Calaveritas literarias creativas y originales

La muerte no siempre llega con guadaña y silencio. A veces se mete al gimnasio, pide un aventón en la carretera o se queda atorada en la fila del banco como cualquier cristiano. Estas calaveritas están escritas con esa idea: sacar a la Catrina de su papel de siempre y ponerla en situaciones donde el chiste sale solo, sin perder la rima ni el ritmo de ocho sílabas.

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La muerte va al gimnasio

La huesuda entró al gimnasio con mallones y sudadera, muy tranquila, muy despacio, y sin nada de cadera. Le pidió al entrenador una rutina completa; él le dijo, con temor: -Usted ya llegó a la meta. Levantó una pesa entera, se colgó de la escalera, y al mirarse en el espejo se encontró el mismo pellejo. -Ni modo -dijo la flaca-, voy a hacerme una matraca; si no puedo estar más fuerte, que me aplauda hasta la muerte.

Aventón en la carretera

En la carretera oscura, con su bolsa y su montura, la calaca hizo la seña con su mano ya pequeña. Se paró un camión de carga, con la caja media larga, y el chofer, medio dormido, no notó al recién subido. Platicaron de la vida, de la lluvia y la comida, y al llegar a la caseta la calaca abrió maleta. -Aquí bajo, muchas gracias, no te cobro las desgracias; por buen trato y buen camino te aplazo yo tu destino.

La huesuda estrena celular

La huesuda, muy moderna, estrenó su celular; lo prendió con mano tierna y se puso a preguntar. -¿Dónde aprieto para hablar? -¿Cómo mando un corazón? Y sin nadie preguntar se metió a la aplicación. Puso foto de perfil, su sonrisa más gentil, y le llovió, de repente, un montón de nueva gente. Se volvió tan popular, tan amiga del hablar, que olvidó su cometido y nos dio un año corrido.

La Catrina en el estadio

La Catrina fue al estadio con bufanda y con tambora, se sentó, sin ningún radio, en la grada gritadora. Al portero le decía: -Ya te tengo bien fichado; si te anotan, ese día te me vienes de contado. Se anotaron cuatro goles, y tragó de sus frijoles, pero al ver la portería se quedó por la alegría. Al final, ya de salida, la Catrina se anotó en la porra consentida y hasta abono se compró.

Fila en el banco

La flaca llegó temprano a la fila de aquel banco, con su número en la mano y el semblante medio blanco. Pasó un rato, pasó un año, pasó el sol por la ventana; nadie vio nada de extraño: era fila mexicana. Cuando al fin la recibieron, sus papeles le pidieron, y ella dijo: -No los traje, se quedaron en el viaje. El cajero, muy sereno, le mandó sacar su turno; y la flaca, sin veneno, se quedó al turno nocturno.

Consulta en el dentista

La huesuda fue al dentista a arreglarse la sonrisa; se formó como turista y esperó, muerta de risa. El doctor la revisó, le contó pieza por pieza, y al final le confesó: -Tiene usted una belleza. -Treinta y dos, todas completas, blancas, firmes y perfectas; me le pongo un aparato y le cobro muy barato. La huesuda se rio tanto, que tiró todo el encanto; y al doctor, por ser tan fino, lo borró de su destino.

Pedido a domicilio

La muerte pidió comida con la aplicación prendida; quiso tacos de canasta, salsa verde y una pasta. El repartidor llegó, tocó el timbre y esperó; y salió un buen esqueleto con la propina en secreto. El muchacho, ni tembló, le entregó la bolsa entera; la calaca preguntó: -¿No te asusto ni siquiera? -Yo le gano a su guadaña con mi moto y con mi maña; usted tarda una semana, yo le llego en la mañana.

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