Calaveritas mexicanas tradicionales
La calaverita mexicana tradicional huele a mercado, a fonda de barrio y a plaza con mariachi: en ella la Muerte regatea, pide fiado, baila jarabe y se forma en la fila del tamalero. Estos poemas originales retratan a los personajes de pueblo que sostienen la fiesta, con el humor cariñoso que caracteriza al Día de Muertos. Son ideales para compartir en reuniones familiares o para ilustrar la tradición en cualquier evento cultural.
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La marchanta del mercado
Doña Cuca, la marchanta,
vende chiles y cilantro;
con su voz que se levanta
pregonaba con su canto.
Vino la flaca a comprar
un manojo de epazote;
le quiso regatear
hasta el último camote.
Doña Cuca, muy templada,
le contestó: -No, mi vida;
aquí nadie se lleva nada
sin pagar a la salida.-
La Catrina pagó al contado
con monedas del panteón;
hoy le fían de buen grado
su recaudo y su montón.
El mariachi de la plaza
En la plaza principal
el mariachi se lució;
con su trompeta genial
hasta a la Muerte movió.
Se levantó la huesuda
con su rebozo de flecos;
bailó como nadie duda
y espantó hasta los ecos.
Pidió «El son de la Negra»
y bailó con don Manuel;
la plaza entera se alegra
con la Muerte y con él.
A las tres de la mañana
se llevó al trompetista;
hoy en la gloria mexicana
hay mariachi con vista.
La fonda de doña Tere
En la fonda de la esquina
doña Tere da comida:
sopa aguada, mole y tina
de agua fresca bien servida.
Se sentó la calavera
a pedir el menú entero;
se comió la olla vaquera
y el guisado del puchero.
-Me la apunta en la libreta
-dijo la Muerte al pagar-;
doña Tere, muy discreta,
le dijo: -Aquí no hay fiar.-
Lavó platos la huesuda
hasta el mero amanecer;
hoy es socia, sin más duda,
de la fonda y su quehacer.
El barrendero del kiosco
Don Toribio, barrendero,
barre el kiosco del jardín;
lo saluda el pueblo entero
desde el alba hasta el confín.
Se le apareció la flaca
entre hojas de mezquite:
-Don Toribio, ya se acaba
su jornada, no lo evite.-
-Deje al menos que termine
esta esquina del portal;
no quiero que se examine
mi trabajo por lo mal.-
Barrieron los dos juntitos
la plaza y el corredor;
hoy el kiosco, muy bonito,
brilla en puro resplandor.
La quinceañera del pueblo
Cumplió quince Maribel
con vestido de organdí;
la ilusión de todo aquel
que la vio bailar ahí.
Llegó la Muerte de invitada
con su chal y su abanico;
se coló, sin ser llamada,
al vals del padrino rico.
Bailó con el chambelán,
se comió todo el pastel;
se llevó, con mucho afán,
la corona de papel.
Maribel siguió la fiesta
hasta el sol de la mañana;
y la flaca, ya dispuesta,
se durmió en la ventana.
El carro tamalero
Con su grito nocturnal
pasa el carro tamalero;
se formó, muy puntual,
la Catrina de sombrero.
-Deme doce de mole verde,
seis de dulce y de rajas;
y un atole, no se pierde,
con canela en las migajas.-
Se acabó toda la olla
la huesuda tragoncita;
y dejó, sobre la argolla,
una flor amarillita.
Hoy el carro tamalero
va escoltado por la Muerte;
y su grito, tan certero,
le da a todo el barrio suerte.
La fiesta patronal
En la fiesta patronal
hubo cohetes y torito;
bajó la Muerte al portal
a bailar con don Panchito.
Se echó un jarabe zapateado
con guaraches de mezquite;
y en el brinco más pesado
se rompió, ¡qué desquite!
Se juntaron sus huesitos
los muchachos del lugar;
la pegaron con clavitos
y la echaron a bailar.
Ahora vuelve cada año
a la feria del santito;
y se lleva, sin engaño,
puro amor y un tequilito.
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