Calaveritas para grupos de Alcohólicos Anónimos
En los grupos hay café de olla, sillas que guardan su lugar y gente que va contando veinticuatro horas a la vez. Estas calaveritas están hechas con cariño para los compañeros, los padrinos y los aniversarios de sobriedad. Aquí la flaca llega, se sienta, toma café y casi siempre se va sola.
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El café del grupo
Hay café en una olla vieja
que ni el tiempo la despeja;
negro, amargo y bien caliente,
el más rico del oriente.
Llegó la flaca temprano
con su taza en una mano,
le sirvieron su ración
sin pedirle explicación.
Se sentó junto a don Beto
y escuchó todo completo,
cómo el hombre se levanta
y por qué la vida encanta.
Se acabó tres tazas llenas
y olvidó todas sus penas;
se fue sola, sin llevarse
a ninguno, y sin quejarse.
La junta de las siete
A las siete abren la puerta
y la silla está dispuesta;
llegan doce, llegan veinte,
cada quien con lo que siente.
Y la calaca se formó
y en la lista se anotó;
le tocaba compartir
y no supo qué decir.
-Yo me llevo a quien me toca,
dijo, abriendo bien la boca.
Y el que dirige, sereno:
-Aquí nadie llega ajeno.
La flaca se quedó quieta
hasta el fin de la libreta:
veinticuatro horas apenas,
y se van todas las penas.
Veinte velas
Ya cumplió Lupe veinte años
de sobriedad, sin más daños;
le trajeron su pastel
con veinte velas de miel.
Y la huesuda se coló
y el primer trozo pidió;
se comió su rebanada
y aplaudió con la manada.
-Vengo por Lupe, señores,
dijo en medio de las flores.
Y le dijo el veterano:
-Hoy cumplimos, deme mano.
Bailó la muerte contenta
y se le olvidó la cuenta;
se llevó nomás la vela
y le dejó su candela.
El padrino
Don Lalo es padrino honrado,
de teléfono pegado;
contesta de madrugada
aunque no le digan nada.
Una noche la calaca
le llamó desde una hamaca:
-Vengo a verte, don Lalito,
que me siento muy solito.
Don Lalo la fue a buscar,
le invitó a desayunar,
y entre pan y entre consejo
la dejó como un espejo.
Desde entonces, cada día,
la huesuda le confía
todo lo que la lastima,
y don Lalo se le arrima.
Solo por hoy
Solo por hoy, dice el lema,
y con eso no hay problema;
no mañana, no la vida,
nada más esta subida.
Llegó la muerte, muy seria,
con su lista y su miseria:
-Vámonos, ya te tocó.
Y Ramón le contestó:
-Hoy no puedo, tengo junta,
y mañana me pregunta.
Se le fue toda la tarde
sin que el hombre se acobarde.
Y así lleva ya treinta años
sin sufrir mayores daños:
cada día le contesta
que mañana, que hoy hay fiesta.
La silla de siempre
Hay un lugar en la orilla,
una humilde y vieja silla,
donde siempre se sentaba
don Manuel cuando llegaba.
Se lo llevó la calaca
una tarde, sin matraca,
y aunque el grupo lo extrañó,
nadie el sitio le ocupó.
La flaca volvió una noche
buscando otro sin reproche,
y encontró la silla sola
con café y una amapola.
Se sentó y se estuvo quieta
hasta el fin de la libreta;
y se fue de madrugada
sin llevarse a nadie, nada.
Don Nacho cuenta su historia
Don Nacho pide la voz
y se calla hasta el arroz;
cuenta cómo era su vida
y cómo halló la salida.
Llegó la flaca al final
con su capa y su costal,
pero se quedó parada
con la boca bien callada.
Cuando el hombre terminó,
toda el aula se paró;
y la muerte, conmovida,
le rogó por la salida.
Don Nacho le dio la mano
y un café bien mexicano:
-Aquí siempre hay un lugar,
hasta para descansar.
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