Calaveritas literarias para Ramón

A Ramón le dicen Moncho y con cualquiera de los dos responde igualito. La flaca lo ha perseguido con trompeta, con báscula, con zapatos rotos y hasta corriendo tras el camión, y siempre se queda a media cuadra. Aquí van calaveritas para los Ramones que no se dejan alcanzar.

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Moncho y sus canicas

Moncho junta sus canicas en un frasco de cristal; las azules son más ricas y las verdes, ni tan mal. Vino la flaca a jugar y le ganó tres tiradas; Moncho no quiso llorar aunque estaban bien ganadas. La calaca, al otro día, le volvió a dar su montón; y hoy juegan con alegría en la esquina del portón.

Mi padrino Ramón

Mi padrino don Ramón me enseñó a silbar de niño; y me dio, sin más razón, todo un mundo de cariño. La huesuda lo buscaba por la orilla del canal; él nomás le contestaba con un silbo sin igual. Se lo llevó una mañana silbando los dos a coro; y hoy, si suena una campana, sé que es él, y ya no lloro.

Moncho y su trompeta

Ramón toca la trompeta en la banda del lugar; se la sabe bien completa y no se cansa al soplar. Llegó la flaca al ensayo a llevarse al trompetista; pero Moncho, como un rayo, se le perdió de la vista. Se metió entre los metales y salió por el trombón; y hoy la flaca da señales cada vez que hay un danzón.

Don Ramón, el del gancho

Don Ramón es carnicero con su gancho y su cuchillo; corta el hueso muy certero sin quebrarse ni un tornillo. Llegó la flaca a pesarse en la báscula amarilla; y no pudo ni marcarse de tan seca la costilla. Don Ramón, de buen humor, le regaló dos chuletas; la flaca, con mucho amor, se comió las dos completas.

Moncho remienda zapatos

Moncho compone zapatos con clavitos y con brillo; te los deja en cuatro ratos y sin vaciar tu bolsillo. Se presentó la pelona con los huesos machucados; y Moncho no la abandona: le fabricó unos calzados. Le quedaron tan bonitos que hoy la muerte va bailando; y se olvida, entre los gritos, a quién iba visitando.

Ramón al volante

Ramón maneja el camión lleno de estampas de santos; y le mete tal frenón que te saca hasta los llantos. Subió la flaca en la esquina sin traer para el boleto; Ramón sonó la bocina y la dejó en un aprieto. Corrió la muerte tras él tres cuadras y una avenida; y se le rompió el papel con la lista ya perdida.

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