Calaveritas literarias para Mariana

Mariana es de esas que llegan puntuales a todo, menos a la cita con la huesuda. Aquí van calaveritas hechas a su nombre, listas para dedicarlas en el altar, en el salón de clases o en la comida del dos de noviembre.

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Mariana en el salón

Mariana llega a la escuela con trenzas y con listón; lee bien, escribe y vuela resolviendo la lección. Se asomó la calavera por la reja del jardín: -Yo quiero ser la primera de la clase de violín. Mariana le dio su silla y un cuaderno de rayitas; la calaca, sin rencilla, copió letras muy bonitas. Le pusieron una estrella y de gusto se olvidó de su lista y su querella, y sin nadie regresó.

Mariana de mi vida

Mariana, flor de maceta, consentida de la casa, tu cariño es la receta de lo bueno que aquí pasa. Cuando venga la Catrina a tocarte la ventana, le diré desde la esquina: -Vuelva usted la otra semana. Y si insiste la señora con su prisa y su papel, que se siente, que ya es hora de probar nuestro pastel. Porque a ti, Mariana mía, no te suelto tan sencillo: yo guardaré tu alegría bien doblada en el bolsillo.

La doctora Mariana

Mariana receta y cura con su bata y su sonrisa; va quitando la amargura del enfermo, y sin más prisa. Fue la muerte al consultorio con la lista de su gente: -Traigo aquí mi repertorio y me llevo un buen paciente. Mariana le tomó el pulso y notó la presión baja; halló un soplo muy insulso y le puso hasta una faja. Le mandó reposo y dieta, suero, pastillas y sal; y la flaca, muy discreta, sigue internada en su mal.

Mariana y sus pasteles

Mariana hornea pasteles de tres leches y de fresa; llena cajas y anaqueles con su crema y su destreza. Se metió por la ventana la Catrina, muy golosa, y olfateó la manzana de un pastel color de rosa. Se comió tres rebanadas, un pay y dos gelatinas; las costillas, bien pegadas, le sonaron a bocinas. Se olvidó de a quién buscaba con la panza tan contenta, y hoy la flaca barre y lava por un pan de cada venta.

Mariana, la costurera

Mariana cose vestidos con aguja y con pedal; deja todos bien cosidos y a la medida cabal. La Catrina fue a encargarle un vestido de organdí: -Y me tiene que quedarle justo, justo, para mí. Mariana sacó la cinta, midió costillas y espalda, y le hizo, de seda tinta, una muy vistosa falda. Tan bonita se miró con su falda y su listón, que a Mariana le pidió otra igual, y otro montón.

Mariana y el celular

Mariana ama el celular pegadito a la mejilla; no lo suelta ni al rezar ni al sentarse en una silla. La Catrina le mandaba mensajitos de un aviso: -Su hora ya llegó -gritaba-, y Mariana ni lo quiso. Le llamó de madrugada, a las nueve y a las diez; no le contestó ni nada: puro buzón otra vez. Se rindió la calavera y le puso su recado; hoy la flaca desespera, porque nadie ha contestado.

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