Calaveritas literarias para Luis

A los Luises se les reconoce por las manos: unas afinan motores, otras cuadran números y otras atajan penales imposibles. La huesuda los ha visitado en el taller, en la peluquería y hasta en la portería, y siempre sale de ahí peor de como llegó. Estas calaveritas son para todos los Luises y Luisitos de la familia.

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Luisito y el recreo

Luisito llegó a la escuela con la tarea en la mano; saluda a la maestra Estela y se sienta muy ufano. Llegó la flaca al pupitre: -Vengo por ti, Luisito. -Espere a que se retire el recreo, tantito. Jugaron a la matatena, al avión y a la canica; Luis ganó la tarde entera y hoy la flaca lo practica.

Don Luis y su banca

Don Luis, con pan y bastón, se sienta en aquel rincón; da migajas a las aves y consejos que son suaves. Llegó la flaca a sentarse sin siquiera presentarse; don Luis partió su bolillo y le hizo un hueco en el ladrillo. Se fueron los dos despacio, cuando el sol ya se escondía, y en la banca del espacio quedó el pan y su alegría.

Luis, el mecánico

Luis arregla el motorcito con alambre y con clavito; si le llevas un cascajo te lo deja hecho un trabajo. Llegó la flaca en su carreta, sin llantas y sin volante; Luis le puso una banqueta y quedó de lo más elegante. Ahora la muerte pasea en su carcacha afinada, y a Luis, cuando lo vea, no le cobra la pasada.

Don Luis, el barbero

Don Luis, el barbero, corta el pelo a la antigüita: navaja, brocha y esmero, y una plática bonita. Entró la flaca al local pidiendo un corte especial; don Luis le dijo: -Señora, usted no trae pelo ahora. Le sacó brillo al cocol, le echó loción de la fina, y salió la muerte al sol más coqueta que vecina.

Luis y sus cuentas

Luis lleva la contabilidad con paciencia y con bondad; si le llevas un batidero te lo cuadra el mes entero. Llegó la flaca con su acta de defunción por cobrar; Luis revisó cada carta y le encontró qué auditar. Le halló un cero de más y un difunto repetido; hoy la muerte va detrás del recibo que ha perdido.

Luis, portero de barrio

Luis se para en la portería con sus guantes y valor; ataja lo que sea y fía la victoria a su sudor. Llegó la flaca a cobrar un penal a medianoche; Luis lo fue a rechazar y le abolló hasta el coche. La muerte, sin poder meter ni un gol de puro coraje, se cansó ya de perder y le firmó su fichaje.

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