Calaveritas para militares y marinos

La formación al amanecer, la guardia que no se abandona y el uniforme siempre planchado. Aquí la Catrina quiere colarse a la tropa y descubre que la disciplina no se improvisa. Van con respeto y cariño para quienes sirven en tierra y en mar.

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En la formación

Se formó la tropa entera al sonar de la corneta; y la flaca, la primera, se quedó fuera de meta.

El uniforme

Se planchó doña Catrina un uniforme prestado; y llegó muy peripuesta a ver si la habían llamado. Le faltaron las insignias, la postura y el tesón; la mandaron con sus dignias hasta el fin del pelotón.

La guardia del sargento

El sargento Peña vela en la puerta del cuartel; sin sentarse ni una vela, firme siempre, siempre fiel. Llegó la muerte de noche a pasar sin identificar; y sin placa ni derroche quiso el paso libre andar. Peña le pidió la orden, el oficio y el sello; y la flaca, en su desorden, no sacó ni un papel bello. Se quedó fuera del muro esperando amanecer; y aprendió, de eso estoy seguro, que hay deberes que cumplir sin ceder.

La marinera Alicia

Navegaba la marinera vigilando el litoral; con el mar de compañera y la brújula cabal. Subió a bordo la pelona disfrazada de gaviota; para ver si en esa zona se le hacía la derrota. Se mareó con el oleaje y se puso medio verde; suplicó por el pasaje de regreso, antes que pierde. La dejaron en el muelle con galletas y limón; y Alicia, sin que le duele, siguió en su navegación.

El desfile

Ya viene el dieciséis y se ensaya la marcha; paso firme, uno y seis, y la banda que no falla. La calaca se coló en la última hilera; y en el paso se enredó con su propia calavera. Se le fueron los tobillos, se le zafó una rodilla; se regó como tornillos por toda la avenida. La juntaron los cadetes con respeto y con humor; la sentaron en los sietes y aplaudió al desfilador.

El plan de auxilio

Se desbordó aquel arroyo allá por la madrugada; y llegó verde el apoyo con la lancha y la frazada. Sacaron a doña Juana, a dos niños y al abuelo; y a la perra, que ya gana nombradía en todo el pueblo. La huesuda iba contando los que iba a recoger; y se fue disminuyendo su tarea al amanecer. Guardó lista y se marchó sin llevarse a ni un cristiano; y en el agua se leyó: -Aquí gana el mexicano.

El rancho del cuartel

A las siete dan el rancho en el patio del cuartel; frijolito, café ancho y tortilla de papel. Se formó la calavera con su charola en la mano; como cualquier compañera del servicio mexicano. Le sirvieron su ración y comió sin distinción; aprendió que en el fogón no hay ni grado ni escalón. Lavó su plato al final como marca el reglamento; y se fue diciendo: -Igual regresaré en el momento.

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