Calaveritas literarias para Sara
Sara es nombre de los que se dicen despacio y se quedan. Aquí van calaveritas para dedicarle en noviembre, unas suavecitas y otras para carcajearse. La Catrina la busca por todos lados y siempre acaba haciéndole el favor.
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La letra de Sara
Sara escribe con cuidado
cada letra en su cuadrado;
no se sale de la raya
ni en la lluvia ni en la playa.
Se asomó la calaquita
con su letra muy feíta:
-Enséñame, por favor,
que me falta lo mejor.
Sara le agarró la mano
como si fuera su hermano,
y le fue soltando el trazo
poco a poco y sin fracaso.
Ya escribió su nombre entero
la Catrina, y con esmero;
hoy le manda su postal
con la letra más cabal.
Sara la que escucha
Sara escucha sin cansarse
y jamás sabe enojarse;
si uno llega con su pena
ella pone hasta la cena.
Fue la muerte por su nombre
con su capa y su renombre;
Sara la invitó a pasar
y le puso qué cenar.
Le contó de sus tristezas
y de todas sus proezas;
Sara oyó sin criticar
y hasta le hizo su lugar.
Se durmió la calavera
en el sillón de la espera;
Sara la tapó con manta
y ahí sigue y no levanta.
Sara la costurera
Sara cose los vestidos
y compone los tejidos;
mete aguja, jala el hilo
y te deja de otro estilo.
Fue la flaca a que le hiciera
un vestido de bandera:
-Que me quede bien pegado,
que ando flaca de un costado.
Sara le tomó medidas
con las cintas consentidas;
la cintura no se hallaba
porque nada le quedaba.
Le cosió todo el ropero
y le cobró el mes entero;
hoy desfila la Catrina
y anda Sara de madrina.
La dentista Sara
Sara limpia los colmillos
y les saca hasta los brillos;
no le tiembla la muñeca
ni con la muela más hueca.
Y fue la muerte con dolor
de una muela y su rencor:
-Sáquemela, no me importa,
que ya el hueso se me acorta.
Sara abrió la calavera
y no le halló muela entera;
y le tapó los agujeros
con cemento y con esmeros.
Le quedó la risa fina
como estrella de vitrina;
hoy la muerte anda sonriendo
y a Sara la va siguiendo.
Sara en la biblioteca
Sara manda en la lectura
con silencio y con dulzura;
si alguien grita en el pasillo
le echa el ojo de cuchillo.
Entró la muerte arrastrando
sus cadenas, ya cantando;
buscaba un difunto viejo
para echarle su consejo.
Sara le mandó callar
con un dedo y sin hablar;
la sentó en una mesita
con un libro de a gordita.
Se clavó con la lectura
y olvidó su travesura;
hoy la flaca es socia fiel
y devuelve hasta el papel.
Las flores de Sara
Sara vende ramos bellos
que se ven como destellos;
para el altar de noviembre
no hay quien surta como siempre.
Fue la Catrina a comprar
su corona del altar;
la quería de a barato
y en el peor de los ratos.
Sara le cobró completa
y le dio hasta la etiqueta;
la Catrina no pagó
y con flores se largó.
Sara le mandó la cuenta
con un ánima contenta;
y hoy la muerte, cada año,
le paga en flores sin daño.
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