Calaveritas para comerciantes y tenderos
La tiendita de la esquina abre antes que el sol y cierra cuando el último vecino se acuerda de que le falta el pan. Aquí van unas calaveritas para los tenderos, los marchantes y toda la gente que vive detrás de un mostrador. Sirven para pegarlas junto a la caja o para regalarlas al cliente de siempre.
¿Ninguna te convence? Genera una calaverita personalizada con
el nombre y los detalles que tú quieras.
El fiado
En la tienda de doña Eva
hay un cuaderno que lleva
todos los nombres del fiado
de este barrio atribulado.
Llegó la muerte a cobrar
y no la dejó pasar:
-Primero paga el de enfrente,
que te debe desde el veinte.
La tiendita de la esquina
La tiendita de la esquina
abre desde la neblina;
don Alfonso ya barrió
y el refresco acomodó.
Entró la muerte de cliente
con su bolsa transparente;
pidió un kilo de tortillas
y sal, chiles y semillas.
Pero a la hora de pagar
no encontró ni un solo par
de monedas en su manto,
se acabó todo su encanto.
Don Alfonso le apuntó
en su libreta y firmó;
y la muerte, endeudadita,
no regresa a la tiendita.
La báscula
La huesuda fue hasta el mercado
a pesarse de contado;
se subió con su vestido
y no marcó ni un sonido.
Don Chema, muy divertido,
le cobró por lo servido:
-Son diez pesos la pesada,
aunque no pese usted nada.
La marchanta
-¿Qué le damos, marchantita?
grita Lupe en su casita;
-hay jitomate y cilantro,
aguacate y buen encanto.
Se paró la calaquita
a comprar su cosechita;
regateó cada peso
porque es dura como el hueso.
Doña Lupe le rebaja
y hasta un manojo le encaja;
le regala su pilón
y un tantito de limón.
Y la muerte, conmovida,
se olvidó de la partida;
y hoy va a diario a la verdura
por el trato y la dulzura.
No hay cambio
Llegó un joven apurado
con billete colorado,
a comprar un cerillito
y llevar cambio bonito.
Doña Tere lo miró
y en la caja no encontró
más que un peso y dos tostones,
tres cerillos y botones.
Se metió la muerte al ruedo
y le dijo: -Yo te puedo
dar el cambio, con la pena,
pero cobro la condena.
Doña Tere le contesta:
-Ni con eso, qué molesta;
mejor llévate el paquete
y me cambias el billete.
La tienda de enfrente
Abrió tienda don Rosendo
justo enfrente, y fue creciendo;
doña Chuy no se apuró
y su clientela cuidó.
Vino la muerte a mirar
cuál de dos iba a cerrar;
se sentó en el escalón
a esperar su comisión.
Doña Chuy le dio un café
y Rosendo un pan francés;
la calaca se hizo amiga
de las dos, y sin fatiga.
Y la muerte, tan contenta,
ya no lleva ni la cuenta;
engordó con los dos tratos
y se queda largos ratos.
El último cliente
Diez y media, ya cerrado,
la cortina ha resbalado;
pero tocan la ventana:
es un niño con su hermana.
Don Beto abre la cortina
y les da leche y harina;
y detrás viene la huesuda
con su lista puntiaguda.
-Ya vengo por ti, don Beto,
que aquí traigo tu boleto.
Pero el niño la jaló
y un dulcito le pidió.
Y la muerte le compró
dos paletas y pagó;
y en la libreta del fiado
quedó su nombre anotado.
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