Calaveritas para estilistas y peluqueros

En la silla del estilista se arregla el pelo y de pasada la vida entera, porque ahí se cuenta todo lo que pasa en la colonia. Aquí van unas calaveritas para los que manejan la tijera, el tinte y el secador con la misma paciencia. Van con cariño para el salón, la barbería y la clienta de siempre.

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El tinte

La calaca se pintó de rubio, y se le quemó; como no tiene cabello se pintó todito el cuello. Doña Male, la estilista, la borró de aquella lista; -Vuelva usted cuando le salga una greña que le valga.

El corte de caballero

En la silla de don Chente se sentó la muerte enfrente; pidió el corte de la moda, ese que usan en la boda. Don Chente sacó tijeras y probó de mil maneras, pero el hueso estaba liso y no quedaba ni un rizo. -No se apure, dijo Chente, -yo le arreglo lo pendiente; le lustró todito el coco y le puso un moño loco. Se miró en el espejito y soltó hasta un gritito; no pagó, se fue volando, y hoy la ven por ahí bailando.

El chisme de la silla

Todo el chisme del mercado en la silla se ha contado; hasta la muerte se sienta nomás para oír la cuenta. Se le pasan las tres horas entre tintes y señoras; y se queda sin su encargo por quedarse un rato largo.

La permanente

Doña Chelo se hizo el rizo y quedó como un hechizo; tres horitas en la silla y un olor a maravilla. Llegó la muerte a la puerta con su lista siempre abierta; pero al ver a doña Chelo se le antojó tanto pelo. Se sentó pidiendo rizos, permanente y sus postizos; la estilista, doña Male, le decía: -A ver si sale. Le quedó como algodón un peinado de ocasión; y en la lista, doña Chelo ya quedó tachada al vuelo.

El novio de última hora

Doña Male ya cerraba y su tijera guardaba; cuando entró un señor corriendo, que en su boda están sirviendo. Lo sentó, le dio su corte y le acomodó el bigote; mientras tanto, en el sillón, la huesuda dio su opinión. -Rebájele las patillas y empareje las orillas. Doña Male le contesta: -Aquí mando yo en la fiesta. Salió el novio como estrella y la flaca detrás de ella; pero llegando a la boda se quedó bailando toda.

El fleco de Sofía

Sofía quería un fleco y llegó con su muñeco; la estilista la sentó y el flequito le cortó. La calaca, que miraba, un flequito se antojaba; se formó tras la chiquilla y se sentó en la otra silla. Le cortaron su flequito sobre el hueso, muy bonito; y quedó tan diferente que no la conoce el cliente. Hoy la muerte, al asustar, ya no puede ni empezar: todos dicen que se ve más bonita que un bebé.

La barbería de don Nico

En la barbería vieja suena el radio y nadie deja de contar lo que pasó en la liga y quién ganó. Fue la muerte a rasurarse y no supo ni sentarse; don Nico le dio la espuma y quedó como una pluma. Como no tiene ni un pelo la navaja fue de vuelo; don Nico, muy ofendido, le cobró como es debido. -Le cobré por la charlita, por mi radio y mi sillita; y la muerte, sin dinero, se quedó de peluquero.

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