Calaveritas para meseros y baristas

Cargar una charola llena sin tirar una gota es de las artes más nobles que existen. Estas calaveritas van para quienes atienden mesas, preparan café de madrugada y aguantan al cliente que le pone pero a todo. Aquí la muerte se sienta a la mesa, pide su cortado y hasta deja propina.

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La charola de Rosita

Rosita lleva charola con seis platos y tres vasos; y va cruzando ella sola entre mesas y entre pasos. Se le atravesó la muerte para hacerle tropezar; Rosita, que es de otra suerte, la esquivó sin derramar.

La propina de Chuy

Dejaron cinco pesitos por atender toda una hora; y Chuy, con ojos marchitos, les dio gracias, sin demora. Llegó la flaca a la mesa y pagó con su propina; Chuy le dijo, con sorpresa: - Vuelva pronto, doña fina.

Don Filiberto, el cliente

Don Filiberto es el cliente que a todo le pone pero: la sopa no está caliente, la carne le sabe a cuero. Pidió hablar con el gerente por un vaso mal servido; salió la muerte, sonriente, con mandil y con vestido. - ¿Se le ofrece algo, señor? le pregunta la Catrina. Filiberto, sin color, dijo: - Nada, mi Catrina. Se comió la guarnición sin dejar ni un comentario; y hoy regresa sin razón a dejar propina a diario.

Emilio y la espuma

Emilio hace corazones en la espuma del café; dibuja hojas y leones sin que tiemble ni un traspié. La muerte llegó a la barra y pidió un café cortado; Emilio sacó su jarra y se lo dejó espumado. Le dibujó una calaca con la espuma bien batida; la Catrina, en su butaca, se quedó muy sorprendida. No quiso beberse el arte ni romper el dibujito; se llevó el vaso a otra parte y dejó su cafecito.

La cuenta por separado

Llegaron quince a comer y pidieron cuenta aparte; Toño tuvo que aprender matemáticas con arte. La muerte pidió su cuenta sin haber comido nada; y Toño, que bien la cuenta, le cobró hasta la mirada. La flaca sacó cartera y no traía ni un tostón; Toño le fió, sin espera, y hoy le debe un buen montón.

El nombre en el vaso

Paola escribe en el vaso el nombre en tinta especial; pero siempre, por si acaso, le sale un poquito mal. Llegó la muerte a pedir un moka con doble crema; Paola la oyó decir su nombre: ahí fue el problema. Escribió: - Para La Flauta, en lugar de La Catrina; y la muerte, ya sin pauta, soltó risa cantarina. Se llevó el vaso, contenta, sin cobrarse a la muchacha; y hoy, cada vez que se sienta, pide un moka y se despacha.

Chema abre a las cinco

Chema abre a las cinco en punto con la calle aún oscura; y le sirve a algún difunto que se cuela en la negrura. La Catrina fue su clienta desde el día más temprano; se acomoda muy contenta en su banco, mano a mano. Chema ya sabe su gusto: café negro y sin dulzor; y se lo entrega sin susto, con su pan y su calor. Por eso, cuando le toque irse Chema al otro lado, la muerte, sin que le choque, le tendrá el café guardado.

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