Calaveritas literarias para Tadeo

Tadeo es de esos nombres que suenan a travesura y a buena suerte, y aquí se le lucen con verso y con risa. Estas calaveritas están hechas para el altar, para el salón de clases o para leerlas en voz alta el dos de noviembre.

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Tadeo y sus colores

Tadeo llega con ganas a la clase de pintura; pinta soles y campanas con muchísima soltura. Vino la muerte a mirar lo que estaba dibujando, y se puso a preguntar cómo iba coloreando. Tadeo le dio un pincel y acuarelas de colores; y la calaca, muy fiel, se pintó unas lindas flores. La calaca, muy ufana, se llevó aquella acuarela; y volverá la semana que haya clases en la escuela.

Tadeo, sol de la casa

Tadeo, sol de la casa, retoñito de mi rama, todo el día se me pasa viendo cómo el mundo te ama. Si la flaca se te acerca con su paso de papel, le echo el perro y una cerca y un candado y un cordel. Si te busca en el camino cuando ya se ponga el sol, dile que no es tu destino caminar tras su farol. Que te lleve muy anciano, con bastón y con sombrero; y que yo te dé la mano y te espere el mundo entero.

Tadeo, el de la brocha

Tadeo pinta paredes con su brocha y su escalera; cubre manchas y hasta redes de un jalón y a la primera. La Catrina le pidió que pintara su portón: -De morado, me gustó, y con flores de cartón. Tadeo mezcló el color con aceite y mucha cal, y le dio, con gran primor, tres manitas al portal. Se recargó la Catrina en la puerta, sin fijarse; quedó pinta, y hoy camina de morado, sin quitarse.

El zapatero Tadeo

Tadeo arregla zapatos con clavitos y con hilo; y los deja tan baratos y con mucho buen estilo. Llegó la muerte descalza con los huesos a montones: -Ni un huarache que me calza, y ya traigo mil raspones. Tadeo midió su planta y le cosió unos botines de charol, con una manta, con agujetas carmines. Le quedaron tan bonitos que salió a lucir el paso; y olvidó sus difuntitos y a Tadeo, por si acaso.

Los elotes de Tadeo

Con su carro, don Tadeo vende elotes con limón; no hay esquina, ya lo veo, sin su grito y su sazón. Se paró la flaca al lado con su lista y con antojo: -Póngame uno bien untado, con su queso y chile rojo. Tadeo le echó picoso, mayonesa a la medida; y aquel chile tan sabroso le encendió toda la vida. Le salió humo de la boca y corrió por un jarrito; hoy la flaca ya no toca el carrito ni un poquito.

Tadeo y el ajedrez

Tadeo juega ajedrez en la plaza, cada tarde; no ha perdido ni una vez ni jugando de cobarde. Se sentó enfrente la muerte muy segura del tablero: -Si te gano, es mala suerte, y te apunto en mi tintero. Tadeo movió el peón y le armó buena emboscada; le ganó la posición con la torre bien plantada. Le dio jaque, y jaque mate en apenas veinte tiros; la Catrina, en el remate, se quedó dando suspiros.

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