Calaveritas para músicos y mariachis
La serenata a medianoche, el traje que pesa y la tocada que se alarga hasta que sale el sol. Aquí la Catrina pide canción tras canción y se olvida de cobrar su encargo. Van para quienes ponen música a las alegrías y a las despedidas.
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El trompetazo
Sopló Chava la trompeta
con un grito de a de veras;
la calaca, en su banqueta,
se cayó de las caderas.
La serenata
Fue la muerte a dar gallo
al balcón de su querido;
contrató mariachi y rayo
y un violín bien afinado.
Cantó ronca y desafina
hasta el último bordón;
le aventaron, la mezquina,
una cubeta de jabón.
La tocada larga
Empezaron a las ocho
en la boda de Griselda;
y acabaron con el mocho
de la última tarantela.
La Catrina pidió cien
canciones de las de antes;
y cantaba muy tan bien
como trescientos cantantes.
A las cinco de mañana
ya no había ni bocina;
se durmió con esa gana
la insaciable señora fina.
Don Cirilo, el trompetista,
la tapó con su cobija;
y cobró toda la lista
en la mano de su hija.
El traje de charro
Se probó la calaquita
un traje de gala entero;
botonadura bonita
y moño de terciopelo.
Le colgaba de los huesos
como saco en un tendedero;
se le fueron los excesos
por el hueco del sombrero.
Ricardo se lo ajustó
con alfiler y con hilo;
y la flaca se sintió
la más chula del desfilo.
Salió al ruedo a zapatear
con el son de la Negra;
y olvidó a quién iba a llevar,
de tan chula y tan alegre.
El violín de doña Estela
Doña Estela toca fino
desde niña, en la plazuela;
le regaló su padrino
aquel violín de secuela.
Llegó la flaca a escuchar
recargada en el kiosquito;
y se puso a llorisquear
con el vals más despacito.
Se le hicieron los ojales
unos charcos de emoción;
y pidió, sin más señales,
que tocara otra canción.
Se quedó toda la tarde
sin llevarse a nadie a casa;
que hay música que no arde
y que a la muerte le pasa.
La plaza de los mariachis
En la plaza los domingos
se acomodan los conjuntos;
con sus trajes, sus respingos
y sus cantos bien difuntos.
Se paró la huesudita
a pedir una canción;
pero traía cartera vacía
y nomás buena intención.
Los muchachos le tocaron
las Mañanitas de gorra;
y en el coro la nombraron
la madrina de la porra.
Desde entonces cada año
baja el dos de noviembre;
y se paga sin engaño
con las flores de septiembre.
El bajo sexto de Nando
Nando lleva el bajo sexto
como lleva su apellido;
lo rasguea sin pretexto
en la fiesta y en el nido.
La pelona lo quería
para amenizar su fosa;
y le ofreció, muy ufana,
una paga muy jugosa.
Nando dijo: -Está muy bien,
pero cobro por adelanto.
La calaca, ¿con qué? ¿Con quién?
Se quedó fría del espanto.
No tenía ni un centavo,
puro hueso y puro cuento;
se marchó como un esclavo
de su propio argumento.
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