Calaveritas literarias para Martín
Martín es de los que se meten donde nadie quiere meterse y salen limpiando el tiradero. La flaca lo ha buscado entre las tuberías, arriba de la lancha, junto al carrito de nieve y frente al cajón de bolear, y siempre acaba trabajando para él. Aquí van calaveritas para los Martines.
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Martín y sus canicas
Martín juega a las canicas
en el patio, a la salida;
gana todas las bonitas
y las guarda de por vida.
La calaca se metió
a jugarle un buen tirito;
pero el tiro le falló
y perdió hasta su dedito.
Martín le ganó el costal
de canicas de colores;
se las dio, y no le hizo mal:
hoy son buenos jugadores.
Martín, mi hermano
Tengo un hermano: Martín,
y es mi socio de aventuras;
desde niños, hasta el fin,
compartimos travesuras.
Se apareció la Catrina
una tarde de aguacero;
le presté mi gabardina
y un lugar junto al brasero.
Se secó junto a la lumbre
y contó de dónde viene;
se marchó por la costumbre
y a mi hermano no lo tiene.
Martín el plomero
Martín destapa el drenaje
con la sonda y con la maña;
no le sacan ni el coraje
aunque el caño sea montaña.
Vino la flaca a llamarlo
porque el caño se tapó;
se metió a desatorarlo
y el brazo se le atoró.
Martín jaló con la llave
y sacó a la condenada;
hoy la flaca, como sabe,
le acompaña la jornada.
Martín el pescador
Martín sale en su lanchita
cuando apenas hay lucero;
llena el bote de carpita
y lo vende al pescadero.
Se subió la calavera
a la lancha sin remar;
quiso echar la red primera
y cayó dentro del mar.
Martín la sacó en la red
escurriendo y sin aliento;
hoy la flaca, con su sed,
rema y jala contra el viento.
Martín el heladero
Martín vende sus helados
con campana y carretilla;
limón, fresa y los mezclados
y de nuez, que es maravilla.
Llegó la flaca al carrito
a pedir de dos sabores;
se comió más de un poquito
y le entraron los temblores.
Martín le sirvió un jarabe
de canela bien caliente;
hoy la flaca ya no sabe
si es de nieve o de aguardiente.
Martín y su cajón
Martín tiene su cajón
en la plaza, con su brillo;
les da grasa y su tacón
con la franela y cepillo.
Puso el pie la calavera
a que fuera bien lustrado;
no tenía, ni siquiera,
un zapato remendado.
Martín le lustró los huesos
con betún, trapo y franela;
hoy la flaca, por dos pesos,
le acomoda la clientela.
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