Calaveritas para cocineros y chefs
Se prende la estufa antes de que amanezca y se apaga cuando ya nadie tiene hambre. Aquí la Catrina llega con el pretexto del trabajo y se queda por el olor del comal. Van dedicadas a quien te da de comer y ni las gracias pide.
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el nombre y los detalles que tú quieras.
El caldo de doña Meche
Doña Meche, la fondera,
guisa con puro fogón;
y su caldo, de primera,
levanta a todo un panteón.
Vino la flaca a probar
un plato de su pozole;
se arremangó a trabajar
y a menear el rico mole.
El chef Nicolás
El chef Nicolás Pineda
flameaba con gran maestría;
vino la muerte y se queda
de su ayudante ese día.
Le enseñó a picar cebolla
sin llorar ni un lagrimón;
hoy la flaca ya no arrolla
porque cuida su sazón.
La fonda de doña Cuca
La fonda de doña Cuca
olía a puro comal;
nadie su sazón trabuca
ni aquí ni en la capital.
Llegó la flaca a comer
con hambre de mil difuntos;
pidió todo lo de ayer
y también los platos juntos.
Se comió unas enchiladas,
y un caldo de camarón;
dos tortas bien preparadas
y tamales de montón.
Ya no pudo ni pararse
de lo llena que quedó;
tuvo al fin que disculparse
y sin nadie se marchó.
El taquero don Sixto
Don Sixto, el de los taquitos,
atendía en la banqueta;
daba salsa y limoncitos
sin cobrar ni una peseta.
Llegó la muerte con prisa
y pidió cuatro al pastor;
Sixto, con clásica risa,
le echó salsa y su calor.
La calaca soltó el llanto
por lo picoso del chile;
Sixto le dijo: -No es tanto,
tómese un vaso, y desfile.
El mole de doña Trini
Se corrió por el mercado
que la flaca andaba lista;
que traía preparado
un menú de larga lista.
Doña Trini, la del mole,
no se puso ni nerviosa;
dijo: -Que venga y controle
el hambre, que es peligrosa.
Puso el metate a moler
chile, cacao y canela;
la muerte quiso comer
y se formó en la cazuela.
Se sirvió con tortillita
y su arroz de acompañante;
se olvidó de la listita
y se fue con buen talante.
La panadera Amparo
Amparo, la panadera,
horneaba desde temprano;
su conchita de primera
se vendía hasta en verano.
Vino la muerte a la tienda
a pedir pan de la ofrenda;
Amparo le dio un bolillo
y un café en jarro sencillo.
La calaca mojó el pan
en el jarro que quedó;
y se olvidó del afán
con que al pueblo se acercó.
El concurso de sazón
Hubo un concurso en la plaza
pa' ver quién guisa mejor;
cada quien trajo su traza
y su cazo de calor.
Se apuntó también la flaca
con un caldo de ceniza;
nadie quiso su matraca
ni el olor que daba risa.
Ganó doña Soledad
con su tinga de la casa;
la muerte, de la verdad,
repitió toda la masa.
Como premio se llevó
la receta y el sazón;
a la cocinera no,
que hace falta en el fogón.
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