Calaveritas para mecánicos
El mecánico oye un ruidito y ya sabe qué se rompió, sin abrir el cofre. Aquí van unas calaveritas para los del taller, la carcacha que no arranca y ese presupuesto que siempre asusta más que la Catrina. Van con cariño para el maestro, el aprendiz y el cliente que paga en abonos.
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La carcacha
Mi carcacha no arrancaba
y la muerte me esperaba;
la empujamos entre dos
al taller, si quiere Dios.
Don Rafa le dio un martillo
y arrancó como cuchillo;
y la muerte se quedó
con el humo que tragó.
El presupuesto
-¿Cuánto sale, don Ramiro?
Y él contesta, con suspiro:
-Ya le falta el radiador,
la balata y el motor.
Doña Tere hizo la cuenta
y quedó medio contenta;
y la muerte, que lo oía,
se espantó y se despedía.
-Si eso cuesta componerlo,
yo prefiero no moverlo;
dijo, y devolvió las llaves
y se fue por donde sabes.
Don Ramiro lo arregló
con un alambre que halló;
y la muerte, al ver la cuenta,
le dejó su camioneta.
La refacción
Buscan una refacción
pa' un modelo de camión;
ya buscaron por Toluca
y en la yonke de Pachuca.
Vino la muerte a buscar
y tampoco halló el lugar;
hoy el coche sigue ahí
y la flaca, junto a mí.
El taller de la esquina
En el taller de la esquina
huele a grasa y gasolina;
hay un radio con corridos
y unos gatos consentidos.
Llegó la muerte empujando
su carroza, ya fallando;
-No me enciende, don Julián,
y me esperan en San Juan.
Don Julián la revisó
y de todo le encontró:
sin aceite y sin la banda,
y un motor que ya no manda.
Se la dejó tres semanas
y salió por las mañanas
tan veloz que en el camino
se pasó hasta su destino.
El ruidito
-Hace un ruido, como truenos,
como grillos, como frenos;
y el maestro sin voltear
dijo: -Es la banda, a cambiar.
Doña Rita se asombró
y el maestro se lo explicó:
-Treinta años oyendo fierros
me enseñaron esos yerros.
La calaca, que escuchaba,
un ruidito le sonaba;
-A mí truena la rodilla
y también una costilla.
Don Manuel se la apretó
con su llave, y la aceitó;
y hoy la muerte, sin chirridos,
va corriendo a sus pedidos.
El coche del abuelo
Un Valiant bien conservado
que el abuelo ha respetado;
cada domingo lo lava
y le platica, y lo alaba.
Vino la muerte a comprarlo
y el abuelo: -Ni pensarlo;
este coche es mi tesoro,
lo que quiero y lo que adoro.
La calaca lo entendió
y de copiloto entró;
se dio un rol por la avenida
y bajó, muy divertida.
Hoy el Valiant sigue andando
y el abuelo va cantando;
y la muerte, en el espejo,
va saludando al buen viejo.
La aprendiz
Se metió Ceci al taller
a aprender y a no temer;
se reían los señores
y hoy le piden los motores.
Llegó un coche destrozado
que ninguno ha reparado;
Ceci le buscó la falla
y ganó aquella batalla.
La calaca, que veía,
del asombro se caía;
-Oye, niña, ven conmigo,
que en mi carro hay un castigo.
Ceci fue y se la arregló
y el trabajo le cobró;
como no trajo dinero
dejó en prenda su sombrero.
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