Calaveritas literarias para Rebeca

Las Rebecas tienen carácter y también tienen mano suave, y las dos cosas se notan en cuanto entran a un cuarto. Estas calaveritas están escritas para dedicárselas a ella, ya sea en la escuela, en la oficina o en plena fiesta. La Catrina viene por Reby y casi siempre sale perdiendo.

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Rebeca en el salón

Rebeca llega al salón con su libro y su crayón; se sentó junto a la flaca que llegó con su matraca. La calaca no sabía ni la a ni la e ese día, y Rebeca, muy paciente, le enseñó lo suficiente. Aprendió a escribir su nombre y le dio muchísima hambre; compartieron la manzana y jugaron la semana. Ya en la clase de lectura la huesuda se apresura por sacarse un diez brillante como Reby, su ayudante.

Los abrazos de Reby

Rebeca reparte abrazos y compone los pedazos; si algo duele en esta casa ella llega y se le pasa. Vino la muerte a buscarla y no supo ni tocarla; la encontró meciendo un niño y le dio el mismo cariño. Se sentó la calavera como visita cualquiera; Reby le sirvió su plato y le dijo: -Come un rato. Se le hizo tarde a la muerte platicando de la suerte, y hoy Rebeca, entre la gente, tiene amiga permanente.

Reby la estilista

Rebeca corta el cabello y te deja hasta más bello; pidió cita la Catrina para verse más divina. -Quiero rayitos y flequillo y un peinado muy sencillo, que esta noche hay una fiesta y quiero salir bien puesta. Reby le buscó el cabello y no halló ni un solo vello; le pintó la calavera de morado y primavera. Salió la flaca de moda y la vio la gente toda; hoy Rebeca la retoca y la muerte ya no toca.

La marchanta Rebeca

Rebeca vende en el puesto jitomate y todo el resto; pesa, cobra y da pilón con su mero corazón. Llegó la flaca al mercado con su bolso remendado: -Deme un kilo de manzana y regáleme la lana. -Aquí nadie fía nada, ni la muerte está invitada. Le pesó con mano dura y le cobró la factura. La huesuda, sin centavo, se quedó pelando el nabo, y hoy le carga los costales por sus pesos semanales.

La enfermera Rebeca

Rebeca pone inyecciones sin temblarle los riñones; tiene mano de algodón y valor de batallón. Se metió la calaquita a la sala de visita buscando algún pacientito y llevarse al viejecito. Reby la vio en el pasillo y le dio un buen calmantillo; la durmieron tres semanas en las camas más lejanas. Y despertó atarantada y con bata bien planchada; hoy la flaca es la enfermera y Rebeca, la primera.

Reby en el karaoke

Rebeca canta en la fiesta y ni el micro le molesta; se avienta un ranchero entero sin bajarle ni al lucero. Fue la muerte a competir y se puso a presumir; pidió a gritos su canción y afinó bien su esternón. Le salió puro chiflido y un quejido mal medido; y la gente se tapó y ninguno la aplaudió. Ganó Reby la corona con su voz que bien entona; la calaca, resignada, le hace coro en cada entrada.

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