Calaveritas para mecánicos

El mecánico oye un ruidito y ya sabe qué se rompió, sin abrir el cofre. Aquí van unas calaveritas para los del taller, la carcacha que no arranca y ese presupuesto que siempre asusta más que la Catrina. Van con cariño para el maestro, el aprendiz y el cliente que paga en abonos.

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La carcacha

Mi carcacha no arrancaba y la muerte me esperaba; la empujamos entre dos al taller, si quiere Dios. Don Rafa le dio un martillo y arrancó como cuchillo; y la muerte se quedó con el humo que tragó.

El presupuesto

-¿Cuánto sale, don Ramiro? Y él contesta, con suspiro: -Ya le falta el radiador, la balata y el motor. Doña Tere hizo la cuenta y quedó medio contenta; y la muerte, que lo oía, se espantó y se despedía. -Si eso cuesta componerlo, yo prefiero no moverlo; dijo, y devolvió las llaves y se fue por donde sabes. Don Ramiro lo arregló con un alambre que halló; y la muerte, al ver la cuenta, le dejó su camioneta.

La refacción

Buscan una refacción pa' un modelo de camión; ya buscaron por Toluca y en la yonke de Pachuca. Vino la muerte a buscar y tampoco halló el lugar; hoy el coche sigue ahí y la flaca, junto a mí.

El taller de la esquina

En el taller de la esquina huele a grasa y gasolina; hay un radio con corridos y unos gatos consentidos. Llegó la muerte empujando su carroza, ya fallando; -No me enciende, don Julián, y me esperan en San Juan. Don Julián la revisó y de todo le encontró: sin aceite y sin la banda, y un motor que ya no manda. Se la dejó tres semanas y salió por las mañanas tan veloz que en el camino se pasó hasta su destino.

El ruidito

-Hace un ruido, como truenos, como grillos, como frenos; y el maestro sin voltear dijo: -Es la banda, a cambiar. Doña Rita se asombró y el maestro se lo explicó: -Treinta años oyendo fierros me enseñaron esos yerros. La calaca, que escuchaba, un ruidito le sonaba; -A mí truena la rodilla y también una costilla. Don Manuel se la apretó con su llave, y la aceitó; y hoy la muerte, sin chirridos, va corriendo a sus pedidos.

El coche del abuelo

Un Valiant bien conservado que el abuelo ha respetado; cada domingo lo lava y le platica, y lo alaba. Vino la muerte a comprarlo y el abuelo: -Ni pensarlo; este coche es mi tesoro, lo que quiero y lo que adoro. La calaca lo entendió y de copiloto entró; se dio un rol por la avenida y bajó, muy divertida. Hoy el Valiant sigue andando y el abuelo va cantando; y la muerte, en el espejo, va saludando al buen viejo.

La aprendiz

Se metió Ceci al taller a aprender y a no temer; se reían los señores y hoy le piden los motores. Llegó un coche destrozado que ninguno ha reparado; Ceci le buscó la falla y ganó aquella batalla. La calaca, que veía, del asombro se caía; -Oye, niña, ven conmigo, que en mi carro hay un castigo. Ceci fue y se la arregló y el trabajo le cobró; como no trajo dinero dejó en prenda su sombrero.

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