Calaveritas para policías

Rondines de madrugada, el silbato que ordena el crucero y la paciencia de aguantar el sol parado. Aquí la calaca se pasa el alto y quiere arreglarlo por debajo, pero le sale al revés. Buenas para el convivio de la corporación o para el altar del cuartel.

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El rondín de don Chema

Hacía rondín don Chema por las calles del mercado; nunca tuvo ni un problema ni un ladrón mal educado. Se le apareció la flaca en la esquina, de repente; Chema, sin soltar su placa, le marcó el alto en caliente.

El silbato de Ramona

El silbato de Ramona retumbaba en las esquinas; paraba a cualquier persona y ordenaba las bocinas. Sopló fuerte una mañana y la muerte se cuadró; dijo: -Ya perdí la gana, pero el turno ya empezó.

El oficial Facundo

El oficial don Facundo patrullaba el bulevar; conocía a todo el mundo sin tener que interrogar. Una noche, en la avenida, paró un coche sospechoso; iba la muerte, encendida, con un rumbo peligroso. -Su licencia, por favor -le pidió con mucha calma-; la calaca, sin temor, le quiso ofrecer el alma. Facundo dijo: -Ni modo, aquí no hay nada que dar; la ley se cumple del todo y usted se me va a formar.

La patrulla de Lucía

La patrulla del sector la manejaba Lucía; no le fallaba el motor ni el valor de noche y día. Una noche la Catrina quiso echarse un aventón; Lucía frenó en la esquina y le pidió explicación. La flaca sacó un billete pa' arreglarse en corto el lío; Lucía le dio un boleto y la multa, con buen brío.

Baltazar, el de tránsito

En el crucero de enfrente trabajaba Baltazar; con su silbato valiente hacía al mundo avanzar. Llegó la muerte en su carro pasándose el alto en rojo; y quedó atorada en barro con un ojo medio flojo. Baltazar la remolcó y le escribió la infracción; la muerte se acomodó y le ofreció un buen cartón. -Guárdeselo, no se ofenda -le contestó el oficial-; aquí la ley no se arrienda y usted pague en el portal.

La comandanta Estela

Doña Estela, comandanta, mandaba todo el cuartel; su regaño se levanta más que el gallo y su papel. Se metió la calavera al patio de formación; Estela, desde la acera, le gritó su buen sermón. Hizo veinte lagartijas y corrió por el jardín; se escapó por las rendijas y no volvió nunca al fin.

Los del turno de noche

Los del turno de la noche cuidaban la carretera; sin descanso ni reproche hasta ver la luz primera. Llegó la muerte a las dos con su capa y su fanal; saludó con clara voz: -Vengo por el general. Le pidieron su permiso, su gafete y su razón; la muerte, que no es de aviso, se quedó allá en el portón. Amaneció y ella ahí, sentada sobre una piedra; dijo: -Ya me voy de aquí, que a estos ni el turno los quiebra.

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