Calaveritas literarias para Marcela
Marcela rima con canela, con cazuela y con escuela, así que la calaverita se escribe casi sola. Aquí la vas a encontrar repartiendo torta en el recreo, sacando muelas y hasta poniendo a sudar a la Catrina. Escoge la que le quede a tu Marcela.
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Marcela y su lonchera
Marcela lleva lonchera
con manzana y con pera,
y la muerte, sin comer,
se le acercó para ver.
-Yo no traje mi comida,
dijo, un poco desvalida.
Marcela partió su torta
y le dio, que no le importa.
La calaca comió a gusto
y se le quitó hasta el susto,
se limpió la calavera
y guardó su lista entera.
Desde entonces, en recreo,
la Catrina, según creo,
se forma en la fila quieta
esperando su galleta.
La canela de Marcela
Marcela pone canela
en el té que nos consuela,
y no hay gripa en el invierno
que aguante su fuego eterno.
Y llegó la muerte tosiendo
con el cuerpo bien ardiendo,
y Marcela la envolvió
en cobijas que tejió.
La cuidó toda la noche
sin un solo mal reproche,
le dio caldo y le dio miel
y le sobó hasta la piel.
Amaneció la Catrina
como nueva y muy fina,
y en la puerta prometió:
-A Marcela, nunca yo.
Marcela la dentista
Marcela saca las muelas
sin dolor y sin secuelas,
y llegó la flaca un día
con la boca ya vacía.
-Traigo un hueco aquí adelante,
y me duele hasta el semblante.
Marcela la revisó
y en seguida le explicó:
-Le faltaban treinta y dos,
y ahorita ya son dos.
Y le puso unos postizos
que costaron dos hechizos.
Se miró y sonrió tanto
que perdió todo su espanto,
y hoy, en vez de dar terror,
va enseñando su esplendor.
Marcela y la zumba
Marcela enseña la zumba
y hasta el suelo se le tumba,
y la muerte se apuntó
en la clase que empezó.
Al primer paso de lado
se le zafó hasta el costado,
al segundo, la rodilla,
y al tercero, la costilla.
Marcela no la dejó
y otra hora le aumentó,
la puso a hacer sentadillas
y a tragar unas pastillas.
Terminó despatarrada
en el piso, desarmada,
y juró, con voz de trueno,
no volver ni por lo bueno.
Marcela y los seguros
Marcela vende seguros
hasta en los tiempos más duros,
llegó la muerte a su mesa
a cobrar una promesa.
-Vengo por un cliente suyo,
que ya es tiempo, no rehuyo.
Marcela sacó el contrato
y le dijo: -Falta el trato.
-La cláusula, inciso be:
usted firma, y luego ve.
La flaca leyó dos horas
las letritas más traidoras.
Se cansó y firmó el papel
sin leer ni un renglón de él,
y hoy le paga a Marcela
su seguro y hasta vela.
La fonda de Marcela
En la fonda de Marcela
sirven caldo de cazuela,
llegó la flaca a comer
sin un peso que ofrecer.
Se sirvió tres veces sopa
y manchó toda su ropa,
se acabó todo el guisado
y pidió recalentado.
Al final, con mucha pena,
dijo: -Ando sin quincena,
y Marcela, ni tardada,
le encargó la trasteada.
Lleva un mes en la cocina
y ya sabe la rutina,
y hasta perdió su clientela
por quedarse con Marcela.
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