Calaveritas literarias para Ramiro

A Ramiro lo conoce todo el barrio, y por lo visto también la Catrina, que ya le trae ganas desde hace rato. Aquí van versos con su nombre para el altar, para el salón de clases o para la sobremesa del dos de noviembre.

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Ramiro y el recreo

Ramiro llega a la escuela con su lonche y su balón, va contento y no se cuela en la fila del salón. Se apuntó la calaquita al partido de la clase: -Vengo a darte una visita, no me digas que me pase. Ramiro le dio el balón y le dijo: -Si me gana, me voy hoy sin discusión; si no, vuelva otra semana. La calaca se hizo arquera, le metieron nueve a cero; se olvidó de su carrera y hoy le grita al delantero.

Ramiro llega temprano

Ramiro llega temprano con el pan y con el gusto; lo que rompe cualquier mano él lo arregla sin un susto. La Catrina lo ha rondado desde el año del temblor; pero él siempre está ocupado arreglando lo peor. Le dijimos a la flaca que se espere un buen ratito, que Ramiro no se aplaca ni con todo su librito. Y si un día se lo lleva, que le deje su sombrero, su cerveza y una prueba de que fue nuestro primero.

Ramiro y el motor de la muerte

Ramiro afina motores en su taller de la esquina; cura ruidos y temblores con aceite y gasolina. Llegó un carro sin color manejado por la muerte: -Se me apaga, por favor, y ando urgida por la suerte. Le apretó bien la manguera, le cambió hasta el radiador; y a la flaca, placentera, le brilló hasta el motor. La carroza va tan suave que se pasa el panteón; y hoy la muerte ya no sabe dónde deja su encargón.

Los tacos de Ramiro

Ramiro es taquero fino, rey del pastor y el suadero; le echa sal, limón y tino y despacha el mundo entero. Llegó la flaca a la barra pidiendo cinco de todo, con su lista y con su garra y una prisa de otro modo. Ramiro sirvió el pedido con salsita de la brava; la Catrina dio un mordido y el esqueleto sudaba. Pidió un agua, pidió leche, y olvidó por qué venía; se llevó puro escabeche y volvió al siguiente día.

Ramiro pasa la navaja

Ramiro es buen peluquero con la tijera en la mano; deja a todos de primero y platica muy ufano. Se plantó la calaquita en la silla giratoria: -Quiero verme más bonita, pues me espera cierta gloria. Ramiro miró el asunto: no traía ni un cabello, ni una ceja, ni un barrunto, ni un pelito en todo el cuello. Le pintó con un plumón un copete de coqueta; salió alegre del salón presumiendo la peineta.

Ramiro no entrega el sobre

Ramiro anda de cartero desde que amanece el día; y recorre el barrio entero con su bici y su alegría. Le llegó un sobre pequeño con timbre de calavera: -Entrégalo con empeño, que es la carta que te espera. Ramiro, muy diligente, marcó el sobre de partida: -Devolver al remitente, dirección desconocida. La Catrina anda furiosa revisando su buzón; lleva un año y otra cosa esperando la razón.

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