Calaveritas literarias para Martín

Martín es de los que se meten donde nadie quiere meterse y salen limpiando el tiradero. La flaca lo ha buscado entre las tuberías, arriba de la lancha, junto al carrito de nieve y frente al cajón de bolear, y siempre acaba trabajando para él. Aquí van calaveritas para los Martines.

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Martín y sus canicas

Martín juega a las canicas en el patio, a la salida; gana todas las bonitas y las guarda de por vida. La calaca se metió a jugarle un buen tirito; pero el tiro le falló y perdió hasta su dedito. Martín le ganó el costal de canicas de colores; se las dio, y no le hizo mal: hoy son buenos jugadores.

Martín, mi hermano

Tengo un hermano: Martín, y es mi socio de aventuras; desde niños, hasta el fin, compartimos travesuras. Se apareció la Catrina una tarde de aguacero; le presté mi gabardina y un lugar junto al brasero. Se secó junto a la lumbre y contó de dónde viene; se marchó por la costumbre y a mi hermano no lo tiene.

Martín el plomero

Martín destapa el drenaje con la sonda y con la maña; no le sacan ni el coraje aunque el caño sea montaña. Vino la flaca a llamarlo porque el caño se tapó; se metió a desatorarlo y el brazo se le atoró. Martín jaló con la llave y sacó a la condenada; hoy la flaca, como sabe, le acompaña la jornada.

Martín el pescador

Martín sale en su lanchita cuando apenas hay lucero; llena el bote de carpita y lo vende al pescadero. Se subió la calavera a la lancha sin remar; quiso echar la red primera y cayó dentro del mar. Martín la sacó en la red escurriendo y sin aliento; hoy la flaca, con su sed, rema y jala contra el viento.

Martín el heladero

Martín vende sus helados con campana y carretilla; limón, fresa y los mezclados y de nuez, que es maravilla. Llegó la flaca al carrito a pedir de dos sabores; se comió más de un poquito y le entraron los temblores. Martín le sirvió un jarabe de canela bien caliente; hoy la flaca ya no sabe si es de nieve o de aguardiente.

Martín y su cajón

Martín tiene su cajón en la plaza, con su brillo; les da grasa y su tacón con la franela y cepillo. Puso el pie la calavera a que fuera bien lustrado; no tenía, ni siquiera, un zapato remendado. Martín le lustró los huesos con betún, trapo y franela; hoy la flaca, por dos pesos, le acomoda la clientela.

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