Calaveritas para comerciantes y tenderos

La tiendita de la esquina abre antes que el sol y cierra cuando el último vecino se acuerda de que le falta el pan. Aquí van unas calaveritas para los tenderos, los marchantes y toda la gente que vive detrás de un mostrador. Sirven para pegarlas junto a la caja o para regalarlas al cliente de siempre.

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El fiado

En la tienda de doña Eva hay un cuaderno que lleva todos los nombres del fiado de este barrio atribulado. Llegó la muerte a cobrar y no la dejó pasar: -Primero paga el de enfrente, que te debe desde el veinte.

La tiendita de la esquina

La tiendita de la esquina abre desde la neblina; don Alfonso ya barrió y el refresco acomodó. Entró la muerte de cliente con su bolsa transparente; pidió un kilo de tortillas y sal, chiles y semillas. Pero a la hora de pagar no encontró ni un solo par de monedas en su manto, se acabó todo su encanto. Don Alfonso le apuntó en su libreta y firmó; y la muerte, endeudadita, no regresa a la tiendita.

La báscula

La huesuda fue hasta el mercado a pesarse de contado; se subió con su vestido y no marcó ni un sonido. Don Chema, muy divertido, le cobró por lo servido: -Son diez pesos la pesada, aunque no pese usted nada.

La marchanta

-¿Qué le damos, marchantita? grita Lupe en su casita; -hay jitomate y cilantro, aguacate y buen encanto. Se paró la calaquita a comprar su cosechita; regateó cada peso porque es dura como el hueso. Doña Lupe le rebaja y hasta un manojo le encaja; le regala su pilón y un tantito de limón. Y la muerte, conmovida, se olvidó de la partida; y hoy va a diario a la verdura por el trato y la dulzura.

No hay cambio

Llegó un joven apurado con billete colorado, a comprar un cerillito y llevar cambio bonito. Doña Tere lo miró y en la caja no encontró más que un peso y dos tostones, tres cerillos y botones. Se metió la muerte al ruedo y le dijo: -Yo te puedo dar el cambio, con la pena, pero cobro la condena. Doña Tere le contesta: -Ni con eso, qué molesta; mejor llévate el paquete y me cambias el billete.

La tienda de enfrente

Abrió tienda don Rosendo justo enfrente, y fue creciendo; doña Chuy no se apuró y su clientela cuidó. Vino la muerte a mirar cuál de dos iba a cerrar; se sentó en el escalón a esperar su comisión. Doña Chuy le dio un café y Rosendo un pan francés; la calaca se hizo amiga de las dos, y sin fatiga. Y la muerte, tan contenta, ya no lleva ni la cuenta; engordó con los dos tratos y se queda largos ratos.

El último cliente

Diez y media, ya cerrado, la cortina ha resbalado; pero tocan la ventana: es un niño con su hermana. Don Beto abre la cortina y les da leche y harina; y detrás viene la huesuda con su lista puntiaguda. -Ya vengo por ti, don Beto, que aquí traigo tu boleto. Pero el niño la jaló y un dulcito le pidió. Y la muerte le compró dos paletas y pagó; y en la libreta del fiado quedó su nombre anotado.

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