Calaveritas para dentistas

El dentista es de los pocos oficios donde la gente entra con miedo y sale sonriendo. Aquí van unas calaveritas para los que dominan la fresa, el espejito y el arte de decir que no duele. Van con cariño para el consultorio y para quien se aguanta en el sillón.

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El miedo al sillón

Don Nabor no aparecía por la clínica algún día; la calaca lo empujó y en la silla lo sentó. Le sacaron el dolor con la fresa y con amor; hoy Nabor va sin temblar y hasta pide su lugar.

La fresa

Zumba y zumba la turbina en las manos de Marina; y hasta el fondo del pasillo se oye el ruido del cepillo. Llegó la muerte a curarse una muela sin quejarse; abrió tanto su quijada que se le cayó, colgada. La doctora la pegó con resina y la secó; y le dijo: -Es de por vida, no la muerda, consentida. La calaca, tan sonriente, presumía cada diente; y de tanto sonreír se olvidó de a quién seguir.

La muela del juicio

A Ramona le brotó la del juicio, y le dolió; fue corriendo con Rubén, el dentista de Belén. Se la sacó en un momento, sin dolor y sin lamento; y la muerte, que miraba, se llevó lo que sobraba.

El niño valiente

Juanito llegó temblando, la manita apretujando; la doctora, que lo veía, le contó una tontería. -Si te aguantas sin llorar te regalo este collar. Y Juanito, muy formal, se portó fenomenal. Se asomó la calaquita por la puerta, chiquitita, y Juanito la miró y ni tantito lloró. Y la huesuda se espantó de un valor que no entendió; se subió a la silla aquella y pidió turno con ella.

La sonrisa de la Catrina

La Catrina fue a Xalapa con su bolsa y con su capa, a arreglarse la sonrisa porque siempre anda de prisa. El doctor Chava Medina la sentó en su silla fina, le quitó todo el sarrito y quedó todo bonito. Se miró y le dio alegría de lo blanco que veía; tanto se enamoró de ella que dejó su lista aquella. Hoy la muerte da la mano y saluda al mexicano; pero el doctor le cobró y hasta hoy no le pagó.

El que nunca se lavaba

Don Melquiades presumía que él al dentista no iría; con su muela renegrida caminaba por la vida. Llegó la flaca a su cama con su lista y con su fama; pero al verlo bostezar se tuvo que retirar. -Ni yo aguanto ese alientito, dijo, y se alejó un poquito; -ve mañana muy temprano con el doctor Feliciano. Fue Melquiades, lo curaron, y hasta el sarro le quitaron; y hoy la muerte, muy contenta, lo visita y no lo cuenta.

Los brackets de la flaca

A la muerte le pusieron unos brackets que le dieron un aspecto muy moderno para el baile del invierno. Cada mes va a que la ajusten aunque todos se le asusten; y la doctora Pilar le regaña sin parar. -Ya no muerdas ese elote, que te rompe hasta el bigote. Y la calaca, obediente, solo come lo caliente. Ya le quitan el aparato y presume un largo rato; hoy la flaca da consulta y ella misma pone multa.

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