Calaveritas para costureras y sastres

La costurera arregla lo que ya nadie sabe arreglar, y siempre a contrarreloj, con la boda encima. Aquí van unas calaveritas para las manos que miden, cortan y rematan, y para la máquina que lleva años sin fallar. Van con cariño para el taller de costura y para la sastrería de la esquina.

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El dobladillo

Doña Cuca da puntadas en las noches ya cansadas; un dobladillo pendiente y un vestido para el veinte. Vino la muerte a llevarla y no pudo ni tocarla; la aguja se le enredó y en el hilo se quedó.

El vestido de la boda

Falta un día para la boda y el vestido no acomoda; la novia llora, angustiada, y la manga está apretada. Doña Chole, con su cinta, mide, apunta con su tinta; soltó el hilo, dio puntada, y quedó como pintada. A las cuatro y sin dormir la calaca fue a decir: -Ya descansa, costurera, deja el hilo y la tijera. Doña Chole contestó: -Falta el moño, y se acabó; y la muerte, de rodillas, le ayudó con las orillas.

La medida

-Le quedaba, hace dos años, dijo Cuca sin regaños; y le suelta la costura sin decir una amargura. La calaca fue a probarse un vestido, y a quejarse; como toda ella es un hueso, le quedó grande, por eso.

La máquina de la abuela

La Singer de doña Rosa tiene ya una edad hermosa; fue de su abuela primero y aún le cose al mundo entero. Vino la muerte a comprarla y le dijo: -Ni pensarla; esta máquina es de casa y de aquí nadie la pasa. Se sentó la muy huesuda a probar la vieja ayuda; dio al pedal, se le atoró y el manto se le enredó. Doña Rosa la salvó con tijera y la soltó; y la muerte, muy pareja, le dejó su lista vieja.

El sastre don Gonzalo

Don Gonzalo hace los trajes para bodas y homenajes; con su gis le marca el saco y le queda al gordo o flaco. Fue la muerte a encargar un buen traje pa' bailar; y el buen sastre la midió mas la cinta se rompió. Y don Gonzalo, a buen ojo, le cortó sin un enojo, y quedó tan elegante que no hay muerte más galante. Se marchó para su fiesta y bailó sin dar respuesta; y al final, por la costura, le dejó su dentadura.

Los remiendos de doña Elpidia

Doña Elpidia remendaba lo que el mundo ya tiraba; un botón, una rodilla, un bolsillo, una orilla. Vino la muerte a su puerta con la túnica entreabierta; -Mire cómo ando, señora, toda rota, y a deshora. Doña Elpidia la sentó y la manga le zurció; le puso un encaje viejo y un botón como un espejo. La calaca, tan bonita, se olvidó de su visita; hoy la ven en la avenida presumiendo su medida.

Los uniformes de agosto

Ya en agosto, en la colonia, hay costura y ceremonia; uniformes por decenas y dobladillos sin penas. Llegó la muerte con prisa por la costurera Luisa; pero estaban sin coser veinte faldas por hacer. -Espéreme usted tantito, dijo Luisa, despacito; y la muerte se sentó y hasta un ojal le bordó. Ya en septiembre terminaron y los niños estrenaron; y la muerte, en la clausura, se quedó con la costura.

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