Calaveritas para deportistas
El entrenamiento antes del amanecer, los kilómetros que se acumulan y la meta que siempre está un poquito más lejos. Aquí la flaca se apunta a la carrera y se queda sin aire en el primer repecho. Van para quienes sudan la camiseta y no aflojan.
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La carrera
Retó la flaca a Rosendo
a correr hasta la meta;
y se quedó ahí, sufriendo,
en la curva más discreta.
El balón
Pateaba Susana el balón
con la izquierda y con la diestra;
metía gol de cabezón
y de tijera maestra.
La calaca se puso de arquera
confiada en su estatura;
le metieron nueve fuera
y se fue de la clausura.
El maratón
Se inscribió la calaquita
al maratón de la ciudad;
con su número y gorrita
y toditita su maldad.
En el kilómetro cinco
ya venía resollando;
en el diez perdió su brinco
y en el quince iba llorando.
Don Efrén, de sesenta años,
la alcanzó y la saludó;
le ofreció, sin desengaños,
agua fresca y la animó.
Cruzó ella la meta al último,
con medalla y con dolor;
y juró, con voto último,
no correr nunca mejor.
El entrenamiento de las cinco
A las cinco de mañana
ya está Ivonne en la pista;
cuando el mundo está en la cama
y la luna todavía asista.
Llegó la muerte a mirarla
dar sus vueltas al tartán;
y pensó en acompañarla
con un paso muy galán.
A la tercera se paró
con la lengua de corbata;
y en la banca se sentó
como un fardo de hojalata.
Ivonne siguió sus series
hasta que salió el solazo;
y la flaca, entre miserias,
le aplaudió con el huesazo.
La entrenadora
La profe Lucía dirige
a su equipo de infantiles;
los corrige, los exige
y les saca mil perfiles.
La pelona se apuntó
a la práctica del martes;
y en el calentamiento entró
con sus huesos por dos partes.
Lagartijas, sentadillas,
abdominales y saltos;
se le fueron las costillas
y los fémures más altos.
La juntaron los chamacos
en la bolsa de balones;
y le dieron dos abrazos
y agua de sus garrafones.
La final del torneo
Se jugaba la final
en la cancha del barrio;
empatados en igual
y sin nada de horario.
La calaca fue de árbitro
con silbato y con tarjeta;
y marcaba, medio híbrido,
lo que daba su chaqueta.
Le gritaron los dos bandos
que cobrara bien parejo;
y corrigió, titubeando,
con la pena de un espejo.
Terminó pitando bien
y anotaron el penal;
la abrazaron como a quien
cumple y no lo hace mal.
La meta
Hay quien corre por la copa
y hay quien corre por costumbre;
por sacarse aquella ropa
que le pesa como lumbre.
Don Ramiro, a los setenta,
sigue dando su vueltita;
la huesuda se lamenta
de que nunca se le quita.
Año con año lo espera
en la última recta larga;
y él le pasa por afuera
con su paso que no amarga.
Ya se hicieron muy amigos
en la vuelta del parquecito;
ella lleva los testigos
y él le lleva su aguacito.
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