Calaveritas literarias para María
En toda casa mexicana hay una María: la que manda, la que cocina, la que estudia y la que reparte bendiciones a cucharadas. Por eso la Catrina las trae bien vigiladas y ronda de puntitas cuando huele su café. Aquí van varias calaveritas dedicadas a todas las Marías, para leerlas en voz alta el 2 de noviembre.
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María y la tarea
En la escuela, muy formal,
María sacaba diez;
llegó la flaca puntual
y se sentó a sus pies.
-Vengo por ti, estudiosa,
súbete a mi bicicleta.
-Espérate, poca cosa,
que no acabo la libreta.
La muerte, que es muy pareja,
la esperó sin regañar,
y hoy la calaca, ya vieja,
aprendió a multiplicar.
La María del fogón
María pone su mesa
con frijoles y con flor,
y reparte, sin promesa,
tortillitas y calor.
Llegó la flaca de noche,
con su rebozo de olvido,
y María, sin reproche,
le ofreció un plato servido.
Comió la muerte contenta,
se limpió con el mandil,
y le dijo: -Doña atenta,
aquí te espero en abril.
María, doctora de guardia
La doctora doña María
recetaba sin parar:
-Tres cucharadas al día
y a dejar de trasnochar.
Llegó la huesuda tosiendo,
con la costilla zafada,
y María, componiendo,
se la dejó bien pegada.
-Por atenderme tan bien
-dijo la muerte al salir-,
te llevo el jueves también,
¡pero después de dormir!
María en la oficina
María en la oficina
teclea sin descansar;
entre juntas se adivina
que no ha ido a almorzar.
Llegó la calaca en corbata,
con gafete y con carpeta:
-Vengo por ti, mi sensata,
firma aquí, en esta libreta.
María, sin inmutarse,
le respondió con candor:
-Tendrá usted que formarse,
que hay cola, mi buen señor.
Y la flaca, resignada,
sacó turno y esperó;
lleva ya media jornada
y el café se le enfrió.
María juega de nueve
María juega de nueve,
mete goles de cabeza;
ni la lluvia la conmueve
ni el lodo la tropieza.
Llegó la flaca a silbar,
tarjeta roja a sacar;
María, sin discutir,
le metió gol al salir.
Ahora entrena en el panteón
a un once de puro hueso,
y la flaca, de afición,
le festeja cada beso.
María, marchanta del mercado
Doña María en el mercado
vendía chiles y limón;
regalaba un buen puñado
y cobraba de a tostón.
Llegó la flaca a comprar
un kilo de calabaza;
María la hizo pagar
y la corrió de la plaza.
La muerte se fue sin nada,
sin cliente y sin marchante,
y María, muy sentada,
sigue vendiendo, ¡adelante!
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