Calaveritas literarias para Ramón
A Ramón le dicen Moncho y con cualquiera de los dos responde igualito. La flaca lo ha perseguido con trompeta, con báscula, con zapatos rotos y hasta corriendo tras el camión, y siempre se queda a media cuadra. Aquí van calaveritas para los Ramones que no se dejan alcanzar.
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Moncho y sus canicas
Moncho junta sus canicas
en un frasco de cristal;
las azules son más ricas
y las verdes, ni tan mal.
Vino la flaca a jugar
y le ganó tres tiradas;
Moncho no quiso llorar
aunque estaban bien ganadas.
La calaca, al otro día,
le volvió a dar su montón;
y hoy juegan con alegría
en la esquina del portón.
Mi padrino Ramón
Mi padrino don Ramón
me enseñó a silbar de niño;
y me dio, sin más razón,
todo un mundo de cariño.
La huesuda lo buscaba
por la orilla del canal;
él nomás le contestaba
con un silbo sin igual.
Se lo llevó una mañana
silbando los dos a coro;
y hoy, si suena una campana,
sé que es él, y ya no lloro.
Moncho y su trompeta
Ramón toca la trompeta
en la banda del lugar;
se la sabe bien completa
y no se cansa al soplar.
Llegó la flaca al ensayo
a llevarse al trompetista;
pero Moncho, como un rayo,
se le perdió de la vista.
Se metió entre los metales
y salió por el trombón;
y hoy la flaca da señales
cada vez que hay un danzón.
Don Ramón, el del gancho
Don Ramón es carnicero
con su gancho y su cuchillo;
corta el hueso muy certero
sin quebrarse ni un tornillo.
Llegó la flaca a pesarse
en la báscula amarilla;
y no pudo ni marcarse
de tan seca la costilla.
Don Ramón, de buen humor,
le regaló dos chuletas;
la flaca, con mucho amor,
se comió las dos completas.
Moncho remienda zapatos
Moncho compone zapatos
con clavitos y con brillo;
te los deja en cuatro ratos
y sin vaciar tu bolsillo.
Se presentó la pelona
con los huesos machucados;
y Moncho no la abandona:
le fabricó unos calzados.
Le quedaron tan bonitos
que hoy la muerte va bailando;
y se olvida, entre los gritos,
a quién iba visitando.
Ramón al volante
Ramón maneja el camión
lleno de estampas de santos;
y le mete tal frenón
que te saca hasta los llantos.
Subió la flaca en la esquina
sin traer para el boleto;
Ramón sonó la bocina
y la dejó en un aprieto.
Corrió la muerte tras él
tres cuadras y una avenida;
y se le rompió el papel
con la lista ya perdida.
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