Calaveritas literarias para Ricardo
A Ricardo le dicen Richi y tiene una paciencia que ni la huesuda le gana. Estas calaveritas están escritas con su nombre, para leerlas junto al altar, en la escuela o entre risas el dos de noviembre.
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Ricardo en la clase
Ricardo llega puntual
con su libro y su lonchera;
no hay tarea que haga mal
ni en la clase más severa.
Se asomó doña Catrina
con la lista y con un gis:
-A ver, chatos, quién domina
la lección de este país.
Y Ricardo alzó la mano
y contestó de corrido;
le explicó, muy campechano,
todo el tema bien sabido.
La Catrina, agradecida,
le aplaudió con los dos huesos;
se marchó, y en la salida,
le dejó dulces y besos.
Richi, compadre del alma
Richi, compadre del alma,
tan derecho como el pino,
tu palabra da la calma
y endereza mi camino.
La Catrina te ha seguido
por la calle, en el mercado;
yo le he dicho, decidido:
-Ese amigo está apartado.
Y si un día te convida
a su baile sin regreso,
pídele una despedida
con carnitas y buen queso.
Y si al fin te vas con ella
por la puerta del corral,
me dejarás tu botella
y el banquito del portal.
El albañil Ricardo
Ricardo pega ladrillo
con cuchara y con nivel;
levanta casa y castillo
más derecho que un pincel.
Se trepó la calavera
al andamio, muy confiada:
-Baje ya de esa escalera,
que su obra ya está acabada.
Ricardo le dio la pala
y un costalón de cemento:
-Ayúdeme con la escala,
que ya sopla fuerte el viento.
Cargó bultos todo el día
y acabó toda molida;
hoy la muerte, todavía,
sigue en la obra, sin salida.
La carne asada de Ricardo
Ricardo prende el carbón
cada tarde con esmero;
pone carne y su limón
y convida al barrio entero.
Se acercó la calaquita
con su plato y su tostada:
-Deme un taco de carnita,
y después, la levantada.
Ricardo le dio arrachera
con cebollas y frijol,
más una salsa tan fiera
que le ardió peor que el sol.
Pidió el agua a manotazos
y salió como un tamal;
soltó lista, plato y brazos,
hoy no vuelve ni al portal.
Ricardo, el electricista
Ricardo arregla los cables
sin que truene ni un fusible;
deja focos admirables
y hasta el timbre más sensible.
Llegó la muerte a la casa
con un foco ya fundido:
-Se me apagó hasta la brasa
y ando a oscuras, sin sentido.
Ricardo juntó dos puntas
y le dio a la conexión;
y saltaron chispas juntas
con un fuerte chicharrón.
Quedó la muerte tostada
y salió echando humo y luz;
hoy la flaca, escarmentada,
va alumbrada con su cruz.
Ricardo en la fila del banco
Ricardo llegó temprano
a la fila del cajero;
y esperó, quieto y ufano,
todo un mes, y el mes entero.
Se formó atrás la Catrina
con su ficha y su rencor:
-Al salir de esta rutina
me lo llevo, por favor.
Pasó marzo, pasó abril,
y la fila sin moverse;
y el cajero, tan gentil,
se fue a comer sin volverse.
La Catrina se aburrió
y dejó todo apuntado;
y Ricardo, que aguantó,
salió vivo y bien pagado.
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