Calaveritas literarias creativas y originales
La muerte no siempre llega con guadaña y silencio. A veces se mete al gimnasio, pide un aventón en la carretera o se queda atorada en la fila del banco como cualquier cristiano. Estas calaveritas están escritas con esa idea: sacar a la Catrina de su papel de siempre y ponerla en situaciones donde el chiste sale solo, sin perder la rima ni el ritmo de ocho sílabas.
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La muerte va al gimnasio
La huesuda entró al gimnasio
con mallones y sudadera,
muy tranquila, muy despacio,
y sin nada de cadera.
Le pidió al entrenador
una rutina completa;
él le dijo, con temor:
-Usted ya llegó a la meta.
Levantó una pesa entera,
se colgó de la escalera,
y al mirarse en el espejo
se encontró el mismo pellejo.
-Ni modo -dijo la flaca-,
voy a hacerme una matraca;
si no puedo estar más fuerte,
que me aplauda hasta la muerte.
Aventón en la carretera
En la carretera oscura,
con su bolsa y su montura,
la calaca hizo la seña
con su mano ya pequeña.
Se paró un camión de carga,
con la caja media larga,
y el chofer, medio dormido,
no notó al recién subido.
Platicaron de la vida,
de la lluvia y la comida,
y al llegar a la caseta
la calaca abrió maleta.
-Aquí bajo, muchas gracias,
no te cobro las desgracias;
por buen trato y buen camino
te aplazo yo tu destino.
La huesuda estrena celular
La huesuda, muy moderna,
estrenó su celular;
lo prendió con mano tierna
y se puso a preguntar.
-¿Dónde aprieto para hablar?
-¿Cómo mando un corazón?
Y sin nadie preguntar
se metió a la aplicación.
Puso foto de perfil,
su sonrisa más gentil,
y le llovió, de repente,
un montón de nueva gente.
Se volvió tan popular,
tan amiga del hablar,
que olvidó su cometido
y nos dio un año corrido.
La Catrina en el estadio
La Catrina fue al estadio
con bufanda y con tambora,
se sentó, sin ningún radio,
en la grada gritadora.
Al portero le decía:
-Ya te tengo bien fichado;
si te anotan, ese día
te me vienes de contado.
Se anotaron cuatro goles,
y tragó de sus frijoles,
pero al ver la portería
se quedó por la alegría.
Al final, ya de salida,
la Catrina se anotó
en la porra consentida
y hasta abono se compró.
Fila en el banco
La flaca llegó temprano
a la fila de aquel banco,
con su número en la mano
y el semblante medio blanco.
Pasó un rato, pasó un año,
pasó el sol por la ventana;
nadie vio nada de extraño:
era fila mexicana.
Cuando al fin la recibieron,
sus papeles le pidieron,
y ella dijo: -No los traje,
se quedaron en el viaje.
El cajero, muy sereno,
le mandó sacar su turno;
y la flaca, sin veneno,
se quedó al turno nocturno.
Consulta en el dentista
La huesuda fue al dentista
a arreglarse la sonrisa;
se formó como turista
y esperó, muerta de risa.
El doctor la revisó,
le contó pieza por pieza,
y al final le confesó:
-Tiene usted una belleza.
-Treinta y dos, todas completas,
blancas, firmes y perfectas;
me le pongo un aparato
y le cobro muy barato.
La huesuda se rio tanto,
que tiró todo el encanto;
y al doctor, por ser tan fino,
lo borró de su destino.
Pedido a domicilio
La muerte pidió comida
con la aplicación prendida;
quiso tacos de canasta,
salsa verde y una pasta.
El repartidor llegó,
tocó el timbre y esperó;
y salió un buen esqueleto
con la propina en secreto.
El muchacho, ni tembló,
le entregó la bolsa entera;
la calaca preguntó:
-¿No te asusto ni siquiera?
-Yo le gano a su guadaña
con mi moto y con mi maña;
usted tarda una semana,
yo le llego en la mañana.
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