Calaveritas literarias para Renata
Las Renatas tienen fama de traer color hasta en los días grises, y por eso la Catrina siempre encuentra pretexto para quedarse un rato más. Estas calaveritas las retratan con la acuarela en la mano, en el cariño de casa, en la cocina, frente a un mural, con su perro guardián y con la escuadra de arquitecta. Perfectas para dedicar en el altar o leer en voz alta el Día de Muertos.
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Renata y sus colores
Renata pinta en la escuela
soles, nubes y jardines;
gasta toda su acuarela
y hasta pinta los cojines.
Llegó la calaca un día
con el hueso descolorido:
-Píntame con alegría,
que ando todo desteñido.
Renata sacó el pincel
y la pintó de mil flores:
amapolas en la piel
y en el cráneo, girasoles.
Tan bonita se veía
que se fue a desfilar,
y olvidó, con su alegría,
a quién iba a llevar.
Renata, luz de la casa
Renata, luz de la casa,
risa de cascabelito,
no hay tristeza que no pase
si me abrazas un ratito.
Si la flaca se aparece
preguntando por tu nombre,
le diré: -Aquí no crece
nadie que a usted le asombre.
Que se lleve mis inviernos,
mis achaques, mi tostón,
mis apuntes, mis cuadernos,
pero no mi corazón.
Y si un día se la lleva,
que me avise sin tardanza,
porque voy tras esa nueva
con mi vela y mi esperanza.
Renata en la cocina
Renata enciende el fogón
apenas raya la aurora,
y perfuma el callejón
con su mole de señora.
Llegó la flaca a la cocina
como si fuera vecina:
-Deme un plato bien servido,
que ando con hambre canina.
Se acabó la olla de mole,
el arroz y los frijoles,
diez tamales, un pozole
y tres litros de atoles.
Ya no pudo ni pararse
de lo llena que quedó,
y en lugar de a alguien llevarse
una siesta se echó.
Renata, la pintora
Renata pinta murales
en las bardas del mercado;
llena el barrio de rosales
y de un cielo colorado.
La Catrina, de modelo,
posó para su retrato,
con su sombrero de duelo
y su vestido barato.
Ocho horas estuvo quieta
sin moverse ni un poquito,
y salió tan coqueta
que perdió su encarguito.
Hoy la Catrina presume
su mural en la avenida,
y a Renata, con perfume,
le regaló media vida.
Renata y su perrito
Renata tiene un perrito
que le ladra hasta a la luna;
es chaparro y muy bonito
y no le teme a ninguna.
Cuando vino la huesuda
a llevarse a su patrona,
el perrito, sin ayuda,
la corrió y quedó en la lona.
Se robó su hueso el perro
y lo enterró muy ufano;
la Catrina, en su destierro,
lo persigue mano a mano.
Hoy Renata anda tranquila,
pasea sin sobresalto,
con su perro que vigila
y a la muerte trae de un salto.
Renata la arquitecta
Renata diseña casas
con escuadra y con compás;
lo que dibuja no fracasa
ni se le cae jamás.
Llegó la muerte a encargarle
un panteón de lujo entero,
con jardines para andarle
y elevador y portero.
Renata pidió el permiso
y el estudio del terreno,
y la flaca, sin aviso,
se perdió en un trámite ajeno.
Y hoy la muerte, resignada,
hace fila en la ventanilla,
sin su cripta terminada
y sentada en una silla.
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