Calaveritas literarias para Roberto
Roberto en el acta y Beto en la calle, que es donde de veras lo conocen. La flaca lo ha buscado en la obra, arriba del micro y hasta en la panadería de la esquina, y siempre regresa con las manos llenas de pan y vacías de difunto. Aquí van calaveritas para los Robertos que no se dejan.
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Betito y su pincel
Betito llega temprano
con su bata de pintar;
lleva un pincel en la mano
y ganas de dibujar.
La calaquita del cuento
brincó de la cartulina;
le pidió, en un momento,
que le pinte una catrina.
Beto le pintó un vestido
con flores de mil colores;
le quedó tan bien lucido
que aplaudieron los mayores.
La catrina, muy contenta,
le firmó todo el cuaderno;
y hoy en clase se sienta
y se queda hasta el invierno.
Roberto, mi buen papá
Roberto, mi buen papá,
nunca dijo que no está;
si llovía, ahí venía,
con su torta y su alegría.
Vino la flaca a buscarlo
y no supo ni tocarlo;
lo encontró dando consejo
con su risa de conejo.
Le contó de su trabajo,
del cansancio y del destajo;
y la muerte se sentó
y la tarde se pasó.
Se marchó Roberto un día,
con su gorra y su porfía;
nos dejó la mesa puesta
y en la radio, su respuesta.
Beto, el albañil
Beto pega tabicón
desde que amanece el día;
y descansa con un son
cuando el sol ya se caía.
Subió la flaca al andamio
a cobrarle su jornada;
pero el viento, sin reclamo,
la dejó descalabrada.
Beto le tendió la mano,
le enyesó lo descosido;
con cemento americano
le dejó el brazo cosido.
Bajó la muerte contenta,
presumiendo su remiendo;
hoy, en vez de pasar cuenta,
le anda el bote sosteniendo.
Beto, el del micro
Beto maneja el camión
con la virgen en el frente;
va corriendo sin razón
y se para de repente.
Se subió la calavera
sin pagar ni su pasaje;
quiso irse hasta la trasera
a escoger a alguien del viaje.
Beto arrancó de un jalón,
se brincó todos los topes;
la flaca, sin sujeción,
se llevó todos los golpes.
Se bajó descoyuntada
tres paradas más delante;
hoy prefiere, resignada,
caminarse lo restante.
Beto, el sonidero
Beto es sonidero fino,
pone cumbia hasta las tres;
y saluda a su vecino
por el micro, del revés.
Llegó la muerte al sonido
con falda de lentejuela;
pidió un tema conocido,
de los que baila su abuela.
Beto le puso una rumba,
bailó hasta la madrugada;
la calaca, que retumba,
terminó descuadernada.
Amaneció sin zapatos,
sin guadaña y sin sombrero;
y olvidó por unos ratos
a quién iba de primero.
Beto, el panadero
Beto amasa en la mañana
conchas, bigotes y donas;
llena toda la ventana
y despierta a las personas.
La huesuda entró de noche
al olor del pan salido;
armó tremendo derroche
y dejó todo comido.
Beto la halló bien panzona,
atorada en la vitrina;
no le entraba la corona
ni pasaba a la cocina.
Beto le sirvió café,
la ayudó a desatorarse;
se olvidó, de buena fe,
de a quién debía llevarse.
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