Calaveritas literarias largas

Estas calaveritas literarias largas cuentan una historia completa: un personaje con oficio y manías, la llegada de la Catrina y un desenlace en el que la flaca se lo lleva o decide perdonarlo. Cada una tiene entre seis y siete estrofas de versos octosílabos con rima consonante, así que funcionan muy bien para declamar en un concurso escolar o leer frente al altar. Tómalas como están o cámbiale el nombre y el oficio al protagonista.

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Nicolás, el cartero de Jalisco

En un pueblo de Jalisco vivía un cartero arisco; Nicolás, que era muy fiel, repartía sin cuartel. Cargaba cartas de amores, telegramas y recibos, noticias de mil dolores y saludos de los vivos. Un noviembre, de mañana, le tocaron el portón: era una flaca galana con sombrero y con listón. "Vengo por ti, Nicolás -le dijo la calavera-, ya no repartes jamás, tu ruta es la que me espera". Él le dijo: "Doña muerte, antes déjeme acabar: traigo una carta muy fuerte que a una viuda he de entregar". La Catrina, conmovida, lo dejó ir a cumplir; y al volver, agradecida, le dio un año más de vivir. Hoy Nicolás, sin apuro, reparte con emoción; y le manda, de seguro, a la flaca una canción.

Doña Inés y la lista temida

En la escuela del Carmelo daba clases doña Inés; enseñaba con desvelo desde el uno hasta el diez. Tenía una lista temida donde anotaba a los flojos; la sacaba, decidida, y a todos les daba enojos. Una tarde, ya cansada, se sentó a calificar; sintió un frío en la mirada y escuchó a alguien tocar. Era la flaca, elegante, con su lista y con su pluma: "Doña Inés, desde este instante, te me apuntas en mi suma". "Espere -dijo la maestra-, tengo exámenes pendientes; si me lleva de esta muestra, reprobarán mis valientes". La calaca, conmovida, recordó su propia infancia; le regaló media vida y se fue con elegancia.

Genaro, el pescador de Veracruz

En el puerto de Veracruz pescaba el viejo Genaro; salía apenas con la luz y volvía con lo caro. Cuarenta años en su lancha peleando con el temporal; tenía la espalda ancha y la mano de metal. Una noche, en alta mar, se subió a la barquilla la Catrina, sin hablar, con rebozo y con mantilla. "Genaro -le dijo suave-, ya pagaste con el mar; suelta el remo, que ya sabe tu barquita regresar". Don Genaro le rogó: "Deme un sol, nada más"; la Catrina lo pensó y le dijo: "Lo tendrás". Vio salir el sol dorado sobre el agua de Alvarado; sonrió, soltó el timón y se fue sin más razón. Cuentan que en el malecón, cuando el cielo se hace rojo, pasa un barco sin timón con dos sombras y un antojo.

El doctor Salvador

En la clínica del pueblo trabajaba Salvador; atendía con desvelo a cualquiera y su dolor. Nunca cobraba de más, ni le negaba a un vecino; en su bata iba la paz y su premio, el buen camino. Un domingo, en el pasillo, se sentó a tomar café; llegó un paciente sencillo con sombrero y sin un pie. Era la muerte en persona, con su bata de hospital: "Doctor, deme una corona, que me siento muy mortal". Salvador la revisó sin hallarle ni fractura; "Usted vive", le informó, "su salud está segura". La Catrina, agradecida, le extendió su mano fría: "Ya curaste tanta vida, hoy te toca la alegría". Se lo llevó de la mano por la calle de las flores; y en el pueblo, año con año, le ponen sus mil colores.

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