En la junta de las nueve nadie prende ni se mueve; puros cuadros apagados y unos gatos asomados. Se metió la calavera con su nombre y su bandera; nadie supo quién entró ni por qué se conectó. Preguntó por Margarita, la que estaba en su listita; y le dijo el ingeniero: -Está en otra, compañero. Se esperó una hora entera y se fue por la escalera; hoy la muerte, en cada junta, prende el micro y no pregunta.

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