Calaveritas para estilistas y peluqueros
En la silla del estilista se arregla el pelo y de pasada la vida entera, porque ahí se cuenta todo lo que pasa en la colonia. Aquí van unas calaveritas para los que manejan la tijera, el tinte y el secador con la misma paciencia. Van con cariño para el salón, la barbería y la clienta de siempre.
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El tinte
La calaca se pintó
de rubio, y se le quemó;
como no tiene cabello
se pintó todito el cuello.
Doña Male, la estilista,
la borró de aquella lista;
-Vuelva usted cuando le salga
una greña que le valga.
El corte de caballero
En la silla de don Chente
se sentó la muerte enfrente;
pidió el corte de la moda,
ese que usan en la boda.
Don Chente sacó tijeras
y probó de mil maneras,
pero el hueso estaba liso
y no quedaba ni un rizo.
-No se apure, dijo Chente,
-yo le arreglo lo pendiente;
le lustró todito el coco
y le puso un moño loco.
Se miró en el espejito
y soltó hasta un gritito;
no pagó, se fue volando,
y hoy la ven por ahí bailando.
El chisme de la silla
Todo el chisme del mercado
en la silla se ha contado;
hasta la muerte se sienta
nomás para oír la cuenta.
Se le pasan las tres horas
entre tintes y señoras;
y se queda sin su encargo
por quedarse un rato largo.
La permanente
Doña Chelo se hizo el rizo
y quedó como un hechizo;
tres horitas en la silla
y un olor a maravilla.
Llegó la muerte a la puerta
con su lista siempre abierta;
pero al ver a doña Chelo
se le antojó tanto pelo.
Se sentó pidiendo rizos,
permanente y sus postizos;
la estilista, doña Male,
le decía: -A ver si sale.
Le quedó como algodón
un peinado de ocasión;
y en la lista, doña Chelo
ya quedó tachada al vuelo.
El novio de última hora
Doña Male ya cerraba
y su tijera guardaba;
cuando entró un señor corriendo,
que en su boda están sirviendo.
Lo sentó, le dio su corte
y le acomodó el bigote;
mientras tanto, en el sillón,
la huesuda dio su opinión.
-Rebájele las patillas
y empareje las orillas.
Doña Male le contesta:
-Aquí mando yo en la fiesta.
Salió el novio como estrella
y la flaca detrás de ella;
pero llegando a la boda
se quedó bailando toda.
El fleco de Sofía
Sofía quería un fleco
y llegó con su muñeco;
la estilista la sentó
y el flequito le cortó.
La calaca, que miraba,
un flequito se antojaba;
se formó tras la chiquilla
y se sentó en la otra silla.
Le cortaron su flequito
sobre el hueso, muy bonito;
y quedó tan diferente
que no la conoce el cliente.
Hoy la muerte, al asustar,
ya no puede ni empezar:
todos dicen que se ve
más bonita que un bebé.
La barbería de don Nico
En la barbería vieja
suena el radio y nadie deja
de contar lo que pasó
en la liga y quién ganó.
Fue la muerte a rasurarse
y no supo ni sentarse;
don Nico le dio la espuma
y quedó como una pluma.
Como no tiene ni un pelo
la navaja fue de vuelo;
don Nico, muy ofendido,
le cobró como es debido.
-Le cobré por la charlita,
por mi radio y mi sillita;
y la muerte, sin dinero,
se quedó de peluquero.
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