Calaveritas para costureras y sastres
La costurera arregla lo que ya nadie sabe arreglar, y siempre a contrarreloj, con la boda encima. Aquí van unas calaveritas para las manos que miden, cortan y rematan, y para la máquina que lleva años sin fallar. Van con cariño para el taller de costura y para la sastrería de la esquina.
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El dobladillo
Doña Cuca da puntadas
en las noches ya cansadas;
un dobladillo pendiente
y un vestido para el veinte.
Vino la muerte a llevarla
y no pudo ni tocarla;
la aguja se le enredó
y en el hilo se quedó.
El vestido de la boda
Falta un día para la boda
y el vestido no acomoda;
la novia llora, angustiada,
y la manga está apretada.
Doña Chole, con su cinta,
mide, apunta con su tinta;
soltó el hilo, dio puntada,
y quedó como pintada.
A las cuatro y sin dormir
la calaca fue a decir:
-Ya descansa, costurera,
deja el hilo y la tijera.
Doña Chole contestó:
-Falta el moño, y se acabó;
y la muerte, de rodillas,
le ayudó con las orillas.
La medida
-Le quedaba, hace dos años,
dijo Cuca sin regaños;
y le suelta la costura
sin decir una amargura.
La calaca fue a probarse
un vestido, y a quejarse;
como toda ella es un hueso,
le quedó grande, por eso.
La máquina de la abuela
La Singer de doña Rosa
tiene ya una edad hermosa;
fue de su abuela primero
y aún le cose al mundo entero.
Vino la muerte a comprarla
y le dijo: -Ni pensarla;
esta máquina es de casa
y de aquí nadie la pasa.
Se sentó la muy huesuda
a probar la vieja ayuda;
dio al pedal, se le atoró
y el manto se le enredó.
Doña Rosa la salvó
con tijera y la soltó;
y la muerte, muy pareja,
le dejó su lista vieja.
El sastre don Gonzalo
Don Gonzalo hace los trajes
para bodas y homenajes;
con su gis le marca el saco
y le queda al gordo o flaco.
Fue la muerte a encargar
un buen traje pa' bailar;
y el buen sastre la midió
mas la cinta se rompió.
Y don Gonzalo, a buen ojo,
le cortó sin un enojo,
y quedó tan elegante
que no hay muerte más galante.
Se marchó para su fiesta
y bailó sin dar respuesta;
y al final, por la costura,
le dejó su dentadura.
Los remiendos de doña Elpidia
Doña Elpidia remendaba
lo que el mundo ya tiraba;
un botón, una rodilla,
un bolsillo, una orilla.
Vino la muerte a su puerta
con la túnica entreabierta;
-Mire cómo ando, señora,
toda rota, y a deshora.
Doña Elpidia la sentó
y la manga le zurció;
le puso un encaje viejo
y un botón como un espejo.
La calaca, tan bonita,
se olvidó de su visita;
hoy la ven en la avenida
presumiendo su medida.
Los uniformes de agosto
Ya en agosto, en la colonia,
hay costura y ceremonia;
uniformes por decenas
y dobladillos sin penas.
Llegó la muerte con prisa
por la costurera Luisa;
pero estaban sin coser
veinte faldas por hacer.
-Espéreme usted tantito,
dijo Luisa, despacito;
y la muerte se sentó
y hasta un ojal le bordó.
Ya en septiembre terminaron
y los niños estrenaron;
y la muerte, en la clausura,
se quedó con la costura.
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