Calaveritas literarias para Verónica
Verónica lleva un nombre largo y en la casa se vuelve Vero en un segundo. La huesuda ha intentado llevársela del consultorio, del tianguis y hasta de la junta de la tanda, y siempre acaba pagando lo que debe. Aquí van calaveritas para las Verónicas que ponen orden donde pisan.
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Vero y su compás
Vero saca su compás
para el círculo perfecto;
lo repite una vez más
hasta que le sale recto.
Se asomó una calaquita
por la orilla del cuaderno;
pidió ayuda, muy solita,
con un gesto medio tierno.
Vero le enseñó a sumar,
con canicas y frijoles;
la calaca, al terminar,
ya contaba caracoles.
Se fue tan agradecida
que dejó una calavera
de azúcar, recién salida,
en la banca delantera.
Vero, mi hermana mayor
Vero es mi hermana mayor,
la que cura mi dolor;
me peinaba pa la escuela
y me hacía la canela.
Llegó la flaca a la puerta,
con la lista ya bien cierta;
Vero le sirvió un tamal
y le preguntó qué tal.
La huesuda se sentó,
y de tanto que lloró,
se olvidó de su encomienda
y se quedó de merienda.
Cuando Vero se despida,
no habrá pena ni caída;
irá al frente, muy valiente,
con la flaca de pariente.
Vero, la contadora
Vero saca las facturas
y le cuadra hasta el centavo;
no perdona travesuras
ni al patrón, ni al que es más bravo.
Llegó la muerte a auditar
con carpetas y con sellos;
y a Vero quiso llevar
por deudas de sus abuelos.
Vero revisó el papel,
le encontró un error de resta;
le marcó con su pincel
cada cuenta mal compuesta.
La flaca salió sudando
a arreglar sus expedientes;
y ahí sigue, batallando,
con la lista de pendientes.
Vero, la veterinaria
Vero cura a los perritos
y a los gatos descuidados;
les regala unos mimitos
y los deja vacunados.
Fue la flaca con su perro,
un cuiji medio pelón;
lo cargaba como un cerro
envuelto en su cobijón.
Vero lo desparasita,
le da croqueta y cariño;
y el perrito resucita
y le brinca como niño.
La calaca lloró un rato,
y pagó con puros huesos;
hoy le cuida cada gato
y le espanta a los traviesos.
Vero y la tanda del barrio
Vero organiza la tanda
de la cuadra y la oficina;
cobra el lunes, nadie manda
más que Vero en esa esquina.
La huesuda entró a la lista
y pidió su numerito;
se llevó, como turista,
todo el bote completito.
Pero luego no pagaba,
se escondía cada mes;
Vero nunca se cansaba,
la buscaba del revés.
La alcanzó en el camposanto,
con recibo y con testigo;
y la muerte, con espanto,
le pidió seguir de amigo.
Vero, la del tianguis
Vero vende ropa usada
los domingos en la calle;
la tiene bien apilada
pa que a todos les dé talle.
Llegó la flaca a probarse
un vestido de color;
nada quiso acomodarse
por su talla, la peor.
Vero sacó su costura,
le ajustó por la cadera;
le fajó bien la cintura
y le entró de otra manera.
Salió la muerte de estreno,
presumiendo en el andén;
hoy le aparta lo más bueno
y le paga bien también.
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