Calaveritas para contadores
Nadie le teme tanto al calendario como quien vive del cierre de mes. Aquí la huesuda descubre que sin factura, sello y firma no se lleva a nadie. Sirven para el brindis de la oficina o para pegarlas junto al escritorio del despacho.
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Cierre de mes
Cerrando el mes de febrero
andaba el contador Blas;
llegó la flaca primero
y le dijo: -Ya no das.
Blas dijo sin voltear:
-Aguántame la cartera,
que primero he de cuadrar
la cuenta de la frutera.
Sin comprobante no hay viaje
Vino la muerte a cobrar
la vida de doña Elena;
la contadora, al mirar,
le pidió factura buena.
La calaca no traía
ni su sello ni su firma;
Elena le sonreía:
-Sin papel nadie confirma.
Don Aurelio y el SAT
Don Aurelio, contador,
de esos de calculadora,
declaraba con primor
el centavo y la demora.
Llegó la flaca al despacho
con su guadaña en la mano;
dijo: -Vengo por el gacho
que me debe desde antaño.
Aurelio abrió su carpeta
y sacó su comprobante:
-Aquí el SAT ya me sujeta,
no me cobre usted, tunante.
La muerte se puso a ver
tanto sello y tanto anexo;
se cansó de tanto ver
y se fue sin más complejo.
La declaración de Chuchita
Chuchita, la contadora,
llevaba cien clientes fieles;
trabajaba a cualquier hora
entre las cifras y papeles.
Vino la flaca en abril,
el mes más pesado y feo;
Chuchita, con su perfil,
le contestó: -No la veo.
La calaca se sentó
a esperar la primavera;
y en la espera se durmió
en su silla ratonera.
El auditor Melquiades
Melquiades, el auditor,
revisaba hasta la coma;
no se le iba ni un error
ni el centavo que se asoma.
Se le apareció la flaca
con un libro de mil hojas;
dijo: -Traigo mi matraca
y mis cuentas medio flojas.
Melquiades tomó su lupa
y encontró dos mil errores;
la calaca, que no ocupa
tanto lío, dio temblores.
-Mejor córteme la cuenta
-le rogó la muy pelona-;
Melquiades ni se calienta
y le cobró la corona.
La nómina de la Catrina
La Catrina abrió una empresa
de servicios funerarios;
y en la primera sorpresa
no cuadró con sus salarios.
Buscó a Toño, contador,
y le armó cien recibitos;
Toño le quitó el temblor
con sus números benditos.
Desde entonces la pelona
paga a tiempo su aguinaldo;
y a los muertos ya les abona
sus vacaciones y respaldo.
El cierre anual
Diciembre llegó al despacho
con su carga de trabajo;
Lupe, sin bajar el gacho,
capturó todo de un tajo.
Se apareció la huesuda
casi al filo de las diez;
y con una voz muy ruda
le gritó: -Cierra ya, pues.
Lupe le pidió un favor:
-Ayúdame a capturar;
la muerte, de buen humor,
se puso a colaborar.
Terminaron a las tres
con la panza bien vacía;
la flaca dijo: -Después,
ahorita cierro el día.
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