Calaveritas para carteros y repartidores de correo

El cartero se sabe la colonia de memoria: los nombres, los timbres y hasta cuál perro sale primero. Aquí van unas calaveritas para los que caminan la ruta llueva o truene y entregan lo que a veces tardó años en llegar. Van con cariño para el que toca la puerta y deja buenas noticias.

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La ruta

Don Silvano va en su ruta sin descanso ni disputa; lleva cartas, lleva avisos y unos cuantos compromisos. La calaca lo siguió y a la vuelta lo perdió; que el cartero, en su jornada, no se para casi en nada.

El perro de la esquina

En la casa del rincón hay un perro sin razón; persiguió a don Nicolás y no lo deja jamás. Fue la muerte a defenderlo y hasta el can quiso comerlo; le arrancó todo el vestido y un huesito consentido. Y la calaca, sin hueso, le rogaba: -Ya suelta eso; y el cartero, muy amable, lo llamó, y el can fue amable. Le entregó su tibia entera y quedaron de manera que el cartero pasa en paz y la muerte, por detrás.

La carta perdida

Una carta de Sonora anduvo perdida una hora; diez inviernos en cajón y por fin llegó al buzón. La leyó doña Ramona y soltó una lagrimona; y la flaca, paradita, lloró un poco, una tantita.

La lluvia en la ruta

Se soltó ya el aguacero y no había ni un sombrero; don Trini tapó el correo con su cuerpo, sin rodeo. Llegó al portón empapado y entregó todo sellado; ni una carta se mojó aunque el pobre se enfermó. Lo esperaba la calaca con su té y con su petaca; -Ya te vi, ya te enfermaste, ya con esto te acabaste. Don Trini tomó su té y le convidó café; y otro día ya salió con su bolsa, y se curó.

El repartidor de paquetes

Toca el timbre don Joaquín con paquetes hasta el fin; sube y baja los seis pisos con sus cajas y permisos. La calaca lo alcanzó y en el cuarto piso habló: -Ya descansa, ven pa'cá, que este edificio no da. Don Joaquín le dio un paquete y le dijo: -Firme el siete; la calaca no sabía y en la firma se perdía. Mientras tanto, don Joaquín ya acabó, y se fue al jardín; y la muerte, con la pluma, se quedó firmando, en suma.

El cartero del pueblo

Don Vicente, ya con canas, reparte por las mañanas; se sabe todos los nombres y las penas de los hombres. Cuando llega alguna carta de algún hijo que se aparta, la entrega en su propia mano y se queda un rato, ufano. Fue la muerte a su ventana un domingo, de mañana; -Ya descansa, buen Vicente, deja el bolso finalmente. Don Vicente, con su calma, le contesta y no se alarma: -Falta un sobre por llevar y una abuela por besar.

El buzón de noviembre

En noviembre, en el correo, hay un buzón grande y feo donde dejan las postales que se mandan los mortales. Don Andrés las va juntando y en la noche va rezando; las coloca en el altar con un pan y su cantar. Llegó la muerte a leerlas y no supo ni entenderlas; tanto cariño en papel que lloró sobre el clavel. Se llevó nomás las flores y dejó los sinsabores; y le dijo a don Andrés: -Sigue tú, que yo después.

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