Calaveritas literarias de 4 estrofas

Todas las calaveritas de esta página tienen exactamente cuatro estrofas de cuatro versos, la medida clásica para declamar sin quedarse corto ni cansar al público. Cada una presenta al personaje, lo mete en aprietos con la Catrina y cierra con un remate gracioso, siempre en versos octosílabos y rima consonante. Úsalas tal cual para la tarea o cámbiales el nombre y el oficio para dedicárselas a quien tú quieras.

¿Ninguna te convence? Genera una calaverita personalizada con el nombre y los detalles que tú quieras.

Don Ramón, el velador

Cuidaba don Ramón la bodega cada noche; con su termo y su sillón vigilaba sin reproche. Una noche, en el portón, escuchó un ruido extraño; se levantó del sillón con su lámpara y su paño. Era la flaca elegante con su lista y su cerrojo: "Don Ramón, desde este instante, ya no cuida ni un manojo". Don Ramón, muy tranquilo, le ofreció un cafecito; la calaca perdió el hilo y se quedó otro ratito.

El mole de la tía Chayo

La tía Chayo hacía un mole que curaba la tristeza; no había quien lo controle ni quien coma con pereza. Llegó la muerte a la fiesta con dos platos en la mano; se formó sin dar respuesta y comió como un cristiano. Repitió como seis veces y pidió para llevar; dijo: "Chayo, tú mereces muchos años de amasar". Por eso la tía Chayo sigue viva y cocinando; y en su patio, cada mayo, la calaca anda esperando.

Damián, el delantero

Damián era delantero del equipo de la esquina; corría como el primero y fallaba con rutina. Llegó la flaca al partido de portera del rival; nada le pasó al tejido de su red, ni un buen penal. Damián tiró veinte veces y ninguna le acertó; la calaca, con sus creces, a la banca lo mandó. Hoy Damián ya no dispara, mejor se hizo portero; y la flaca, cara a cara, lo respeta por entero.

La abuela Petra y su tejido

La abuela Petra tenía noventa y nueve febreros; tejía de noche y de día chambritas y sombreros. Vino la muerte a buscarla con la lista en el bolsillo; y en lugar de levantarla se sentó en su banquillo. Petra le enseñó a tejer un rebozo de colores; la calaca, sin querer, se olvidó de sus labores. Cuando el gallo ya cantaba, la Catrina se marchó; Petra, que ya bostezaba, cien febreros alcanzó.

Cirilo, el bombero

El bombero don Cirilo salvaba a medio poblado; trepaba por cualquier hilo sin cobrar ni un mal bocado. Una noche, entre las llamas, vio a una dama muy delgada que gritaba entre las camas con la ropa chamuscada. La cargó con mucha prisa y la puso en la cornisa; al mirarla con cuidado vio un esqueleto asustado. "Me salvaste, buen Cirilo -dijo la muerte apenada-; por tu hazaña y por tu estilo hoy no te me llevo nada".

Yolanda, la de la caja

En la tienda de la esquina cobraba doña Yolanda; se sabía de rutina el costo de cada tanda. Llegó la flaca a pagar con billete de mil pesos; Yolanda, sin titubear, le cobró hasta los huesos. La Catrina se quedó sin un peso en la cartera; por la risa que le dio no cobró la vida entera. Hoy Yolanda sigue ahí, cobrando con eficiencia; y la flaca, desde allí, le respeta la existencia.

Aureliano, el poeta

Escribía Aureliano versos para su ciudad; con la pluma en la mano cantaba a la libertad. Le escribió a la Catrina un soneto muy sentido; le rimó hasta la esquina de su rostro consumido. La flaca, enamorada de sus versos y su acento, lo invitó a la enramada del panteón, con gran contento. Ahí se quedó el poeta recitando cada día; y la muerte, muy discreta, le aplaude con alegría.

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