Calaveritas para enfermeras y enfermeros
Las guardias largas, los pasillos fríos y el café que siempre se enfría tienen aquí su propio homenaje. En estos versos la Catrina llega al hospital creyendo que manda y acaba formada como cualquier paciente. Dedícaselas a esa persona que te cuidó cuando más falta hacía.
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Guardia de noche
En la guardia de la noche
se desvela don Jesús,
sin quejarse ni un reproche,
repartiendo calma y luz.
Llegó la flaca a las tres
preguntando por su cama;
Chuy le dijo: -Ya la ves,
primero atiendo a quien llama.
La de la inyección
Llegó la flaca al pabellón
con su lista y su mirada;
la enfermera Concepción
ya le puso una inyectada.
La huesuda dio un respingo
y salió por el pasillo;
dijo: -Vuelvo hasta el domingo,
que esa aguja es un cuchillo.
El turno doble de Chole
Doña Chole, la enfermera,
doblaba turno sin fin;
atendía la escalera
y hasta el patio del jardín.
Una noche entró la flaca
con su bata y su papel;
Chole le dijo: -Se atraca
la fila; le doy un pastel.
La calaca se formó
detrás de veinte pacientes;
tres guardias ahí se aguantó
mordiéndose hasta los dientes.
Cuando al fin le dieron paso
la mañana ya reía;
la flaca soltó su lazo
y dijo: -Vuelvo otro día.
Beto, el de urgencias
En urgencias, Beto Ríos
suturaba sin temblar;
aguantaba los gentíos
y el café sin endulzar.
Una noche, en la camilla,
le llegó una calavera;
Beto, sin hacer gran trilla,
la formó como cualquiera.
La flaca, muy ofendida,
le reclamó su lugar;
Beto le dijo: -Querida,
aquí todos van a esperar.
La jeringa de Rosita
Rosita, la inyectadora,
su piquete es de algodón;
y ningún niño ahí llora,
ni el más bravo peleón.
Llegó un día la Catrina
con el brazo remangado;
temblaba la muy ladina
como pollo desplumado.
Rosita ni la sintió,
tan suave fue su piquete;
la muerte le agradeció
y le dejó su billete.
Desde entonces, cada mes,
la flaca va por su cita;
se forma y espera cortés
la mano de la Rosita.
El camillero Nabor
Don Nabor, el camillero,
corría por los pasillos;
empujaba al mundo entero
con las ruedas y los tornillos.
Un día empujó a la flaca
creyendo que era paciente;
la llevó de placa en placa
y al doctor más exigente.
La huesuda, mareada,
bajó de aquella camilla;
dijo: -Nunca vi jornada
que me diera pesadilla.
Las batas blancas
Cuentan que en el hospital
hubo un pleito muy sonado:
la muerte quiso llevar
a todo el turno encerrado.
Se juntaron las enfermeras
con sus guantes de papel;
y cerraron las barreras
del pasillo y del cuartel.
La Catrina, acorralada,
pidió tregua y un cafecito;
le sirvieron de pasada
un pan de muerto y tantito.
Se fue sola, sin llevarse
ni un enfermo del montón;
que no hay modo de ganarse
al que cura sin sermón.
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