Calaveritas para mineros
Bajar cuando todavía es de noche y salir con la lámpara gastada y el casco lleno de polvo. Aquí la huesuda se mete al socavón por curiosa y le da miedo la oscuridad. Van con todo el respeto para quienes trabajan bajo tierra y suben cantando.
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El casco de Elías
Bajó Elías al socavón
con su casco y su lamparita;
y la flaca, sin razón,
le pidió prestadita.
La lámpara
Se apagó la luz de golpe
allá abajo, en el nivel;
y la muerte, en aquel tope,
se agarró de don Manuel.
-No me sueltes, compañero,
que esto es negro de a de veras.
Y él le dijo: -Aquí te espero,
vamos juntos por las veras.
El socavón de don Beto
Don Beto lleva la cuenta
de los tiros y las vetas;
se conoce la osamenta
de las piedras más secretas.
La Catrina se metió
por la boca del tirito;
y a los cien metros gritó
que quería su carrito.
Don Beto la fue guiando
con la mano en la pared;
respirando y avanzando
sin perder ni la merced.
Cuando vieron la salida
ella se echó a la luz;
y le dijo, agradecida:
-Te salvaste, mi Jesús.
La subida a la luz
Termina el turno a las cuatro
y suben todos en fila;
con el polvo en cada rostro
y la risa que vacila.
Esperaba la pelona
allá arriba, en el brocal;
con su lista muy redonda
y su tinta de metal.
Salió Chema, salió Andrés,
salió el último minero;
y contó de dos en tres:
no faltó ni un compañero.
Rompió entonces su papel
la calaca, con desgano;
y se fue como se fue
cualquier viernes mexicano.
El canario de la flaca
Se compró la huesudita
un canario amarillito;
para hacerse la perita
y bajar como perito.
El canario le cantó
y ella se echó a correr;
al ratito regresó
sin saber qué iba a hacer.
Los mineros se reían
de su prisa y su temblor;
y entre todos le decían
que aprendiera del olor.
Hoy la flaca ya no baja,
se quedó de vigilante;
cuida herramienta y la caja
y saluda al que va adelante.
Doña Rita y el almuerzo
Doña Rita, allá en la boca,
vende gordas y café;
y a las cinco ya convoca
con su olla de peltre.
Llegó la muerte a comer
antes de bajar al fondo;
se sirvió sin conocer
lo picoso de aquel mondo.
Se le puso hasta morada
la calavera del gusto;
pidió agua, desesperada,
y salió corriendo al susto.
Doña Rita le sirvió
un atolito de arroz;
y la flaca perdonó
a los hombres de la voz.
La veta de plata
Dieron con la veta buena
allá por el nivel nueve;
y la cuadrilla se llena
de esperanza que conmueve.
Se apareció la Catrina
con dos sacos por llenar;
de la plata más divina
que pudiera transportar.
Le pesaron los costales
más que todos sus difuntos;
y los huesos, ya fatales,
le tronaron todos juntos.
Dejó todo y se marchó
sin llevarse ni un gramito;
y el minero le gritó:
-Ni la plata, mi angelito.
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