Calaveritas para mineros

Bajar cuando todavía es de noche y salir con la lámpara gastada y el casco lleno de polvo. Aquí la huesuda se mete al socavón por curiosa y le da miedo la oscuridad. Van con todo el respeto para quienes trabajan bajo tierra y suben cantando.

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El casco de Elías

Bajó Elías al socavón con su casco y su lamparita; y la flaca, sin razón, le pidió prestadita.

La lámpara

Se apagó la luz de golpe allá abajo, en el nivel; y la muerte, en aquel tope, se agarró de don Manuel. -No me sueltes, compañero, que esto es negro de a de veras. Y él le dijo: -Aquí te espero, vamos juntos por las veras.

El socavón de don Beto

Don Beto lleva la cuenta de los tiros y las vetas; se conoce la osamenta de las piedras más secretas. La Catrina se metió por la boca del tirito; y a los cien metros gritó que quería su carrito. Don Beto la fue guiando con la mano en la pared; respirando y avanzando sin perder ni la merced. Cuando vieron la salida ella se echó a la luz; y le dijo, agradecida: -Te salvaste, mi Jesús.

La subida a la luz

Termina el turno a las cuatro y suben todos en fila; con el polvo en cada rostro y la risa que vacila. Esperaba la pelona allá arriba, en el brocal; con su lista muy redonda y su tinta de metal. Salió Chema, salió Andrés, salió el último minero; y contó de dos en tres: no faltó ni un compañero. Rompió entonces su papel la calaca, con desgano; y se fue como se fue cualquier viernes mexicano.

El canario de la flaca

Se compró la huesudita un canario amarillito; para hacerse la perita y bajar como perito. El canario le cantó y ella se echó a correr; al ratito regresó sin saber qué iba a hacer. Los mineros se reían de su prisa y su temblor; y entre todos le decían que aprendiera del olor. Hoy la flaca ya no baja, se quedó de vigilante; cuida herramienta y la caja y saluda al que va adelante.

Doña Rita y el almuerzo

Doña Rita, allá en la boca, vende gordas y café; y a las cinco ya convoca con su olla de peltre. Llegó la muerte a comer antes de bajar al fondo; se sirvió sin conocer lo picoso de aquel mondo. Se le puso hasta morada la calavera del gusto; pidió agua, desesperada, y salió corriendo al susto. Doña Rita le sirvió un atolito de arroz; y la flaca perdonó a los hombres de la voz.

La veta de plata

Dieron con la veta buena allá por el nivel nueve; y la cuadrilla se llena de esperanza que conmueve. Se apareció la Catrina con dos sacos por llenar; de la plata más divina que pudiera transportar. Le pesaron los costales más que todos sus difuntos; y los huesos, ya fatales, le tronaron todos juntos. Dejó todo y se marchó sin llevarse ni un gramito; y el minero le gritó: -Ni la plata, mi angelito.

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