Calaveritas literarias para Mauricio
A los Mauricios se les conoce por hacer amigos hasta con la muerte. Aquí van unas calaveritas para dedicarle a ese Mau que siempre anda ocupado y siempre encuentra tiempo. Hay unas tranquilas para la escuela y otras para reírse en la sobremesa.
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el nombre y los detalles que tú quieras.
Mauricio en el recreo
Mauricio corre al recreo,
se resbala, según creo,
y la muerte lo levanta
con la risa en la garganta.
-Ten cuidado, Mau, dijo ella,
que la banqueta es aquella;
Mau le dijo: -No te apures,
mejor juega y no me cures.
La calaca entró al partido
con su hueso consentido;
se cayó en el arenero
y lloró como un cordero.
Fue Mauricio a levantarla,
a limpiarla y a curarla,
y la flaca, agradecida,
lo cuidó toda la vida.
El abrazo de Mau
Mauricio, el de la sonrisa,
el que llega siempre aprisa,
el que abraza de repente
y saluda a toda gente.
Vino a verlo la huesuda
con su lista y con su ayuda,
pero Mauricio, contento,
la abrazó por un momento.
Se quedó la calavera
como una hermana cualquiera,
platicando en la cocina
con el café de la esquina.
Cuando quiso ya llevarlo
no supo ni cómo hablarlo,
y se fue, sin decir nada,
con la lista ya borrada.
Mau el taquero
Mauricio, taquero fino,
tiene el trompo más divino;
llegó la flaca a cenar
y no dejó de tragar.
-Ponme cinco de suadero,
dos de tripa y de cordero,
y unas gringas de pastor,
que me abrió mucho el olor.
Se comió cuarenta tacos
y otros veinte bien opacos;
al final pidió la cuenta
y salió que eran noventa.
No traía ni un tostón
y le tocó ser peón;
hoy la flaca sirve y pica
y Mauricio se le aplica.
El taller de Mauricio
Mauricio arregla motores
con sus manos de doctores;
llegó la flaca en su carro
echando humo y puro barro.
-Revísame la carroza,
que ya no jala ni goza;
trae la llanta bien ponchada
y la biela está oxidada.
Mau destapó el cofre viejo
y se vio en aquel espejo;
la calaca traqueteaba
y su hueso se soltaba.
Le apretó bien los tornillos
y le puso dos anillos;
y la muerte, tan contenta,
le dejó la vida en renta.
El doctor Mauricio
El doctor Mauricio atiende
todo aquel que se le enciende;
cura gripa y sarampión
con paciencia y con razón.
Llegó la flaca a consulta
con la cara muy adulta:
-Me duelen todos los huesos,
los doscientos, más los gruesos.
Le tomó radiografía
y no vio ni carne fría;
le recetó calcio y sol
y un menudo con frijol.
La huesuda, agradecida,
le tachó de su partida;
hoy le manda cada enero
unos vales de dinero.
Mau y su camión
Mauricio maneja el camión
sin respeto a la razón;
lleva gente hasta el techito
y aún cabe un chamaquito.
Se subió la flaca un día
y pidió su cortesía:
-Déjeme en el camposanto,
que ahí bajo, no me espanto.
Mau le dio tremendo brinco
en el tope veinticinco;
y la flaca fue a volar
hasta el fondo, a rebotar.
Se bajó toda quebrada,
la osamenta desarmada;
desde entonces, si lo mira,
mejor cruza y se retira.
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