Calaveritas para personal de limpieza e intendencia

Llegar cuando todavía no hay nadie, dejar el piso brillando y aguantar que lo pisen a los dos minutos. Aquí la calaca se resbala en el mosaico recién trapeado y aprende a respetar el letrero amarillo. Van para quienes sostienen el edificio con trapeador y buen humor.

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Piso mojado

Doña Eva trapeó el pasillo y dejó su letrerito; la calaca, sin sencillo, resbaló como patito.

El manojo de llaves

Le sonaban a don Julio las cien llaves del cinturón; abría con puro orgullo cada cuarto del pabellón. La huesuda le pidió la del último salón; Julio nomás sonrió: -Esa es de otro camión.

El turno de madrugada

A las cuatro de la nada ya está Carmen con su cubo; limpia la oficina helada antes de que llegue el bullo. Se le apareció la flaca recargada en el archivero; venía en bata y en chancla, con cara de mal agüero. -Vengo por ti, mi señora, que el descanso ya te toca. Carmen dijo: -No es la hora, falta el baño y esta roca. Le pasó guantes y fibra y la puso a tallar duro; la calaca, que no vibra, se durmió sobre el conjuro.

El trapeador de Cheto

Tenía Cheto un trapeador más famoso que la escoba; sacaba brillo mayor que el espejo de la alcoba. Vino la muerte de noche a dejar tierra y ceniza; y a rayar con un derroche todo el piso de la cornisa. Cheto sacó su franela y le ganó la partida; no quedó ni una estela de su tierra malnacida. La pelona, derrotada, pidió chamba de ayudante; hoy exprime la trapeada y aprendió a ser más constante.

La bolsa de basura

Cargaba Nayeli bolsas desde el quinto hasta la calle; sin ascensor y sin holgas, con el peso en cada talle. La Catrina, muy oronda, se ofreció a echar la mano; tomó dos, hizo la ronda y sudó como un marrano. Al llegar al contenedor ya venía resollando; confesó, con mucho honor, que el trabajo iba pesando. -Yo me llevo a mucha gente -dijo, echándose en el suelo-, pero tú, definitivamente, cargas medio mundo entero.

El baño reluciente

Dejó Sofía el sanitario como joya de aparador; sin un rastro, sin sudario, sin la mancha ni el olor. Entró la flaca a inspeccionar con su guante y su papel; no halló nada que apuntar, ni una gota en el mantel. Se quedó tan admirada que firmó la hoja de turno; y escribió en letra apretada: -Aquí no me llevo a ninguno. Desde entonces cada mes se aparece la señora, nomás pa' saludar, tres veces, y se va a su hora.

El comedor del personal

A la una en el comedor se juntó la intendencia; con su tupper y su calor, y la risa por herencia. Se coló la calaquita con su plato de peltre; le sirvieron sopita y un guisado bien alegre. Contó chistes de panteón y le rieron de a montón; se olvidó de su misión y pidió otra porción. Salió llena y sin llevarse ni a Ramón ni a doña Inés; dijo: -Vale más quedarse, los regreso el otro mes.

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