Calaveritas literarias para Vanessa

Hay Vanessas que le sacan la vuelta a la muerte con puro modo y buen humor. Estas calaveritas están hechas para dedicarle en la ofrenda, en la escuela o en la reunión con los amigos.

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Vanessa y su frijolito

Vanessa siembra un frijol en su vaso de algodón; lo pone al lado del sol y lo cuida con razón. Se paró una calaquita a mirar cómo crecía: -Yo no tengo ni una agüita, ni un solcito para el día. Vanessa le dio un frijol, un vasito con su agüita, y un pedazo de aquel sol que entra por la ventanita. A los días, la plantita le brotó de par en par, y la flaca, tan bonita, se olvidó de trabajar.

Vanessa, mi hija querida

Vanessa, mi hija querida, pedacito de mi historia, la que alegra mi comida con su risa y su memoria. Si la Catrina viniera a rondarte a medianoche, yo saldría a la escalera a pararle bien el coche. Le daría del guisado que te hago cada domingo, y un café recién colado con su pan y su respingo. Y mientras se sirve el plato y se limpia la quijada, tú te quedas otro rato y no pierdes ni pisada.

Vanessa la arquitecta

Vanessa dibuja casas con ventanas de color; mide muros, mide trazas y les busca lo mejor. Fue la flaca a su despacho con un plano mal doblado: -Quiero un techo y no un cacho para el muerto arrinconado. Vanessa trazó el proyecto con jardín y con portal, todo bien puesto y correcto, con su cruz y su fanal. Le gustó tanto a la flaca que se quiso ir a vivir, y por eso no se saca ni las ganas de salir.

La doctora Vanessa

Vanessa pasa consulta de las ocho hasta las diez; nada malo se le oculta ni la gripa de esta vez. Llegó la flaca a la cita con la tos de mil inviernos: -Traigo el alma muy marchita y los huesos bien enfermos. Le revisó la garganta, el oído y el pulmón, y le dijo: -Nada espanta, solo falta corazón. Le recetó unas gotitas, caldo, sueño y compañía; y hoy la flaca, entre visitas, cura más de lo que hacía.

Vanessa la bailarina

Vanessa baila en escena con sus zapatillas rosas; gira y salta por la arena y hace mil y dos mil cosas. La Catrina fue al ensayo con tutú y con listón: -Yo me apunto para mayo y me llevo a la función. Vanessa le dio las puntas, la postura y el compás; le enseñó las cinco juntas y a girar sin ir de más. Dio la flaca treinta vueltas y quedó descoyuntada, con las tibias tan revueltas que se fue sin llevar nada.

Vanessa la del café

Vanessa sirve el café en la barra de la esquina; lo prepara, no sé qué, con canela y crema fina. Llegó la muerte a pedir un cafecito cargado: -Que me ayude a resistir este turno tan pesado. Vanessa hizo un capuchino con espuma y con dibujo, con canela y polvo fino, y lo entregó con su lujo. Le gustó tanto el sabor que pidió la taza doble, y le entró tanto temblor que ya no atrapa ni un roble.

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