Calaveritas para enfermeras y enfermeros

Las guardias largas, los pasillos fríos y el café que siempre se enfría tienen aquí su propio homenaje. En estos versos la Catrina llega al hospital creyendo que manda y acaba formada como cualquier paciente. Dedícaselas a esa persona que te cuidó cuando más falta hacía.

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Guardia de noche

En la guardia de la noche se desvela don Jesús, sin quejarse ni un reproche, repartiendo calma y luz. Llegó la flaca a las tres preguntando por su cama; Chuy le dijo: -Ya la ves, primero atiendo a quien llama.

La de la inyección

Llegó la flaca al pabellón con su lista y su mirada; la enfermera Concepción ya le puso una inyectada. La huesuda dio un respingo y salió por el pasillo; dijo: -Vuelvo hasta el domingo, que esa aguja es un cuchillo.

El turno doble de Chole

Doña Chole, la enfermera, doblaba turno sin fin; atendía la escalera y hasta el patio del jardín. Una noche entró la flaca con su bata y su papel; Chole le dijo: -Se atraca la fila; le doy un pastel. La calaca se formó detrás de veinte pacientes; tres guardias ahí se aguantó mordiéndose hasta los dientes. Cuando al fin le dieron paso la mañana ya reía; la flaca soltó su lazo y dijo: -Vuelvo otro día.

Beto, el de urgencias

En urgencias, Beto Ríos suturaba sin temblar; aguantaba los gentíos y el café sin endulzar. Una noche, en la camilla, le llegó una calavera; Beto, sin hacer gran trilla, la formó como cualquiera. La flaca, muy ofendida, le reclamó su lugar; Beto le dijo: -Querida, aquí todos van a esperar.

La jeringa de Rosita

Rosita, la inyectadora, su piquete es de algodón; y ningún niño ahí llora, ni el más bravo peleón. Llegó un día la Catrina con el brazo remangado; temblaba la muy ladina como pollo desplumado. Rosita ni la sintió, tan suave fue su piquete; la muerte le agradeció y le dejó su billete. Desde entonces, cada mes, la flaca va por su cita; se forma y espera cortés la mano de la Rosita.

El camillero Nabor

Don Nabor, el camillero, corría por los pasillos; empujaba al mundo entero con las ruedas y los tornillos. Un día empujó a la flaca creyendo que era paciente; la llevó de placa en placa y al doctor más exigente. La huesuda, mareada, bajó de aquella camilla; dijo: -Nunca vi jornada que me diera pesadilla.

Las batas blancas

Cuentan que en el hospital hubo un pleito muy sonado: la muerte quiso llevar a todo el turno encerrado. Se juntaron las enfermeras con sus guantes de papel; y cerraron las barreras del pasillo y del cuartel. La Catrina, acorralada, pidió tregua y un cafecito; le sirvieron de pasada un pan de muerto y tantito. Se fue sola, sin llevarse ni un enfermo del montón; que no hay modo de ganarse al que cura sin sermón.

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