Calaveritas literarias para Tadeo
Tadeo es de esos nombres que suenan a travesura y a buena suerte, y aquí se le lucen con verso y con risa. Estas calaveritas están hechas para el altar, para el salón de clases o para leerlas en voz alta el dos de noviembre.
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Tadeo y sus colores
Tadeo llega con ganas
a la clase de pintura;
pinta soles y campanas
con muchísima soltura.
Vino la muerte a mirar
lo que estaba dibujando,
y se puso a preguntar
cómo iba coloreando.
Tadeo le dio un pincel
y acuarelas de colores;
y la calaca, muy fiel,
se pintó unas lindas flores.
La calaca, muy ufana,
se llevó aquella acuarela;
y volverá la semana
que haya clases en la escuela.
Tadeo, sol de la casa
Tadeo, sol de la casa,
retoñito de mi rama,
todo el día se me pasa
viendo cómo el mundo te ama.
Si la flaca se te acerca
con su paso de papel,
le echo el perro y una cerca
y un candado y un cordel.
Si te busca en el camino
cuando ya se ponga el sol,
dile que no es tu destino
caminar tras su farol.
Que te lleve muy anciano,
con bastón y con sombrero;
y que yo te dé la mano
y te espere el mundo entero.
Tadeo, el de la brocha
Tadeo pinta paredes
con su brocha y su escalera;
cubre manchas y hasta redes
de un jalón y a la primera.
La Catrina le pidió
que pintara su portón:
-De morado, me gustó,
y con flores de cartón.
Tadeo mezcló el color
con aceite y mucha cal,
y le dio, con gran primor,
tres manitas al portal.
Se recargó la Catrina
en la puerta, sin fijarse;
quedó pinta, y hoy camina
de morado, sin quitarse.
El zapatero Tadeo
Tadeo arregla zapatos
con clavitos y con hilo;
y los deja tan baratos
y con mucho buen estilo.
Llegó la muerte descalza
con los huesos a montones:
-Ni un huarache que me calza,
y ya traigo mil raspones.
Tadeo midió su planta
y le cosió unos botines
de charol, con una manta,
con agujetas carmines.
Le quedaron tan bonitos
que salió a lucir el paso;
y olvidó sus difuntitos
y a Tadeo, por si acaso.
Los elotes de Tadeo
Con su carro, don Tadeo
vende elotes con limón;
no hay esquina, ya lo veo,
sin su grito y su sazón.
Se paró la flaca al lado
con su lista y con antojo:
-Póngame uno bien untado,
con su queso y chile rojo.
Tadeo le echó picoso,
mayonesa a la medida;
y aquel chile tan sabroso
le encendió toda la vida.
Le salió humo de la boca
y corrió por un jarrito;
hoy la flaca ya no toca
el carrito ni un poquito.
Tadeo y el ajedrez
Tadeo juega ajedrez
en la plaza, cada tarde;
no ha perdido ni una vez
ni jugando de cobarde.
Se sentó enfrente la muerte
muy segura del tablero:
-Si te gano, es mala suerte,
y te apunto en mi tintero.
Tadeo movió el peón
y le armó buena emboscada;
le ganó la posición
con la torre bien plantada.
Le dio jaque, y jaque mate
en apenas veinte tiros;
la Catrina, en el remate,
se quedó dando suspiros.
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