Calaveritas para policías
Rondines de madrugada, el silbato que ordena el crucero y la paciencia de aguantar el sol parado. Aquí la calaca se pasa el alto y quiere arreglarlo por debajo, pero le sale al revés. Buenas para el convivio de la corporación o para el altar del cuartel.
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El rondín de don Chema
Hacía rondín don Chema
por las calles del mercado;
nunca tuvo ni un problema
ni un ladrón mal educado.
Se le apareció la flaca
en la esquina, de repente;
Chema, sin soltar su placa,
le marcó el alto en caliente.
El silbato de Ramona
El silbato de Ramona
retumbaba en las esquinas;
paraba a cualquier persona
y ordenaba las bocinas.
Sopló fuerte una mañana
y la muerte se cuadró;
dijo: -Ya perdí la gana,
pero el turno ya empezó.
El oficial Facundo
El oficial don Facundo
patrullaba el bulevar;
conocía a todo el mundo
sin tener que interrogar.
Una noche, en la avenida,
paró un coche sospechoso;
iba la muerte, encendida,
con un rumbo peligroso.
-Su licencia, por favor
-le pidió con mucha calma-;
la calaca, sin temor,
le quiso ofrecer el alma.
Facundo dijo: -Ni modo,
aquí no hay nada que dar;
la ley se cumple del todo
y usted se me va a formar.
La patrulla de Lucía
La patrulla del sector
la manejaba Lucía;
no le fallaba el motor
ni el valor de noche y día.
Una noche la Catrina
quiso echarse un aventón;
Lucía frenó en la esquina
y le pidió explicación.
La flaca sacó un billete
pa' arreglarse en corto el lío;
Lucía le dio un boleto
y la multa, con buen brío.
Baltazar, el de tránsito
En el crucero de enfrente
trabajaba Baltazar;
con su silbato valiente
hacía al mundo avanzar.
Llegó la muerte en su carro
pasándose el alto en rojo;
y quedó atorada en barro
con un ojo medio flojo.
Baltazar la remolcó
y le escribió la infracción;
la muerte se acomodó
y le ofreció un buen cartón.
-Guárdeselo, no se ofenda
-le contestó el oficial-;
aquí la ley no se arrienda
y usted pague en el portal.
La comandanta Estela
Doña Estela, comandanta,
mandaba todo el cuartel;
su regaño se levanta
más que el gallo y su papel.
Se metió la calavera
al patio de formación;
Estela, desde la acera,
le gritó su buen sermón.
Hizo veinte lagartijas
y corrió por el jardín;
se escapó por las rendijas
y no volvió nunca al fin.
Los del turno de noche
Los del turno de la noche
cuidaban la carretera;
sin descanso ni reproche
hasta ver la luz primera.
Llegó la muerte a las dos
con su capa y su fanal;
saludó con clara voz:
-Vengo por el general.
Le pidieron su permiso,
su gafete y su razón;
la muerte, que no es de aviso,
se quedó allá en el portón.
Amaneció y ella ahí,
sentada sobre una piedra;
dijo: -Ya me voy de aquí,
que a estos ni el turno los quiebra.
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