Calaveritas literarias para Rosa
Rosa es Rosita para todos, aunque tenga sesenta años y mano firme. La huesuda se le ha aparecido en el puesto de flores, en el lavadero y hasta a media letanía, y siempre sale más limpia y con más sed. Aquí van calaveritas para las Rosas que perfuman la casa.
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Rosita y su frijolito
Rosita siembra un frijol
en su vaso de algodón;
lo pone donde hay más sol
y le canta una canción.
Vino a verlo una calaca
a mirar cómo crecía;
con la mano medio flaca
el agüita le ponía.
Le salió una hojita verde,
y después una florcita;
quien la riega no la pierde,
dijo así la maestrita.
La calaca se llevó
su maceta y su semilla;
y en su casa la sembró
en la tumba de la orilla.
Mi abuela Rosa
Mi abuela Rosa cosía
cada noche, todavía;
remendaba pantalones
y también los corazones.
Vino la muerte a la silla,
y le vio la maravilla;
de mirar cómo zurcía
aprendió la puntería.
Le enseñó a pegar botones,
a bordar y hacer jergones;
y la muerte, agradecida,
le borró la despedida.
Cuando Rosa se marchó,
todo el barrio la lloró;
nos quedó su costurero
y su olor a pan casero.
Rosita, la florista
Rosita vende sus flores
afuera del cementerio;
conoce a los compradores
y a cada difunto serio.
Se paró la calavera
a pedirle un ramo grande;
pa su fecha, la primera,
sin que nadie se lo mande.
Rosa le armó el ramo bueno,
con cempasúchil y nube;
le costó todo un terreno
cuando el precio se le sube.
No traía ni un centavo,
pagó con puros suspiros;
hoy le riega, muy al cabo,
los rosales, sin respiros.
Rosa, la lavandera
Rosa lava con esmero
sábanas, camisas, todo;
les arranca el tizne entero
aunque venga puro lodo.
Cayó la muerte con ropa
de cien años sin lavar;
olía a rancio y a estopa
no se dejaba tocar.
Rosa le echó su jabón,
la talló contra la losa;
la tendió sin compasión
y quedó blanca y hermosa.
Salió la muerte fragante,
con la mortaja planchada;
hoy se pasea, elegante,
y no se lleva ya nada.
Rosita y las aguas frescas
Rosita vende sus aguas
bajo el sol, sin sus paraguas;
de jamaica y de limón,
en la esquina del portón.
Se acercó la calaquita,
pidió jarra completita;
con la lengua toda fuera,
se la echó de una manera.
Se tomó un jarro grandote,
sin soltar ni su popote;
se le llenó el esqueleto
y quedó como en aprieto.
Escurría por costillas,
por los codos y rodillas;
hoy la flaca, muy despacio,
pide un vaso, y hace espacio.
Doña Rosa y el rosario
Doña Rosa da el rosario
en velorios y novenas;
se lo sabe de ordinario
y lo alarga con sus penas.
Fue la muerte a un novenario
por llevarse al del cajón;
pero Rosa, con su horario,
iba en la quinta oración.
Se echó un misterio tras otro,
con letanías enteras;
la calaca, como un potro,
brincaba por las hileras.
Se durmió en la quinta vela,
y roncó como serrucho;
el difunto se le cuela
y hoy vive y goza mucho.
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