Calaveritas para grupos de Alcohólicos Anónimos

En los grupos hay café de olla, sillas que guardan su lugar y gente que va contando veinticuatro horas a la vez. Estas calaveritas están hechas con cariño para los compañeros, los padrinos y los aniversarios de sobriedad. Aquí la flaca llega, se sienta, toma café y casi siempre se va sola.

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El café del grupo

Hay café en una olla vieja que ni el tiempo la despeja; negro, amargo y bien caliente, el más rico del oriente. Llegó la flaca temprano con su taza en una mano, le sirvieron su ración sin pedirle explicación. Se sentó junto a don Beto y escuchó todo completo, cómo el hombre se levanta y por qué la vida encanta. Se acabó tres tazas llenas y olvidó todas sus penas; se fue sola, sin llevarse a ninguno, y sin quejarse.

La junta de las siete

A las siete abren la puerta y la silla está dispuesta; llegan doce, llegan veinte, cada quien con lo que siente. Y la calaca se formó y en la lista se anotó; le tocaba compartir y no supo qué decir. -Yo me llevo a quien me toca, dijo, abriendo bien la boca. Y el que dirige, sereno: -Aquí nadie llega ajeno. La flaca se quedó quieta hasta el fin de la libreta: veinticuatro horas apenas, y se van todas las penas.

Veinte velas

Ya cumplió Lupe veinte años de sobriedad, sin más daños; le trajeron su pastel con veinte velas de miel. Y la huesuda se coló y el primer trozo pidió; se comió su rebanada y aplaudió con la manada. -Vengo por Lupe, señores, dijo en medio de las flores. Y le dijo el veterano: -Hoy cumplimos, deme mano. Bailó la muerte contenta y se le olvidó la cuenta; se llevó nomás la vela y le dejó su candela.

El padrino

Don Lalo es padrino honrado, de teléfono pegado; contesta de madrugada aunque no le digan nada. Una noche la calaca le llamó desde una hamaca: -Vengo a verte, don Lalito, que me siento muy solito. Don Lalo la fue a buscar, le invitó a desayunar, y entre pan y entre consejo la dejó como un espejo. Desde entonces, cada día, la huesuda le confía todo lo que la lastima, y don Lalo se le arrima.

Solo por hoy

Solo por hoy, dice el lema, y con eso no hay problema; no mañana, no la vida, nada más esta subida. Llegó la muerte, muy seria, con su lista y su miseria: -Vámonos, ya te tocó. Y Ramón le contestó: -Hoy no puedo, tengo junta, y mañana me pregunta. Se le fue toda la tarde sin que el hombre se acobarde. Y así lleva ya treinta años sin sufrir mayores daños: cada día le contesta que mañana, que hoy hay fiesta.

La silla de siempre

Hay un lugar en la orilla, una humilde y vieja silla, donde siempre se sentaba don Manuel cuando llegaba. Se lo llevó la calaca una tarde, sin matraca, y aunque el grupo lo extrañó, nadie el sitio le ocupó. La flaca volvió una noche buscando otro sin reproche, y encontró la silla sola con café y una amapola. Se sentó y se estuvo quieta hasta el fin de la libreta; y se fue de madrugada sin llevarse a nadie, nada.

Don Nacho cuenta su historia

Don Nacho pide la voz y se calla hasta el arroz; cuenta cómo era su vida y cómo halló la salida. Llegó la flaca al final con su capa y su costal, pero se quedó parada con la boca bien callada. Cuando el hombre terminó, toda el aula se paró; y la muerte, conmovida, le rogó por la salida. Don Nacho le dio la mano y un café bien mexicano: -Aquí siempre hay un lugar, hasta para descansar.

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