Calaveritas para doctores y enfermeras

Las guardias de madrugada, la sala de espera que nunca avanza y esas recetas con letra indescifrable dan para muchas calaveritas. Aquí hay varias calaveritas para doctores y enfermeras, escritas con rima y humor agradecido, porque la broma va acompañada de un reconocimiento sincero a quienes cuidan de todos. Sirven para una tarjeta, una ofrenda de hospital o el festejo de Día de Muertos en la clínica.

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El doctor de letra fea

El doctor Fidel Arriaga tiene letra que se apaga: lo que escribe en la receta ni el de arriba lo interpreta. Vino la muerte a buscarlo con un papel en la mano; no pudo ni deletrearlo ni entenderlo, ni el hermano. -¿Qué dice aquí? -preguntó. -Dice: vuelva usted en años. Y la flaca se marchó a esperar los desengaños. Hoy el doctor sigue escribiendo con su letra de tesoro, y la muerte va aprendiendo paleografía en el foro.

La enfermera del turno noche

Doña Amparo Sanjuanero cubre el turno de la noche: toma signos, pone suero y no acepta ni un reproche. Se coló la calavera por el ala de emergencia; doña Amparo, la primera, le pidió su referencia. La calaca no traía ni el pase ni el expediente; se formó, con cortesía, en la fila de la gente. Y ahí sigue, desvelada, esperando su llamada, mientras Amparo, sin prisa, salva vidas y hasta risa.

En la sala de espera

Se formó la calavera en la sala de la espera; sacó ficha, la sesenta, y aguardó una hora lenta. Cuando al fin la recibieron ya no había ni el motivo: los doctores le dijeron que el paciente estaba vivo.

La doctora del pueblo

La doctora Inés Zavala atendía todo el año: en su casa, en una sala, sin cobrar ni por el daño. Fue la flaca a su consulta con dolor en la rodilla; la doctora, muy adulta, le recetó manzanilla. Se curó la calavera y quedó tan agradecida que hoy le manda, aunque no quiera, más pacientes con la vida.

El pediatra

El doctor Poncho Mercado cura niños con agrado: un dulcito, un buen abrazo y una curita en el brazo. Vino la muerte chiquita con la panza colorada; le dio agua de limita y salió muy consolada. Desde entonces la huesuda no se acerca al consultorio: le da miedo tanta ayuda y el jarabe obligatorio.

Receta

Me recetó la Catrina tres cucharadas de risa, un abrazo en la cocina y bailar sin tanta prisa.

El de la ambulancia

Don Baltazar Escamilla corre en la ambulancia roja; va gritando por la orilla y ni un alto se le antoja. Vino la muerte a alcanzarlo en la esquina del mercado; no logró ni saludarlo: ya iba en otro llamado. Hoy la flaca, ya rendida, se subió de copiloto, y en lugar de dar partida va cuidando cada roto.

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