Calaveritas para cajeras y cajeros
La fila que no baja, el código que no pasa y el cliente que quiere pagar con billete de mil. Aquí la Catrina se forma como todos y descubre que la caja tiene sus reglas. Van con cariño para quienes cobran de pie toda la jornada y todavía sonríen.
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La fila
La huesuda se formó
en la caja de Mariana;
y la fila la alcanzó
hasta la semana siguiente, muy ufana.
El código rebelde
Pasaba Karla el escáner
y el chayote no marcaba;
lo intentó como diez veces
y la máquina callaba.
Llegó la muerte impaciente
reclamando su lugar;
y se fue definitivamente
sin poder ni preguntar.
Doña Chelo y el cambio
Doña Chelo en la registradora
lleva veinte años cobrando;
sabe el precio a cualquier hora
y el cambio va calculando.
Llegó la flaca a pagar
con un billete de mil;
quería ver si iba a fallar
la cuenta de aquel perfil.
Doña Chelo, sin papel,
le soltó los mil trescientos;
de memoria y muy fiel,
sin dudarlo ni un momento.
La calaca, boquiabierta,
guardó todo en su morral;
y salió por esa puerta
diciendo: -Eres genial.
La quincena
Llegó el quince y la tormenta
de carritos hasta el fondo;
y la tienda se calienta
como caldo en el redondo.
Se formó la Catrinita
con dos sopas y un jabón;
y esperó su cajerita
en la línea del rincón.
Dos horas hizo la pobre
entre gritos y bebés;
y al llegar, no le dio cobre,
nomás dijo: -Otra vez.
Se llevó nomás la cuenta
y se fue medio mareada;
reconoció, muy contenta,
que esa chamba es aguantada.
El cajero Cuau
Cuauhtémoc en su cajita
saludaba a cada quien;
con su risa muy bonita
y su -Buenas tardes, bien.
Entró la muerte con prisa
escondiendo su guadaña;
él le regaló sonrisa
y le preguntó por la maña.
La flaca se destanteó
con tantita cortesía;
su discurso se olvidó
y le dio los buenos días.
Hoy va cada fin de mes
nomás para saludarlo;
y se lleva, alguna vez,
un chicle y ganas de hablarlo.
Se cayó el sistema
Se cayó todo el sistema
un domingo por la tarde;
y se armó la mera crema
con la fila que ya arde.
La pelona, en su terminal,
no podía ni cobrar;
se le trabó el arsenal
y no supo qué apretar.
Gabriela sacó libreta,
lápiz, calculadora;
y cobró con su receta
como en tiempos de la abuela.
La calaca aplaudió el modo
de salvar aquel desastre;
y dijo: -Aquí sabes todo,
yo mejor busco otro engarce.
Cierre de caja
A las diez cierran la tienda
y se cuadran los billetes;
cada peso en su contienda,
cada arqueo y sus paquetes.
Llegó la flaca a contar
y le sobró un tostón;
se lo quiso ella quedar
como pago a su misión.
Marisol la descubrió
revisando bien el corte;
y sin bronca le pidió
que cuadrara aquel reporte.
Devolvió la muerte el peso
con la risa colorada;
y se fue diciendo eso
de -Con ellas, nada, nada.
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