Calaveritas para cocineros y chefs

Se prende la estufa antes de que amanezca y se apaga cuando ya nadie tiene hambre. Aquí la Catrina llega con el pretexto del trabajo y se queda por el olor del comal. Van dedicadas a quien te da de comer y ni las gracias pide.

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El caldo de doña Meche

Doña Meche, la fondera, guisa con puro fogón; y su caldo, de primera, levanta a todo un panteón. Vino la flaca a probar un plato de su pozole; se arremangó a trabajar y a menear el rico mole.

El chef Nicolás

El chef Nicolás Pineda flameaba con gran maestría; vino la muerte y se queda de su ayudante ese día. Le enseñó a picar cebolla sin llorar ni un lagrimón; hoy la flaca ya no arrolla porque cuida su sazón.

La fonda de doña Cuca

La fonda de doña Cuca olía a puro comal; nadie su sazón trabuca ni aquí ni en la capital. Llegó la flaca a comer con hambre de mil difuntos; pidió todo lo de ayer y también los platos juntos. Se comió unas enchiladas, y un caldo de camarón; dos tortas bien preparadas y tamales de montón. Ya no pudo ni pararse de lo llena que quedó; tuvo al fin que disculparse y sin nadie se marchó.

El taquero don Sixto

Don Sixto, el de los taquitos, atendía en la banqueta; daba salsa y limoncitos sin cobrar ni una peseta. Llegó la muerte con prisa y pidió cuatro al pastor; Sixto, con clásica risa, le echó salsa y su calor. La calaca soltó el llanto por lo picoso del chile; Sixto le dijo: -No es tanto, tómese un vaso, y desfile.

El mole de doña Trini

Se corrió por el mercado que la flaca andaba lista; que traía preparado un menú de larga lista. Doña Trini, la del mole, no se puso ni nerviosa; dijo: -Que venga y controle el hambre, que es peligrosa. Puso el metate a moler chile, cacao y canela; la muerte quiso comer y se formó en la cazuela. Se sirvió con tortillita y su arroz de acompañante; se olvidó de la listita y se fue con buen talante.

La panadera Amparo

Amparo, la panadera, horneaba desde temprano; su conchita de primera se vendía hasta en verano. Vino la muerte a la tienda a pedir pan de la ofrenda; Amparo le dio un bolillo y un café en jarro sencillo. La calaca mojó el pan en el jarro que quedó; y se olvidó del afán con que al pueblo se acercó.

El concurso de sazón

Hubo un concurso en la plaza pa' ver quién guisa mejor; cada quien trajo su traza y su cazo de calor. Se apuntó también la flaca con un caldo de ceniza; nadie quiso su matraca ni el olor que daba risa. Ganó doña Soledad con su tinga de la casa; la muerte, de la verdad, repitió toda la masa. Como premio se llevó la receta y el sazón; a la cocinera no, que hace falta en el fogón.

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